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domingo, marzo 08, 2009

Gandia



La última parada en mi viaje a España estas Navidades, después de Singapur y Barcelona, y el propósito mismo del viaje, es Gandía, mi ciudad natal. En Gandía y alrededores tengo a casi toda mi familia, y hace ya demasiado tiempo que no les visito. Y los viajes de años pasados siempre han sido demasiado cortos. Esta vez estoy más de dos semanas, a ver qué se puede hacer. Aquí no hablaré mucho de mi familia, que eso es privado... sólo mencionar que hay que ver cómo han crecido los sobrinos, y lo que crecerán. Espero que se acuerden de mí para la próxima vez que vaya, que igual pasarán algunos años hasta que vuelva. Que no es tan fácil viajar de las antípodas. Australia tiene sus ventajas, pero el problema principal (y en cierto modo la ventaja) es estar tan lejos de Europa. Bueno, más bien lejos de casi todo.

Gandía ha cambiado mucho desde que vivía allí, pero los cambios son más bien lo mismo que en otros lugares. La red de carreteras ha mejorado, hay muchos edificios nuevos, hasta el punto que ya se puede caminar de Gandía a la playa (unos 4 kilómetros) sin salir de la zona edificada, y han aparecido centros comerciales en las afueras donde van todos de compras en coche. Empieza a parecerse a Sidney pero en pequeñito, o más bien, creo yo, Sidney, Gandía, y tantos otros lugares del mundo han ido convergiendo.

Algo que sí que es bien distinto es la humedad, que crea días tan bochornosos en verano (menos mal que está la playa), y días de invierno donde el frío te llega hasta adentro y no te lo puedes
quitar. Este año me llevé más ropa de abrigo, pero como me temía, no me sirvió de nada. El mejor método de combatir el frío es acostumbrándose a él. Al final, con un chubasquero para que pare un poco la humedad y un jersey de lana que no se enfría con la humedad, iba tan contento.

Esta vez he ido sin coche, con lo que casi todos los lugares que visité fueron a pie. Aproveché para tomar varios caminos entre Gandía y su playa, y así poner la ciudad en el mapa de OpenStreetMap, que hasta ahora solamente era un círculo y un nombre. Si ves el mapa ahora verás un montón de calles. Son las calles que he recorrido este viaje, y unas cuantas más de las que me acuerdo, que he trazado siguiendo la imagen satélite. Vamos, que me he pasado casi todo el tiempo recorriendo calles y luego poniéndolas en el mapa. Eso me ha dado ocasión de recordar lugares que significaron algo en mis años mozos y descubrir nuevos lugares.

Otra cosa que es bien distinta de Sidney es el sentido de la historia. El castillo de Bairén, el palacio ducal, las calles estrechas del centro urbano, son testimonio de algo que pasó hace ya tantos siglos, mucho antes que el pie europeo, y con él la historia, llegaran a las costas australianas. No puedo decir que sea bueno vivir en un lugar con mucha historia, pero realmente es tan excitante el poder investigar quién fue el que vivía en tal sitio, o qué defendía tal castillo y cómo fue destruido. En cualquier lugar de España, y en Gandía por supuesto también, siempre puedes encontrar un historiador local que te pueda explicar tantas cosas que sucedieron en siglos pasados y que, aunque no nos demos cuenta, nos siguen afectando en la vida cotidiana. En Australia uno solamente puede encontrar vagas historias y leyendas pasadas de boca en boca. Leyendas que no pueden ser ciertas, pero que encierran algo de verdad y de sabiduría. El problema es que no es tan fácil encontrar qué es lo realmente cierto de las leyendas australianas, y algunas como las que descubrí en mi viaje reciente al centro de Australia son bonitas y misteriosas, pero ciertamente no ciertas.

Al final llega el momento de partir, de vuelta a Australia. He intentado recargar el alma con el afecto de familiares, y espero que se mantenga con vida hasta la próxima visita. Al final no pude verlos todo el tiempo que quisiera, pero es que todo el tiempo del mundo siempre es poco. Seguiremos en contacto por internet, a través de este blog, o por cartas. El teléfono está descartado, que la diferencia horaria es tan grande que es muy difícil que coincidamos... Vuelvo a Australia con las risas de los sobrinos en mis oídos, con las palabras de afecto de los familiares. Y es cuando me doy cuenta del vacío que hay en Sidney. No es realmente la historia, ni la falta de actividades culturales. Es, simplemente, la falta de familiares y amigos.

jueves, septiembre 25, 2008

Camino a Alice Springs



Este es el último día completo en este viaje, mañana vuelvo a los ruidos de Sidney. El plan es recorrer Namatjira Drive, la carretera que lleva a Alice Springs, parándome en todas las atracciones que pueda. Con lo que me levanto temprano y desayuno en el hotel/hostal/camping. Descubro que en la "tienda" del hotel se pueden encargar sandwiches para llevar, e incluso carne para llevar y poner en la barbacoa. Con lo que me pido un sandwich, y después me dedico a hacer llamadas para encontrar alojamiento para la noche. Este es el único día que no había reservado habitación pues no sabía en qué zona pasaría la noche. Llamo a un par de lugares que parecen bien, pero todos están llenos. Al final encuentro un camping en las afueras de Alice Springs con habitación compartida a veinte dólares australianos. Baratísimo, me da mala espina, pero no quiero hacer más llamadas y decido hacer la reserva.

Tras llenar el depósito del coche lo justo para poder llegar a Alice Springs, que la gasolina está carísima en esta parte tan remota, voy a pagar el alojamiento de estas noches pasadas. Para mi sorpresa y disgusto los del lugar quieren que pague la habitación completa, es decir dos camas, en total 60 dólares por noche. Yo insisto que por teléfono me habían asegurado que el precio era 30 dólares, pero ellos no tienen nada escrito, y no me habían dado ninguna confirmación por escrito. Esta gente son un demonio. El lugar estaba medio vacío y no pierden dinero con mi estancia. Es más, si llego a saber que el precio son 60 dólares por noche me lo habría pensado dos veces. Al final me dejan pagar 30 por noche, y salgo pitando de este lugar. La habitación ha sido la peor de todo el viaje, y luego he leído comentarios de este lugar, Glen Helen, diciendo que el precio es carísimo por el servicio que dan. Esto lo afirmo. No me verán más por aquí.

Salgo de viaje. Son antes de las 10, el sol no calienta, y aún hay esa luz suave de la mañana. La carretera está completamente vacía, y a mi lado se extiende el valle con sus árboles en medio del río. Este valle es un valle especial. Aparte de que los ríos van secos, los ríos van cortando las montañas. El valle va de este a oeste, pero los ríos van de norte a sur. Es decir, que el "valle" no ha sido creado por los ríos sino por unos movimientos orogénicos de épocas remotas. Tal vez lo que pasó es que las montañas subieron tan lentamente que los ríos no cambiaron su curso natural y simplemente erosionaron las montañas creando gargantas estrechas por donde pasan. Cada una de esas gargantas acumula agua, tal vez porque el sustrato rocoso no deja que haya agua subterránea, y se convierte en un oasis donde van todos los animales. Por tal motivo todas las gargantas del lugar son lugares muy especiales para los aborígenes, y algunas de ellas son sagradas. Más tarde, ya en Sidney, aprendí que estas gargantas fueron fuente de graves conflictos entre aborígenes y colonos occidentales, pues los colonos se empeñaron en convertir la zona en pasto para vacas. En épocas de sequía las vacas iban a los oasis, convirtiéndolos en barrizales y matando de sed a los otros animales. Las vacas al final acabaron muriendo de sed también pues el agua se había convertido en barro, y los aborígenes tenían que matar las vacas de los colonos porque no quedaba otra cosa que comer. Añade a ésto el que colonos y vacas se empeñaban en ir a lugares sagrados sin pedir permiso, y el conflicto está servido.

