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domingo, febrero 01, 2009

Caballos y dragones



El título no tiene que ver con juegos o películas de fantasía, si no con la realidad. ¡Los dragones existen, y yo he visto no uno, sino cuatro! Pero hay que buscarlos bajo el agua.

Llevo ya varios meses practicando submarinismo, como ya he contado en otra ocasión. Aquí contaré lo que encontré en una immersión antes de Navidades, y la de ayer.

El Noviembre pasado, en las últimas etapas de la primavera y con el aire y las aguas más calientes, me junté con Ferdinand para bucear en Clifton Gardens. El lugar es bastante feo, pues tenemos que bucear por entre montones de basura de la playa y esquivando sedales de pescar, pero hay algo especial. La playa tiene una red para proteger a la gente de los tiburones. Es una red muy vieja, y se ha convertido en una especie de arrecife donde abundan esponjas y otras criaturas marinas... y caballitos de mar.

Y así fue. Hicimos la immersión por la parte de fuera de la red, donde hay más fauna marina (incluyendo tiburones, pero por suerte ninguno apareció durante la excursión). Me encontré con un pez puercoespín, y con los caballitos. Es una maravilla ver estas criaturas de cerca.

Ayer me ajunté con el club de immersión de Manly con la misión de encontrar dragones marinos. Ya he intentado encontrarlos en la playa de Shelly, al lado de Manly, pero esta vez vamos a un lugar donde se encuentran seguro. El lugar es Inscription Point, que coincide con ser el lugar del primer desembarco del capitán Cook cuando llegaron a Australia a tomar posesión del lugar para el Reino Unido.

El guía, Sharky, nos lleva por entre un laberinto de algas hasta llegar a su lugar preferido, donde encontramos una sepia, estrellitas de mar, y los dragones. Estos dragones no echan fuego (que ya sería difícil bajo el agua, ya), y son pacíficos y curiosos. Se dejan tocar y acariciar, y nadan alrededor de tí.

Cuenta Sharky que los dragones siempre están allí, pero encontrar el lugar exacto no es tan fácil... es un lugar "secreto" que no creo que yo pueda encontrar otra vez... y espero que quede así, secreto, para que estos animalitos curiosos no tengan problemas.

sábado, julio 19, 2008

Bajo el Ocean Quest




Después de las dos primeras inmersiones el barco llega a nuestro destino, el Ocean Quest, otro barco más grande donde vamos a pasar la noche. El Ocean Quest, además de ser más grande tiene menos gente, pues la mayoría solamente pasan el día y se vuelven a Cairns. El ambiente es mucho más relajado, y los tripulantes tan agradables como los del primer barco. El camarote tiene de todo menos televisión, que me imagino que no llega a estas aguas. Y de internet, ni pensarlo. ¡Qué bien!

Pronto llega la hora de la siguiente inmersión. Irene se va con sus lecciones de submarinista avanzado, y yo me junto con Marcos y Sonia. Mineko, que en las otras ocasiones se iba con el tubo de respirar, empieza a sentir náuseas por el movimiento constante del barco y esta vez se queda a bordo.

Marcos, Sonia Y yo vamos abajo. Esta consigo memorizar el mapa bien antes de bajar. El fondo es mucho más profundo, da casi miedo y no paro de mirar el indicador de profundidad, que no debemos bajar demasiado. Descubrimos que no hay mucho que ver tan abajo, y mantenemos una profundidad de 13 metros, siguiendo una pared llena de corales, anémonas y pececitos de colores. Seguimos el recorrido planeado (qué gusto que da el saber que sabemos dónde estamos), pero no hay nada espectacular como tortugas o rayas o tiburones... pececitos por aquí y por allá, corales, y unos peces más grandes y coloridos, los peces loro. Y ya me parece que empiezo a controlar el buceo, siento más fácil el controlar la flotación, y hago fotos sin problemas... pero la caja estanca, descubro con horror, está completamente empañada por dentro y las fotos salen todas como si estuviera usando un filtro suavizador como los que usan para retratos de glamour. No sé si es que hay un defecto en la caja, o simplemente no la cierro bien. Pero bueno, parece que no entra agua.