Pero esta mañana todo es paz y tranquilidad. Paro el coche y paseo por entre los árboles, disfrutando del silencio de la mañana.

El día transcurre lentamente y me lleva a algunas de esas gargantas, donde descubro algo de esa vida salvaje entre unos pocos turistas que ni se enteran de lo que hay alrededor, aparte de algún que otro wallaby. El lugar que más me gustó fue "Standley Chasm", un lugar donde uno de los ríos ha creado una garganta estrechísima y de paredes verticales, altísimas. Llegué poco después del mediodía, cuando los rayos del sol llegan hasta el fondo de la garganta. Siguiendo el curso río arriba veo más y más gargantas, menos espectaculares pero en conjunto una maravilla. Pienso que esto ha sido hecho por ríos que la mayor parte de su tiempo han estado secos, y me doy cuenta del tiempo que debe de haber transcurrido para llegar a este estado.

El otro lugar que quería ver fue "Simpsons Gap", ya cerca de Alice springs, pero éste lo quería ver a la puesta del sol, cuando los wallabies salen a beber. Con lo que me dedico a pasear por el área semidesértica, y leyendo carteles del paseo de Cassie Hill aprendo de la vegetación del lugar y de sus usos por los aborígenes. Por ejemplo, las raíces de ciertos árboles son lugares frecuentados por orugas comestibles, y las hojas de otros árboles se usan para medicinas e infusiones.

Al final llego a "Simpsons Gap" a la hora deseada. Los turistas han sido reemplazados por wallabies que hacen su cena con la hierba seca del lugar. Descubro un wallaby con dos cabezas, la del adulto y la del bebé que asoma por la bolsa de la barriga. Experiencia australiana total.

Llego al camping ya de noche y descubro que el tal camping es una maravilla. La habitación tiene cuatro camas, todas vacías, con nevera, baño y televisión. Y todo esto por 20 dólares! Así da gusto acabar las vacaciones.

miércoles, septiembre 24, 2008

La tierra de Namatjira




Llega un nuevo día en este viaje tan fascinante, ¿qué me deparará hoy? Empiezo el día con la salida del sol, desde el mirador de Namatjira, el mismo de la puesta de sol de ayer. Esta vez el lugar está desierto, y el valle se muestra enfrente, rodeado de montañas bajas. El cielo raso, sin una sola nube, está dominado por una luna en cuarto menguante. Poco a poco los colores del cielo cambian del azul al rosa, y el sol hace su acto de presencia. Desde este mirador se puede ver la cómo la claridad de oro de los rayos del sol iluminan, primero la cima de la montaña, luego el resto, seguido por las puntas de los árboles del valle, y por fin el valle completo. El día se declara oficialmente abierto.

Vuelvo al hostal, donde me tomo el primer desayuno de hostelería del viaje. Hasta ahora me había preparado yo el desayuno, pero en los últimos días no he podido comprar nada de comida, y no hay tiendas en la zona. Pido un desayuno completo, con sus huevos, bacón, tomate y otras cosillas. Con esto y las sobras de lo que compré en Yulara, al principio de este viaje, tengo que pasar el día.

El plan principal de este día es recorrer la ruta "Pound walk", en la garganta de Ormiston, que la guía turística dice que es lo mejor de la zona. Y así llego a la garganta Ormiston más bien temprano, para poder caminar antes de que el sol caliente demasiado.

La senda me lleva por el lecho de un río seco, un río donde en vez de agua hay eucaliptos. Son los "eucaliptos rojos del río", mi traducción liberal de "red river gums", y solamente se ven en los lechos de los ríos de la zona, donde las raíces beben del agua subterránea. Son árboles majestuosos, de armas retorcidas y corteza rojiza.

Al dejar el río empieza la escalada por la colina de la izquierda, a través de vegetación semidesértica, y bajo un sol que empieza a calentar. El día se presenta ventoso, y a medida que asciendo el viento se torna en protagonista. Ya cerca de la cima el viento empieza a amainar, y en la cima el viento se torna en una brisa agradable. La cima está coronada por un eucalipto fantasma, mi traducción libre del "ghost gum". Este eucalipto tiene una corteza blanca como si lo hubieran encalado, y según dicen (o dice la guía turística) por la noche el tronco refleja la luz de la luna como si fuera un espectro. Delante hay un valle pequeño, rodeado de colinas, con un río seco que lo atraviesa como una gigante serpiente de árboles en un lugar desprovisto de vegetación. Es el valle que voy a recorrer.

Caminando ladera abajo tomo un pequeño desvío para buscar un tesoro de geocache. La casualidad hace que justo a diez metros del tesoro haya una pareja de jóvenes tocando la guitarra y cantando. Tal vez estarán buscando inspiración trayendo la guitarra colina arriba en este desierto, no sé, pero se me antoja surrealista el estar buscando un tesoro en una zona tan remota con música de fondo. Y justo cuando encuentro lo que busco, la música se para. ¿Será un espejismo, o tal vez estoy en una película? Los jóvenes se van, guitarra a cuestas, y me dejan el lugar para poder disfrutarlo sin música ni distracciones.

El camino sigue colina abajo hasta llegar al valle de la serpiente de árboles. Se acerca la hora del mediodía y el sol aprieta más. La falta de vegetación hace que las rocas reflejen el calor del sol, y ahora que no hay ni brisa, el lugar parece un horno. Ahora entiendo por qué recomiendan hacer este paseo por la mañana temprano. No hay sombras, ni animales, ni brisa, ni ruidos. Simplemente un terreno rocoso con apenas unos pocos árboles en el lecho del río, y el sol en lo alto. El único movimiento que se ve es el del lagarto que, tras observar mi caminar desde una roca del camino, se aleja presuroso y se esconde debajo de otra roca.

El camino me lleva de nuevo al lecho del río seco, que ahora corta las colinas formando la garganta de Ormiston. Eucaliptos fantasma retorcidos se aferran a las paredes rocosas, con sus troncos de cal destacándose en el ocre de las rocas. Por fin hay sombras donde poder descansar, y pronto el río empieza a mostrar estanques de agua donde descubro mi primer marsupial de este viaje, un wallaby, que es una especie de cangurito que plácidamente masca hierbas y se rasca la barriga a la orilla del estanque.

Con el agua y los wallabies llegan los turistas con su picnic y sus voces, rompiendo la magia del lugar y llevándome a la otra realidad. Vuelvo al aparcamiento, donde acabo las sobras de pan y mermelada que me sirven de comida de hoy.

El siguiente destino es la garganta de Redbank, otro de los oasis en esta zona. Es un lugar menos conocido por turistas, y su atracción es el estanque del oasis, que hay que atravesar en colchoneta para llegar a la zona alta de la garganta. Se me antoja una aventura estupenda, y allá que voy. Pero descubro que la colchoneta la tienes que llevar tú, y el agua está demasiado fría para intentar cruzar el estanque a nado. Los planes cambian y me dirijo al mirador cercano, donde el valle se muestra majestuoso, con un río ancho de eucaliptos rojos que hacen que el lugar parezca una huerta de frutales más que un río seco. Y acompañándome, como siempre, la soledad y el silencio.

De vuelta al hostel/motel/camping/gasolinera me atiborro de comida a la hora de cenar, que eso de comer pan con mermelada tras tanto caminar da mucha hambre. El restaurante muestra pinturas aborígenes, y en mi sala, la sala Namatjira, aparecen cuadros de este famoso pintor. Hoy he visto los modelos que inspiraron al artista, y he experimentado parte del calor, la soledad y el silencio que supongo que también le acompañaron e inspiraron.

Tras cenar, y para acabar el día, me dirijo al lugar donde empecé el día, el mirador de Namatjira. La noche es cerrada. No se ven montañas ni árboles, y es que no he venido a ver al paisaje terrenal. En lo alto se muestran las estrellas con todo su esplendor, sin luces a varios kilómetros a la redonda ni luna que eclipsen las sutiles combinaciones de estrellas, galaxias y nebulosas del hemisferio sur. Saludo a la Vía Láctea, y voy a la caza de galaxias lejanas, galaxias donde, quién sabe, tal vez haya alguien como yo mirando a las estrellas. Su mirada se encuentra con la mía, pero nunca nos conoceremos. Saludo al misterioso alien, y me retiro a mi habitación.

martes, septiembre 23, 2008

Rocas, árboles y meteoritos




Esta mañana me levanto más tarde de lo acostumbrado. Por primera vez no tengo que ir a ver la salida del sol, y me quedo en el hostal a desayunar. Bueno lo llamo hostal por ponerle un nombre, realmente es un resorte turístico (¿se dice así?), que tiene alojamiento para todos los gustos, desde camping hasta habitaciones de lujo. Mi opción fue la más barata sin tener que acampar. La habitación tiene tres camas y es para cuatro personas, pero en esta ocasión no hay nadie más, es toda para mí. Hay una cocina a compartir entre otras habitaciones pero descubro que no tiene utensilios ni cubiertos, simplemente fogones para cocinar. Necesito un plato hondo, o por lo menos un cazo, donde poner mis cereales con leche, pero no hay nada. Al final voy a la tienda y me compro cubiertos de plástico y uno de esos postres helados. Después de tomar el postre uso el vaso para mis queridos cereales, y a disfrutar del día.

Llego al cañón de los reyes temprano, antes de las nueve. El plan es, como los otros días, hacer el paseo principal de buena mañana antes de que el sol caliente demasiado, y antes de que lleguen los grandes grupos de turistas.

El paseo me lleva por el borde del cañón. Abajo se ve el río seco con sus seres nocturnos misteriosos, y delante de mí el paisaje es rocoso, con colinas de roca pura y arbolitos que desafían el terreno y el clima tan árido del lugar. La combinación de rocas y árboles se convierte en la protagonista de este paseo. Las rocas parecen los restos de unas ruinas milenarias de una civilización perdida. Y los árboles, retorcidos y con pocas ramas, parecen como esculpidos a propósito para crear, junto con las rocas, un paisaje como los que se ven en las pinturas chinas de los museos. Mi afición al bonsai me hace fijarme en estos árboles más que en otra cosa del paisaje. Muchos de los especímenes que se ven en revistas de bonsais y en exposiciones son estéticamente bonitos pero decididamente artificiales. Estos árboles, en cambio, combinan una estética y una forma tan natural que no quiero perderme los detalles, tengo que crear algo así cuando vuelva a mi jardín. La cámara de fotos trabaja sin cesar, y me paro cada cincuenta metros para observar y fotografiar árbol tras árbol. El tiempo pasa, llegan los grandes grupos de turistas, pero yo sigo, absorto, mirando a los árboles e ignorando las vistas de precipicios al tajo que son tan admiradas por los turistas.

Una razón por la que hago este paseo es que hay un tesoro de geocache escondido entre las rocas que quiero encontrar, y poco a poco me voy a acercando al escondite, con el GPS en mano. Mientras camino, parando de árbol en árbol para hacer fotos, oigo a un grupo de turistas estadounidenses decir la palabra "cache". ¿Estarán haciendo geocache también? No estoy acostumbrado al acento americano, tal vez hablan de dinero ("cash")? ¿Será que han perdido dinero y lo están buscando? Yo sigo mi camino, adelantándolos en mi viaje de árbol en árbol, y ellos adelantándome a mí cuando me paro a hacer fotos. Y en una de estas ocasiones uno de ellos ve mi GPS. "¿Ah, haces geocaching?", me pregunta. Pues sí, resultan que ellos también son buscadores de tesoros. Qué casualidad, es la primera vez que me encuentro con geocachers, y encontrarlos en este lugar tan remoto es algo inesperado. Me cuentan que no pensaban buscar tesoros en terrenos difíciles y no tienen detalles de éste, con lo que no vienen preparados. Les ofrezco dejarles mi GPS después de que yo haya encontrado el tesoro, pero al final, como yo me paro tan frecuentemente, ellos deciden seguir su camino. Cuando encuentro el tesoro no les veo por el camino, lástima para ellos.

Sigo el camino, parándome en todo árbol que se ponga por delante, disfrutando del paisaje que se ve desde el borde del cañón, y asombrándome de encontrar el jardín de Edén, un estanque de agua, un oasis en este desierto, lleno de pájaros y animales acuáticos. Es ya casi mediodía, mucho más tarde de lo planeado, y hay tantos turistas que el oasis no se puede disfrutar con tranquilidad, con lo que sigo el camino, casi corriendo ahora, que aún queda mucho que hacer este día.

Acabo el paseo y me preparo para la aventura principal de este viaje, que es el conducir por el circuito Mereenie. Es un atajo por el desierto, una carretera sin asfaltar que me llevará a Glen Helen, la tierra de Namatjira, a través de territorio aborígen. Esta carretera es el motivo por el que he alquilado un 4x4 en vez de un coche normalito.

La carretera me lleva por una zona despoblada, cubierta de vegetación árida. Apenas pasan coches, y cuando uno llega tengo que subir la ventanilla para evitar que entre el polvo del camino. La carretera no está tan mal como esperaba. Podría haber ido en un coche normal con un poco cuidado, pero ya que tengo éste aprovecho para apretar el acelerador para ir lo más rápido posible. Es una carretera recta pero con multitud de desniveles, y en más de una ocasión da la impresión de que el coche salta como si esto fuera un rally.