De vuelta al barco Mineko me "regala" una bolsa con lo que ha arrojado mientras estaba en el barco... aun así me asegura que está disfrutando del viaje. Todos los tripulantes son tan agradables, y los turistas, todos dedicados al buceo, cuentan historias interesantes de otros lugares que han visitado.

Después de la cena llega la inmersión que estaba esperando. Es la inmersión nocturna. Salimos a cubierta, donde los tripulantes están atrayendo a los peces con comida. Me imagino que lo hacen por ver si hay tiburones, que esta es la hora en que los tiburones están más activos... y descubro a un tiburón entre los peces. Rápido, más activo que los otros peces, da escalofrío. Y luego veo otro, y otro... en total cuatro o cinco. Se me empieza a helar la sangre. ¿Van a cancelar la excursión?

Pues parece que no. Estos tiburones no deben de ser peligrosos, pues los guías hacen caso omiso y nos dicen que nos preparemos para entrar en el agua. Algo indeciso, me pongo el equipo, y enseguida la excitación de volver al agua, junto con la confianza que dan los demás, que ni mencionan los tiburones, me hacen olvidar mis temores, y me junto con el grupo, que esta vez vamos con guía.

Los peces nocturnos son mucho más grandes. No conozco a ninguno de ellos, y parece ser que los tiburones se han atracado bastante de comida y se han ido a descansar. En cierto modo esto me decepciona un poco, no hay sensación de peligro. El agua, oscura, no nos deja ver mucho, y seguimos la luz del guía. A nuestro alrededor vemos peces grandes que siguen nuestro rastro de luz. No parecen tener color, o simplemente la falta de luz les hace parecer ser grisáceos o negros. Los ojos, grandes y brillantes, están adaptados a la oscuridad.

De vuelta en el barco nos espera un postre casero delicioso. Mineko, que sigue sin encontrarse demasiado bien, también se apunta al postre, y mientras disfrutamos tomo notas de los datos de las inmersiones, que los necesitaré para demostrar mi experiencia... es decir, si no me dejo el librito de notas en el hotel la próxima vez.

Y mientras nos relajamos y hablamos de los acontecimientos del día, uno de los instructores me ofrece un buceo especial para el día siguiente. El lugar donde estamos es bastante profundo, y van a dar un cursillo para bucear en profundidad. Es parte del curso de buzo avanzado, y me ofrece tomar parte en esta inmersión. Como aliciente me dice que este cursillo valdrá como parte de mi curso avanzado si deseo tomarlo en el futuro en cualquier lugar cualificado, y además Marcos ya ha dicho que sí que va a participar, y como Marcos no habla inglés yo podría hacer de intérprete. El cursillo cuesta extra, no mucho, y yo insinúo que tendría que ser gratis para mí si voy a hacer de intérprete. Pero no cuela, y al final acepto tomar parte en el curso, pagando lo que toca.

La inmersión será al día siguiente, a las 6 y media de la mañana. Enseguida se hacen más de las 11 de la noche, y al final, agotados del día y pensando en el madrugón del día siguiente, nos vamos a la cama.

... pero no es fácil dormir en algo que se mueve ... me sorprende que Mineko, que se encontraba mal durante gran parte del día, se duerme enseguida. Y yo me quedo en la cama, intentando dormir, con el movimiento del barco y el ruido de una puerta o algo que está fuera y que no para de chirriar al compás de las olas... el tiempo pasa ... media noche, la una, las dos ... duermo intermitentemente, despertándome cada hora. La emoción del día pasado, la expectación de lo que viene, el movimiento del barco, la luz de la luna llena, majestuosa, que se ve desde la cama, el chirriar de esa puerta... todo se junta para no dejarme dormir.

sábado, mayo 31, 2008

La sepia gigante

La semana pasada hice otra escapada submarina, con Ferdinand y otra persona. Después de la primera submersión en Manly quería repetir, antes de que las aguas se tornaran demasiado frías. Los días se han vuelto cada vez más fríos, sobre todo por las noches. Ferdinand me avisa que piensa hacer otro buceo, tal vez el último de la temporada. Y yo me paso contando los días, esperando que el agua no esté demasiado fría.