Llego al desvío de Tnorala. Tnorala es el resto del cráter de un cometa que cayó al principio de los tiempos. En su tiempo el cráter fue de 20 kilómetros de diámetro, pero lo que queda tras la erosión son las rocas comprimidas bajo el impacto, que ahora parecen colinas simplemente por que el terreno circundante, más blando, ha sido llevado por la erosión. Es el cráter dentro del cráter. La carretera del desvío es mucho más difícil y arenosa que la carretera principal, y aquí si que hay que conducir lento para evitar quedarse estancado en la arena. Ahora sí es cuando agradezco haber alquilado este coche, que con no ser un todoterreno por lo menos tiene tracción a las cuatro ruedas.

Tnorala, como tantos accidentes geológicos de la zona, es un lugar venerado por los aborígenes. Cuenta la leyenda que se formó cuando, allá en el cielo, un grupo de mujeres estaba danzando. Una de ellas dejó el bebé en la plataforma donde estaban bailando, y el bebé se cayó de la plataforma, su cuna impactando en la tierra. Las mujeres son la Vía Láctea, y el impacto de la cuna es Tnorala. Esta es la leyenda, que no se aleja tando de lo que dice la ciencia occidental. En tiempos más recientes, antes de la llegada del hombre blanco, hubo una gran masacre entre tribus aborígenes, y desde entonces no se está permitido pasar la noche en el lugar por respeto.

Soy el único en el lugar. Empieza a atardecer, y doy un paseo siguiendo el sendero entre la vegetación. El silencio es absoluto. Aquí no se oye ni la brisa, ni el volar de las moscas. Después de tantas horas en coche, el silencio se nota más, lo llena todo, y en cierto modo amplifica el ruido de las pisadas hasta tal punto que no puedo más, y me paro. Aquí estoy, en el cráter del cráter de un cometa, solo, en silencio absoluto. El tiempo se para y se me antoja que no hay nada detrás de las colinas. Vuelvo a caminar, pero el ruido de las pisadas se me hace insoportable. Al final me quito los zapatos y acabo el recorrido descalzo, en silencio. No soy nadie, simplemente una visión en este lugar tan lleno de leyenda y tragedia. Esta experiencia sin duda será la más impactante del viaje. Me parece que un silencio tan absoluto jamás lo volveré a encontrar, y lo disfruto como una joya preciada y escasa, algo que está destinado a desaparecer de este mundo. Al fin y al cabo, como dice la canción, el silencio tiene sonido, un sonido más fuerte de lo que me podía imaginar.

De vuelta al coche, y al ruido, llego a un mirador donde se aprecia la forma de Tnorala, un grupo circular de colinas en medio de la planicie del desierto.

Llego a Glen Helen a punto de anochecer, justo a tiempo para la función solar de todos los días, cuando el sol pinta las montañas circundantes de oro y púrpura, unas montañas que tan bien supo pintar Albert Namatjira, el pintor aborígen que juntó la técnica occidental con los sentimientos aborígenes, creando una escuela de pintura tan distinta. Alguien que, como descubrí años atrás en un museo de Canberra, fue la primera persona que fue capaz de dar expresión a los eucaliptos y las montañas australianas.

Llego por fin al alojamiento, donde descubro que mi reserva por teléfono no existe. Por suerte el lugar no está lleno y tengo una habitación a compartir, toda para mí. La habitación es más pequeña que la de los otros lugares, con dos literas, y muy rústica. Pero por el precio que me piden no me quejo.

lunes, septiembre 22, 2008

Día ventoso




Es el tercer día de este viaje al centro de Australia. Esta vez quiero ver cómo cambian los colores de Kata Tjuta con la salida del sol, con lo que me levanto antes de las cinco. La noche pasada me acosté más bien tarde con lo que apenas he dormido cinco horas. Pero bueno, esto son las cosas que pasan cuando se va de viaje. Las compañeras de habitación no han venido esta noche, a saber qué habrán encontrado en el desierto, y yo me quedo sin saber si son francesas.

Recojo las cosas a toda prisa, me tomo medio desayuno, ficho la salida en recepción, y salgo de camino a Kata Tjuta, también llamado Las Olgas o Las Siete Hermanas por alguna leyenda que no sé si es aborígen o de los pioneros occidentales.

Descubro con asombro que el parque está cerrado, he llegado demasiado pronto y no han abierto las puertas todavía. Con lo que espero en el coche, haciendo cola con los otros madrugadores, tal vez ellos también quieren ver la salida del sol desde Kata Tjuta. Al final abren las puertas y allá que vamos.

Conduzco más bien rápido, que el lugar está a media hora de camino, y empieza a clarear. Al final llego al mirador, y descubro con gozo que está vacío, es todo para mí. A los pocos minutos llega una furgona con jóvenes aventureros, y luego otro coche, pero ya está. Los demás deben de estar esperando en Uluru.

Delante de nosotros se nos muestra la silueta de Kata Tjuta. Son un conjunto de colinas rocosas con formas redondeadas, restos de montañas viejísimas. Y es que esta parte de Australia no ha sufrido movimientos geológicos en los últimos cientos de millones de años. Estas montañas son mucho más viejas que los Pirineos, los Andes o el Himalaya. Y como apenas llueve, la erosión es tan lenta que aún quedan restos. El lugar es viejo, viejísimo, y así lo parece.

A lo lejos, en dirección este, se ve la silueta de Uluru. El día está nublado, y el cielo y las nubes parecen estar jugando con él. En cambio, Kata Tjuta sigue oscuro y silencioso. A medida que el cielo clarea se hace más evidente que el espectáculo no va a ser Kata Tjuta sino Uluru. Las nubes no dejan que el sol pinte con sus colores las montañas. En cambio, las nubes se tornan protagonistas y empiezan a abrir huecos por donde pasa la luz de la aurora. Seguimos contemplando a Uluru, y vemos que sus bordes empiezan a ponerse como al rojo vivo, como si fuera un gran pedazo de hierro al fuego. Y es que el sol ha conseguido desasirse de las nubes, y está saliendo, exactamente detrás de la roca. El espectáculo de Uluru roba a Kata Tjuta de todo protagonismo. Y así el sol, por entre las nubes, empieza a iluminar el día, lanzando rayos sobre Uluru como si estuviera comunicándose con él. Si hay una roca que tenga vida propia, ésta debe de ser Uluru.

Después del espectáculo de la salida del sol tan especial, acabo mi desayuno, me afeito y me dirijo a Kata Tjuta, a pasear por el Valle de los Vientos. El día sigue nublado con lo que me llevo la rebeca por si las moscas.

Lo mejor de Kata Tjuta es que hay mucha menos gente que en Uluru, y puedo disfrutar de gran parte de las colinas a solas. En cuanto entro en el valle empieza a levantarse viento, ¿o tal vez siempre hace viento aquí? Descubro tras leer en los carteles que partes del valle son sagradas y solamente los jóvenes aborígenes pueden entrar durante su ceremonia de iniciación. Como parte de la ceremonia tienen que pasar un tiempo en la cabecera del valle y cazar animales.

El viento arrecia cada vez más fuerte, un viento cada vez más frío, y al final me tengo que poner la rebeca. El Valle de los Vientos hace honor a su nombre.

Después de este largo paseo me acerco a la garganta Walpa, que me parece que quiere decir la garganta de los vientos, y en verdad, el viento aquí es incluso más fuerte. Me cuesta caminar, y ahora el frío me hace ponerme el chubasquero por encima de la rebeca. Y justo a tiempo, pues de repente se forma un chubasco de gotas gordas y calientes. El viento y la lluvia convierten este corto paseo en toda una aventura.

Pero al final llega el momento de dejar Kata Tjuta y Uluru. Mi plan es pasar la noche en el cañón de los reyes, a unos cuantos cientos de kilómetros de distancia, y ya es mediodía. Empieza la segunda etapa del viaje.

El día sigue frío y ventoso, parece ser que los vientos han salido del valle a dar una visita por los alrededores, y me acompañan por una carretera casi desierta. Durante el camino paro en un par de sitios, marcando lugares para luego poder añadirlos al mapa de OpenStreetMap que estoy creando con otros miles de personas, y buscando tesoros de geocache, que aquí también hay. Y gracias a estos tesoros descubro vistas que seguro no habría encontrado. En una de ellas se ve a lo lejos el monte Connor, una montaña que muchos turistas recién venidos de Alice Springs confunden con Uluru. El viento ha levantado una capa de polvo, y desde el mirador la montaña se ve muy lejana y poco clara. En otra ocasión el geocache está en un mirador de lagos de espejismo. A lo lejos se ven lagos secos, pero que aparentan estar llenos de agua por la sal que han dejado.

El tiempo pasa, y al final llego al hostel de Kings Canyon poco antes de la puesta del sol, y antes de que éste se vaya a visitar la otra parte del mundo decido entrar en el cañón, que se supone que esta parte del cañón se ve mejor a esta hora.

Llego a la base del sendero cuando apenas quedan unos minutos de sol y los pocos turistas que hay están de vuelta en el aparcamiento. El valle está ya en sombras y solamente las rocas a lo alto tienen luz. Pero decido entrar, ya que estoy aquí, mejor ver lo que hay.

El valle lo recorre un río seco, pero la vegetación indica que el agua no está lejos. Con la puesta de sol empiezan a oírse los sonidos de aves y animales, y mientras entro me da la sensación que el valle empieza a cobrar vida. Ya no hay turistas, el valle empieza a despertarse y los sonidos sugestivos se muestran solamente para mí. Es una sensación que hacía mucho que no sentía. Cada vez hay más ruidos artificiales en nuestras vidas, y estar en un lugar con solamente ruidos de la naturaleza, sin oír máquinas, radios o incluso voces humanas es una experiencia muy acogedora. Llego al final del sendero, donde empieza la parte sagrada del cañón, pues éste es otro lugar donde los jóvenes de otra tribu hacen su ceremonia de iniciación. Y me siento en el mirador, observando los últimos rayos de sol sobre las rocas en las alturas, y escuchando los sonidos del ocaso. Y la vuelta, ya a oscuras, me hace sentir que durante unos minutos yo también he sido parte íntima de este cañón misterioso.

Ya en el hostal descubro que mi habitación, que es compartida, es toda para mí. Tengo tres camas a escoger, y hay televisor, nevera con leche y tetera con sobrecillos de té y café. Y es que la civilización también tiene sus cosas buenas.

Ceno en el pub restaurante del lugar, donde un grupo de música folk-country actúa y saca a todos los críos con sus padres. Y yo disfruto del espectáculo, pensando que como no tengo críos a mí no me sacarán, cuando la artista apunta a una persona al lado mío diciendo a los críos que es Steven Spielberg en busca de talento. Uno de esos críos sorprende con una actuación con didgeridoo, ese instrumento aborígen tan especial y tan difícil de tocar, y más tarde el crío me pregunta si es verdad que soy Spielberg... y yo le contesto que no, que Spielberg estaba al lado mío, pero que ya no está. Y el niño se marcha todo desilusionado. Tal vez esta noche se le haya quedado grabada como la noche en que Spielberg casi le contrata para la próxima película.

lunes, julio 21, 2008

Primeras impresiones de Daintree


La segunda parte de este viaje a Cairns nos lleva a Daintree, la zona de bosque tropical. El bosque de Daintree es el más antiguo del mundo, con más de 130 millones de años. Qué coincidencia, que este bosque se encuentre tan cerca de la barrera de coral. Se me antoja ver árboles milenarios, y tal vez encontrarme con uno de esos ents, los pastores de árboles que aparecen en ¨el señor de los anillos¨.

Nuestro viaje comienza en Cairns, donde vamos a la agencia de coches de alquiler. Descubrimos que el lugar está lleno de agencias de coches de alquiler, escuelas de submarinismo, y alojamientos baratos. Este es un lugar ideal para venir sin reservar nada, y simplemente buscar la mejor manera de pasarse las vacaciones. Todo un paraíso para jóvenes y aventureros. Yo no soy mucho de lo primero, pero algo de lo segundo.

Ya con el coche, seguimos la costa. No tengo permitido subir más de 300 metros durante las 24 horas siguientes a mi última inmersión, que aún sigue el peligro de descompresión. Con lo que vamos tranquilos, viendo el paisaje marino, y sin acercarnos a las montañas cercanas.

El objetivo del día es visitar el valle de Mosman, uno de los lugares donde se puede entrar en el bosque de Daintree. Ya casi en el bosque paramos en una población aborígen donde organizan paseos con guías locales, pero la mala suerte hace que este sea uno de los pocos días que tienen fiesta, una fiesta especial que solamente celebran ellos. Con lo que tenemos que esperar a otro día, y seguimos entrándonos en el valle, un valle estrecho, y boscoso, hasta la senda del bosque.

El bosque en sí es un poco decepcionante, pues hay tantos turistas que el encanto de estar en el bosque más antiguo del mundo se rompe. Y los árboles, de milenarios nada. Son todos árboles jóvenes, que aunque el bosque sea antiguo los árboles no lo son. No hay árboles gigantes, por lo menos en esta zona, y la única fauna que vemos son los turistas, y un pavo salvaje que no para de seguirnos.

Que éste no es nuestro día.

Llegamos a la población de Daintree, donde tomamos nuestro alojamiento. Los dueños son una familia entusiasta de las aves, y desde el jardín se pueden ver aves de todos tipos en días favorables. Hoy es un día lluvioso, y las aves están en otra parte. Pero el lugar en sí es tranquilo, y todos los ocupantes son aficionados al birdwatching, ese pasatiempo que consiste en observar aves. Es un pasatiempo que adquirí cuando vivía en Escocia, un lugar donde la gente colecciona de todo: hay quien colecciona montañas escalándolas (¨hillwalking¨), quien colecciona trenes intentando descubrir nuevos modelos recorriendo las vías (¨trainspotting¨), y cómo no, quien colecciona aves, tomando fotografías y anotando su comportamiento.

El poblado es simplemente tres calles, una tienda, una cabina de teléfono, una oficina de turismo cerrada a estas horas, y un par de restaurantes para turistas. Cenamos en uno de los restaurantes, el único que está abierto este día, y que está lleno de lugareños disfrutando de una cena substancial y barata.

sábado, julio 19, 2008

Bajo el Ocean Quest




Después de las dos primeras inmersiones el barco llega a nuestro destino, el Ocean Quest, otro barco más grande donde vamos a pasar la noche. El Ocean Quest, además de ser más grande tiene menos gente, pues la mayoría solamente pasan el día y se vuelven a Cairns. El ambiente es mucho más relajado, y los tripulantes tan agradables como los del primer barco. El camarote tiene de todo menos televisión, que me imagino que no llega a estas aguas. Y de internet, ni pensarlo. ¡Qué bien!