Llega el día del buceo. Hemos quedado a las 8 y media de la mañana, una mañana atípicamente fría incluso en este otoño tan frío. El lugar, la playa de Shelley otra vez, esta vez apenas tiene otros buzos. Tenemos la playa prácticamente para nosotros. La otra vez visitamos la parte de la izquierda, donde encontramos los tiburones. Esta vez decidimos visitar la de la derecha. Ferdinand dice que esa parte, a veces tiene gran cantidad de vida, y otras veces es como un desierto. ¿Cómo será esta vez?

Entramos en el agua. La temperatura del aire es de poco más de diez grados, y en comparación el agua está calentita, unos 18-19 grados. Menos mal, no tenemos que soportar aguas frías... me parece que el agua está menos fría que la otra vez.

Entramos en el mundo submarino, y pronto veo que de desierto, nada. Peces por todas partes, más grandes que la otra vez, y en mayores cantidades. Algunos peces, curiosos, nos siguen, pero no de forma tan insistente como la otra vez. ¿Será que no hay tiburones cerca?

Unos de los peces que me gustan más es el groper (o como se diga en español), grande, azul, y curioso. El tamaño es de medio metro, y la cara tiene estrías iridiscentes azules. Toda una maravilla. De vez en cuando sale el sol por entre las nubes, y entonces el espectáculo se torna fantástico cuando miras a la superficie desde unos ocho metros de profundidad. Se ven peces y más peces en silueta hasta que la vista se queda en el brillo de la superficie.

Ferdinand se para de repente, mirando atento a una roca. Me fijo en la roca, y ésta se empieza a mover. No es una roca, sino una sepia gigante. El animal parece tranquilo y curioso. Ferdinand se queda quieto, mirando fijamente a la sepia, y ésta se acerca a él poco a poco. Yo los veo desde el lado, y comparo el tamaño de la sepia con el de Ferdinand. La sepia debe de medir medio metro, de color marrón y con estrías que parecen tener vida propia, moviéndose a un ritmo más rápido que la sepia misma.

Se acerca más y más a Ferdinand hasta llegar a menos de medio metro de su cara, y se queda quieta. Sus ojos se mueven de un lado a otro, y poco a poco empieza a extender sus numerosos tentáculos, como si quisiera tocar a ese pez negro tan grande que debe de parecerle Ferdinand.

Es una imagen hipnótica, un poco estremecedora, pues no sé si la sepia le está amenazando o qué.

Al final la sepia se retira poco a poco, y Ferdinand nos hace la señal de que sigamos.

Recorremos el fondo de arrecife a arrecife en busca del dragón de las algas, un pececito tipo caballito de mar, muy vistoso según las fotos, pero esta vez no tenemos suerte. Otra vez será.

De vuelta a la playa encontramos otra sepia gigante, ésta más pequeña, unos 30-40 centímetros, y yo descubro un groper enorme, más grande que el resto. Éste debe de medir como un metro. Está escondido entre las rocas y no sale a recibirnos.

Salimos del agua y hablamos de la sepia. Ferdinand nos cuenta que esta sepia era muy vieja y tenía heridas de un ataque que tal vez le ocurrió hace tiempo, pues le faltaba un tentáculo. La verdad es que yo vi tentáculos por todas partes y no me paré a contar. De todos modos, dice, la sepia estaba muy tranquila. Dice que cuando amenazan doblan los tentáculos hacia atrás, pero ésta los estaba extendiendo hacia él. A ver si me acuerdo de ésto la próxima vez, que la verdad es que la intuición me dice que debería de ser al revés.