Pronto llega la hora de la siguiente inmersión. Irene se va con sus lecciones de submarinista avanzado, y yo me junto con Marcos y Sonia. Mineko, que en las otras ocasiones se iba con el tubo de respirar, empieza a sentir náuseas por el movimiento constante del barco y esta vez se queda a bordo.

Marcos, Sonia Y yo vamos abajo. Esta consigo memorizar el mapa bien antes de bajar. El fondo es mucho más profundo, da casi miedo y no paro de mirar el indicador de profundidad, que no debemos bajar demasiado. Descubrimos que no hay mucho que ver tan abajo, y mantenemos una profundidad de 13 metros, siguiendo una pared llena de corales, anémonas y pececitos de colores. Seguimos el recorrido planeado (qué gusto que da el saber que sabemos dónde estamos), pero no hay nada espectacular como tortugas o rayas o tiburones... pececitos por aquí y por allá, corales, y unos peces más grandes y coloridos, los peces loro. Y ya me parece que empiezo a controlar el buceo, siento más fácil el controlar la flotación, y hago fotos sin problemas... pero la caja estanca, descubro con horror, está completamente empañada por dentro y las fotos salen todas como si estuviera usando un filtro suavizador como los que usan para retratos de glamour. No sé si es que hay un defecto en la caja, o simplemente no la cierro bien. Pero bueno, parece que no entra agua.

De vuelta al barco Mineko me "regala" una bolsa con lo que ha arrojado mientras estaba en el barco... aun así me asegura que está disfrutando del viaje. Todos los tripulantes son tan agradables, y los turistas, todos dedicados al buceo, cuentan historias interesantes de otros lugares que han visitado.

Después de la cena llega la inmersión que estaba esperando. Es la inmersión nocturna. Salimos a cubierta, donde los tripulantes están atrayendo a los peces con comida. Me imagino que lo hacen por ver si hay tiburones, que esta es la hora en que los tiburones están más activos... y descubro a un tiburón entre los peces. Rápido, más activo que los otros peces, da escalofrío. Y luego veo otro, y otro... en total cuatro o cinco. Se me empieza a helar la sangre. ¿Van a cancelar la excursión?

Pues parece que no. Estos tiburones no deben de ser peligrosos, pues los guías hacen caso omiso y nos dicen que nos preparemos para entrar en el agua. Algo indeciso, me pongo el equipo, y enseguida la excitación de volver al agua, junto con la confianza que dan los demás, que ni mencionan los tiburones, me hacen olvidar mis temores, y me junto con el grupo, que esta vez vamos con guía.

Los peces nocturnos son mucho más grandes. No conozco a ninguno de ellos, y parece ser que los tiburones se han atracado bastante de comida y se han ido a descansar. En cierto modo esto me decepciona un poco, no hay sensación de peligro. El agua, oscura, no nos deja ver mucho, y seguimos la luz del guía. A nuestro alrededor vemos peces grandes que siguen nuestro rastro de luz. No parecen tener color, o simplemente la falta de luz les hace parecer ser grisáceos o negros. Los ojos, grandes y brillantes, están adaptados a la oscuridad.

De vuelta en el barco nos espera un postre casero delicioso. Mineko, que sigue sin encontrarse demasiado bien, también se apunta al postre, y mientras disfrutamos tomo notas de los datos de las inmersiones, que los necesitaré para demostrar mi experiencia... es decir, si no me dejo el librito de notas en el hotel la próxima vez.

Y mientras nos relajamos y hablamos de los acontecimientos del día, uno de los instructores me ofrece un buceo especial para el día siguiente. El lugar donde estamos es bastante profundo, y van a dar un cursillo para bucear en profundidad. Es parte del curso de buzo avanzado, y me ofrece tomar parte en esta inmersión. Como aliciente me dice que este cursillo valdrá como parte de mi curso avanzado si deseo tomarlo en el futuro en cualquier lugar cualificado, y además Marcos ya ha dicho que sí que va a participar, y como Marcos no habla inglés yo podría hacer de intérprete. El cursillo cuesta extra, no mucho, y yo insinúo que tendría que ser gratis para mí si voy a hacer de intérprete. Pero no cuela, y al final acepto tomar parte en el curso, pagando lo que toca.

La inmersión será al día siguiente, a las 6 y media de la mañana. Enseguida se hacen más de las 11 de la noche, y al final, agotados del día y pensando en el madrugón del día siguiente, nos vamos a la cama.

... pero no es fácil dormir en algo que se mueve ... me sorprende que Mineko, que se encontraba mal durante gran parte del día, se duerme enseguida. Y yo me quedo en la cama, intentando dormir, con el movimiento del barco y el ruido de una puerta o algo que está fuera y que no para de chirriar al compás de las olas... el tiempo pasa ... media noche, la una, las dos ... duermo intermitentemente, despertándome cada hora. La emoción del día pasado, la expectación de lo que viene, el movimiento del barco, la luz de la luna llena, majestuosa, que se ve desde la cama, el chirriar de esa puerta... todo se junta para no dejarme dormir.

lunes, febrero 19, 2007

Aventura submarina


Este fin de semana pasado ha sido la última ocasión del verano antes de que empiecen las clases en Macquarie University, y hemos aprovechado para visitar una de las joyas de la costa cerca de Sidney, Jervis Bay, la bahía de Jervis. Es un lugar muy popular pero con muy pocos sitios donde hospedarse. Solamente hay unos tres campings, y siempre están llenos. En años pasados hemos intentado pasar noche en la bahía, pero al final siempre teníamos que buscar sitio a casi una hora en coche del lugar. Pero esta vez, sí, reservamos sitio con dos meses de antelación.

Llegamos al lugar y, como esperábamos, todo estaba lleno. Incluso nuestro lugar estaba ocupado por unos oportunistas a los que tuvimos que decir que habíamos reservado el sitio. Pero esto fue nuestro único incidente. La bahía es un paraíso marino. Las playas, tranquilas, con pocas olas, aguas cristalinas, y una fauna marina que solamente puede envidiar a la gran barrera de coral en el norte de Australia. Nos pasamos dos días de playa en playa, gafas de buzo puestas, disfrutando como niños del paisaje submarino. El agua, fría pero soportable con nuestros trajes de neopreno, invitaba al sentido de la vista.

Todo fue estupendamente hasta que descubrimos que algunos peces son más bien grandecitos. En uno de nuestros paseos por entre pececitos se nos apareció una raya enorme, que se cruzó por delante. Estos peces no son agresivos, pero teniendo en cuenta que uno de estos bichos acabó con la vida de Steve Irwin, el Félix Rodríguez de Australia, no sé, la verdad es que daban bastante respeto. Y más que eso. Nos faltaron piernas y brazos para salir del agua.

Pero no pude evitar hacer una foto a nuestro monstruo con mi cámara acuática de usar y tirar. Esta foto y otras de la zona aparecen en mi página de flickr con la etiqueta "jervisbay".

viernes, enero 05, 2007

Vuelta a casa




Hoy hemos decidido terminar las vacaciones y volver a casa, que ya estamos cansados de tanto ir de aquí para allá. Además, estos últimos días están siendo agobiantes con tanta gente de vacaciones. Pero antes, toca la despedida de Batemans Bay. Volvimos a la bahía de la guerilla con la intención de subir al peñón, y descubrimos que el peñón es realmente una isla en la marea alta y no una península como pensaba. Pensamos que la profundidad en el paso que separa a la isla de la playa sería muy poca y podríamos pasar con pantalones cortos, pero no, el paso es más profundo de lo que esperábamos y tuvimos que ponernos el bañador. Queríamos hacer fotos, con lo que llevamos las cámaras con cuidado, y en más de una ocasión estuvimos a punto de caer en el agua y mojar las cámaras. Pero lo conseguimos y llegamos al peñón. Es un peñón muy escarpado con rocas cortantes. El peñón tendrá unos 20 metros de altura y escalarlo es fácil, pero hay que tener cuidado de no cortarse con las rocas. La vista desde lo alto es una buena recompensa al esfuerzo de cruzar el paso y escalar el peñón. A nuestra espalda está la playa, rodeada de rocas. A los lados hay otras rocas e islas, y al frente está el mar, un mar azul y levemente ondulado por las olas.

De vuelta a Batemans Bay compramos otras cuatro docenas de ostras para llevarnos a casa, y en un bar cercano compramos ostras abiertas para la comida, y nos pusimos en marcha de vuelta a casa. Paramos en una zona de picnic en la carretera, donde acabamos con las ostras abiertas al ritmo de Chicago Blues que sonaba en una furgona cercana, donde un grupo de turistas parecía haber acampado a lo gratis.

A medida que nos acercábamos a Sidney el tráfico aumentaba, y al llegar a Ulladula el tráfico era increíble. Parece que todo Sidney había decidido tomar la misma carretera para disfrutar del fin de semana. En un principio pensamos ir a Jervis Bay, una bahía donde nos encanta ir a bucear, pero visto el tráfico que había en la carretera de la costa cambiamos de opinión. Los australianos, y la gente de Sidney en particular, tienen una preferencia increíble por la playa, con lo que decidimos volver a Sidney por la carretera de la montaña. En vez de ir a Jervis Bay nos desviamos por Kangaroo Valley, el valle de los canguros donde por cierto aún no he conseguido ver un solo canguro. Hicimos una corta parada en el mirador del paso de montaña que lleva el valle, un mirador con una vista impresionante, y entramos en el valle. El tráfico, aunque más denso que en Tasmania y en nuestro recorrido en Victoria, era mucho mejor que en la carretera de la costa, y pudimos disfrutar de un paisaje rural idílico.

Paramos en Fitzroy Falls a descansar y ver la catarata. La senda del camino nos llevó a un mirador sobre un corte en la montaña que bien podría bien ser de cien metros, y al lado se podía ver la catarata, un salto de agua desde lo alto del corte. La senda nos llevó a un par de miradores más, todos ellos en el borde del corte de montaña. Y en todos los miradores la altura daba vértigo. Bien se podría practicar parapente desde ellos.

De vuelta al coche nos detuvimos cada diez metros a observar la flora y vegetación de la zona. En el museo que visitamos en Camberra aprendí que los primeros naturalistas que visitaron Australia desestimaron la fauna y flora como algo primitivo y en vías de extinción. No sé qué tipo de expertos eran, yo no paro de asombrarme de ver la cantidad y variedad de marsupiales y animales extraños que se pueden descubrir en Australia, y sobre todo de las plantas. Tal vez tengan razón de que las plantas sean más primitivas que en Europa, al fin y al cabo son restos de la vegetación de Gondwana, el supercontinente que se desgajó antes de la llegada de los dinosaurios. Pero son tan distintas y variadas que es un gozo el verlas, tan diferentes de las plantas de Europa. De vez en cuando se ven noticias en los periódicos de que acaban de identificar una nueva especie de planta, o incluso una especie de árbol.

Otra vez al coche, ya decididos a llegar a Sidney sin más paradas. El tráfico se hizo más denso a medida que nos acercábamos a la metrópolis. Y una vez dentro, qué confusión. Otra vez rodeados de coches y de ruido, y de conductores maleducados que se cruzan en tu camino sin avisar.

Llegamos a casa, ¡por fin!, a las nueve de la noche. Lo primero que fuimos fue ver las plantas. Todas estaban gozosas y llenas de salud. Se ve que este año el tiempo ha sido bueno, sin demasiado calor y con un par de lluvias que dieron de beber a las plantas. Y nuestras medidas de protección contra posums y pájaros parece que han dado resultado. La tomatera en especial está repleta de tomates maduros, no puedo esperar a probarlos.

Hogar, dulce hogar. No hay nada como un viaje para descubrir qué bueno que es volver a casa.

jueves, enero 04, 2007

Batemans Bay



Batemans Bay es el lugar de vacaciones por excelencia para la gente de Camberra. Aparte de ser el punto costero más cercano, la zona está llena de playas pequeñas y grandes, estuarios y alguna que otra laguna marina. Añade a esto la presencia de criaderos de ostras, y se comprende la predilección de la gente de Camberra para venir aquí.

Una consecuencia de todo esto es que la zona se llena de gente durante el período loco de vacaciones, como ahora, pero aún así se pueden encontrar playas que, aunque no tan solitarias como en Tasmania, son lo bastante tranquilas como para disfrutar de ellas.

Hoy pasamos todo el día siguiendo la costa. Por la mañana fuimos de playa en playa, asombrándonos por la multitud de variedad. Ahora sí, diciéndolo todo, las playas de los alrededores de Sidney son más atractivas.

Al final paramos en el pueblo de Moruya, donde encontramos un lugar donde vendían ostras recién abiertas. Dada nuestra debilidad por ellas, no pudimos resistirnos a la tentación de pedir una docena de ostras para comer, junto con un pastel de setas y otro de espinacas con queso feta. Ni que decir que las ostras estaban deliciosas, saladas por el agua de mar y con un chorrito de limón.

Por la tarde fuimos a la playa de la guerrilla, la "Guerilla beach", una playa dividida en dos por un peñón península que se convierte en casi una isla durante la marea alta. En esta playa, por fin, pudimos usar las gafas de buzo y respirador. No hacía calor en extremo y el agua estaba más bien fría, pero eso lo arreglamos poniéndonos los trajes de neopreno. La marea estaba bajando, y una mitad de la playa estaba tranquila. Buceamos por allí, disfrutando de los pececitos y conchas marinas. La otra mitad de la playa estaba mucho más alborotada, pues era por donde las olas entraban, y además era la zona más profunda. Allí nos limitamos a quedarnos cerca de la orilla, donde las rocas formaban piscinas y donde rondaban multidud de peces de todos tipos y tamaños. Nos pasamos un rato largo removiendo la arena del fondo, y viendo cómo los pececillos se acercaban a buscar comida. Yo al final me atreví a nadar en partes más profundas, pero las olas enturbiaban el agua y solamente pude divisar unos cuantos erizos que me parecieron enormes.