La sepia fue sin duda la experiencia más fuerte de esta vez. Me parece que hasta he tenido pesadillas de monstruos marinos como los de las novelas de aventuras. Pero la verdad es que la sepia en sí era muy mona, nadaba con una calma y una gracia, que ahora ya no puedo entrar en una pescadería. Me dan lástima los peces muertos, cuando son tan preciosos en su elemento.

No sé, me parece que no podré comer pescado durante una temporada.
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miércoles, mayo 28, 2008

Entre tiburones

Mi primer paseo bajo el agua después de conseguir la certificación de buzo fue todo un acontecimiento. Fuimos a la playa de Shelley, justo al lado de Manly. Este es un lugar que conozco muy bien, pues he nadado por encima de los arrecifes durante las carreras de natación de Manly. Siempre que nadaba por esa zona veía buzos, y siempre me daban ganas de estar allí abajo, entre las rocas y arrecifes. Bien, por fín me llegó el turno.

El día era más bien frío, pues el invierno se nos está echando encima y este otoño está siendo especialmente frío. Vamos con trajes de neopreno, más bien gordos, con lo que el agua no se siente tan fría. Y al agua que entramos. Ferdinand, el instructor, nos dice que es posible que encontremos tiburones. Si eso ocurre tenemos que quedarnos en el fondo, que los tiburones suelen atacar a los animales que están cerca de la superficie y no a los del fondo.

Nos sumergimos en las frías aguas, y entramos en el mundo submarino. Peces y rocas de colores por todas partes. Hay un pez que decide seguir a Ferdinand, justo debajo de él, como hacen algunos peces que nadan justo debajo de los tiburones. ¿Será que nosotros somos como tiburones para los otros peces?

Al cabo de unos minutos, Ferdinand se para en el fondo y pone la mano vertical encima de su cabeza, simulando una aleta. Es la señal de que hay tiburones. El otro acompañante y yo nos arrodillamos en el fondo, como hace Ferdinand, y miramos a los lados. El agua no está muy clara, y no veo nada especial. Ni señal de los tiburones. Pero Ferdinand y el otro acompañante siguen quietos, mirando hacia arriba. Yo miro arriba, y nada, solamente veo el azul del agua.

Un par de minutos más tarde Ferdinand nos hace señal de que sigamos. Pero un poco más tarde hace la señal del tiburón otra vez. Y abajo que vamos, a esperar. Miro alrededor, y esta vez veo algo. Hay un pez, gris pálido, más grande que los otros, nadando de una manera más bien furtiva, como buscando algo. Está más bien lejos, en el límite de visibilidad, y no sé si realmente es el tiburón. Pero no me acerco a comprobarlo.

El paseo bajo el agua continúa, con más interrupciones, y yo sin poder asegurar si he visto tiburones o no. Todo esto me pone nervioso, sabiendo que hay peligro por algún lado, los otros buzos lo ven, pero yo no. Así se me nota la falta de experiencia.

Al final salimos del agua, yo todo excitado con la experiencia de haber buceado entre tiburones... pero no sé, ¿realmente cuenta esta experiencia? Al fin y al cabo no he visto más que un tiburón, si era realmente uno. Pero me aseguran que habían varios, nadando cerca de la superficie.

Me acuerdo de las tantas veces que he nadado por encima de las mismas rocas. Ferdinand dice que el peligro más grande es entre los bañistas y los surferos. Y la verdad es que aquí en Australia se oyen muchas noticias de ataques a surferos y bañistas, pero no me acuerdo de ningún caso en que hayan atacado a un buzo, aparte del que ocurrió hace poco en Suráfrica a uno que fue a un lugar donde atraían a los tiburones con comida.

Me acuerdo del pez que seguía a Ferdinand durante el paseo. Estuvo con él prácticamente todo el rato. Y ahora pienso, ¿tal vez el pez estaba buscando protección? ¿tal vez el pez pensaba que si atacara el tiburón, Ferdinand le defendería?

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miércoles, mayo 21, 2008

Clases de buceo


Después de la experiencia de bucear con botellas de respirar en la piscina de Macquarie University me apunté al primer curso disponible. Es un curso certificado que te permite alquilar equipo de buceo en cualquier tienda cualificada y apuntarte a cualquier grupo de buceo en lugares turísticos.

Este curso tiene su teoría, donde aprendes que el mayor peligro no es realmente la falta de aire sino la presión que se soporta bajo el agua. O más bien, la reducción de presión al subir a la superficie. Al principio de las clases vi un vídeo que mostraba un globo hinchado bajo el agua. Al soltar el globo y subir a la superficie, el aire de dentro, al recibir menos presión, se expande. Y así, a medida que sube el globo éste se expande más y más, y finalmente revienta. Pues bien, nuestros pulmones son como el globo, y si no se sube con cuidado también pueden reventar...

La suerte hace que mi grupo sea muy reducido, solamente dos personas, Sascha y yo. Ferdinando, el instructor, nos cuenta su primera historia, de peligros, de situaciones que casi le cuestan la vida, y de amigos perdidos para siempre bajo el agua. Nos cuenta que siempre hay que tener en cuenta nuestros límites, y no entrar en situaciones que no se puedan controlar. Que un pequeño error bajo el agua puede costar la vida.

Después de tantas historias y precauciones, y después de un exámen de teoría empieza la práctica, entrar en el agua. Y esta vez en el mar, en la playa de Manly, una de mis favoritas. Pero la mala fortuna hace que el tiempo no sea bueno y no podemos practicar en la parte del océano sino en la parte del puerto, mucho más guarecida de las olas. El día es frío, con amenaza de lluvia. Estamos bien metidos en el otoño, y eso se nota.

Aun así, el frío del aire aun no ha llegado al agua, y bajo el agua da igual que llueva o granice. Bajo el agua, entre prácticas, empiezo a vislumbrar el mundo submarino. Y el mundo submarino, curioso, se acerca a nosotros. En una de las lecciones, mientras Ferdinand nos mostraba cómo quitarse el chaleco de las botellas bajo el agua, un grupo de peces se interpone entre él y yo, y mi mirada se desvía de la demostración, siguiendo a los peces. Total que cuando llega mi turno para quitarme las botellas no me salió precisamente bien... y luego, cuando le toca el turno a Sascha otro grupo de peces se pone por delante y empieza a jugar con el movimiento de mis manos... tal vez pensaran que mis manos son unas algas nuevas, tal vez sabrosas?

Cuatro buceos hicimos en el curso, a cada cuál más fascinante. La visibilidad era muy mala, pero como nos dijo Ferdinand, ahora que hemos aprendido a bucear en condiciones poco favorables, no tendremos problemas para bucear prácticamente en cualquier situación...

En el último buceo del curso Ferdinand nos guió por un recorrido turístico bajo el agua. En este recorrido fue donde realmente pude disfrutar, sin tener que practicar el quitarse las gafas bajo el agua, o el que te corten el suministro de aire para que sepamos qué se siente al acabarse el aire de la botella. Vimos peces aquí y allá, y esa sensación de ingravidez se apoderó de mí. Aquí estoy, bajo el agua, o tal vez en otro planeta, volando por entre su densa atmósfera, donde el simple hecho de respirar te hace subir o bajar. Donde el sonido más característico es el de tu propia respiración. Donde no se puede hablar, y todos los movimientos son a cámara lenta.

Una impresión que me dio Ferdinand cuando le conocí es su tranquilidad, su forma reposada de hablar, como si estuviera meditando. Ahora entiendo por qué. El simple hecho de estar bajo el agua, y controlar la respiración para mantener la flotación a la profundidad adecuada, los movimientos lentos, son lo más relajante que he podido experimentar.

¡Empieza mi temporada de buceo! Lástima que estemos en otoño y queden muy pocas oportunidades antes de la llegada de las aguas frías del invierno. Hay que aprovechar, no sea que se me olvide cómo se respira bajo el agua.

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