Después fuimos a otra playa sin nombre. La playa tenía una forma de concha casi perfecta, algo así como la playa de San Sebastián, pero en pequeño y sin la isla. En esta playa había olas de tamaño mediano, y gente surfeándolas. Aquí sacamos las tablas de bodyboarding, y por fin pudimos usarlas. El agua estaba incluso más fría que en la playa de la guerrilla, pero el ejercicio nos calentó enseguida.

Después fuimos a pasear por las rocas en un extremo de la playa, donde encontramos más erizos y algún que otro cangrejo grande, lo bastante grande como para que Mineko pensara en hacer alguna comida con ellos. Pero los cangrejos no se dejaron coger.

Al final, de vuelta a nuestro alojamiento, compramos más ostras. Esta vez eran ostras sin abrir, que eran mucho más baratas, 20 dólares por tres docenas. Me costó un buen rato abrir la primera ostra, pero pronto me cogí al hábito y pudimos preparar una cena exquisita con ostras y gambas, regadas con vino espumoso. ¡Delicioso!

Ya es de noche, la luna, que empieza a menguar, se refleja en el estanque de nuestro parque de vacaciones, donde las ranas cantan a la luna, y las estrellas intentar vencer el fulgor de nuestro satélite, pero solamente las más poderosas lo consiguen. Armado con mis prismáticos, distingo algunas de las joyas estelares, como el cinturón de Orión, el joyero de la cruz del sur, y algunas de las multitudes de glóbulos y galaxias que se pueden ver cerca de la cruz del sur. El brillo de la luna no me deja ver más, pero por lo menos es mejor que lo que se ve desde Sidney, con su contaminación de luz.

miércoles, enero 03, 2007

De vuelta a la carretera



Esta mañana hemos aprovechado los últimos momentos en Camberra para visitar una granja antigua. Por antigua me refiero a mediados del siglo 19, que fue cuando los pioneros europeos se decidieron por colonizar tierra adentro. Esta granja, o más bien rancho, está en las afueras de lo que es la Camberra actual, y tiene vistas magníficas a unos campos con ganado. Hay utensilios de época, y en conjunto el lugar parece como un vistazo atrás en el tiempo.

La siguiente parada fue el museo nacional de Australia (qué título más redundante), que para ser gratis está muy bien. En el museo se nos refrescó la memoria acerca de los indígenas, los colonos, y la fiebre del oro. Hay una copia de la pepita de oro más grande del mundo, que se encontró en Australia, y que más que pepita se debería llamar pepón, pues pesa más de 70 kilos.

Y por fin, de vuelta a la carretera. Nos despedimos de Susumu y Eileen, y nos pusimos rumbo a Batemans Bay, la bahía del bateador. La carretera circula por entre campos extensos con multitud de árboles enormes, eucaliptos la mayoría de ellos. Un paraje idílico e hipnotizador, tanto que perdimos el rumbo en dos ocasiones. En la primera ocasión salimos del pueblo de Queanbeyan por el mismo sitio donde entramos, y nos dimos cuenta solamente cuando vimos en el horizonte una colina que se parecía a la Montaña Negra de Camberra tanto que realmente era la Montaña Negra. Poco después de salir del pueblo, esta vez por el lado correcto, seguimos ensimismados con el paisaje, que cada vez era más bonito por una carretera cada vez más rústica, hasta que encontramos un pueblo que no parecía estar en el mapa. Tras echar un vistazo al mapa otra vez descubrimos que estábamos en otra carretera que iba más al norte. Ya me parecía a mí, muy rústica era la carretera esta. Pero el desvío nos encantó, y la carretera era toda para nosotros.

Llegamos a Batemans Bay mucho más tarde de lo esperado, y empezamos a buscar alojamiento. Decidimos intentar el pueblecito de Tomakin, que tenía varias zonas de acampada con caravanas. En la primera zona encontramos una cabina vieja por el precio de 60 dólares. Decidimos probar suerte en los otros lugares, y descubrimos que estaban llenos. Con lo que volvimos al primer lugar, solamente para descubrir que la cabina ya no estaba disponible. Eran ya casi las nueve de la noche, empezaba a ser tarde.

Tomamos la carretera de la costa de vuelta a Batemans Bay, y todos los moteles y lugares de acampada estaban llenos. En un lugar que tenía espacio para tienda de campaña nos pedían 40 dólares por acampar, lo que nos pareció una tomadura de pelo y proseguimos.

Al final, tras mucho buscar, encontramos una cabina en un parque de vacaciones ("holiday park") donde los que hicieron reserva no se habían presentado. Eran más de las diez, y decidimos quedarnos. El precio era de 85 dólares, mucho más que la primera cabina, pero ésta era más nueva y mucho mejor en general. Nos ha gustado tanto que hemos decidido reservar dos noches. Así podemos explorar esta zona sin preocupaciones de dónde pasar la noche mañana.

Y os preguntaréis, ¿por qué no hacemos reserva con más antelación? Pues porque somos tan indecisos que nunca sabemos dónde queremos pasar la noche. Además, siempre preferimos ver el lugar antes de hacer la reserva, que a veces lo que parece muy bonito en las fotos resulta ser algo espantoso en realidad. Y por último, de esta manera, sin hacer reservas, es como a veces hemos encontrado lugares muy encantadores. Por si acaso llevamos la tienda de campaña, sacos de dormir, comida y agua, esto nos da seguridad de que siempre podremos pasar la noche, aunque sea al lado del coche.

martes, enero 02, 2007

Vinos y música


El viaje de hoy ha sido a Cooma, un pueblo a unos 100 kilómetros al sur de Canberra, que aquí en Australia esta distancia no es nada. La razón de este viaje es una bodega de vinos producidos por immigrantes del este de Europa y los vinos son distintos de lo que se encuentra aquí en Australia. Y nada más llegar nos dimos cuenta que no solamente los vinos son distintos. Aparte de plantar sus uvas también crían sus cerdos y producen chorizos, tocinos ahumados, y jamones. El hombre es muy locuaz, habla de todo y con todos, en un inglés con acento indefinido. Nos contó que él es austro-húngaro, y no me refiero al imperio, sino que es mitad austríaco y mitad húngaro, pero se crió en Rumania. Nos habló de historia, política, viajes, todos desde su punto de vista tan personal. Aparte de servirnos vinos nos obsequió con un vasito de un licor de 75 grados. Era tan fuerte que el líquido se evaporaba nada más tocar la lengua. Y me parece que parte de la lengua y boca se evaporaban con él. La mujer, también locuaz, nos hablaba con un acento que a mí me sonó como ruso. Los vinos me recordaban un poco a lo que se encuentra en España, unos vinos con sabores más sutiles que los australianos. Y en cuanto me dijo que también producen chorizos y jamones me dieron las ganas de comer allí, pero ese no era nuestro plan. Este es otro lugar al que tenemos que volver.

De vuelta en Camberra fuimos a un concierto al carrillón. El carrillón es un campanario cuyas campanas se pueden tocar usando un teclado como si fuera una especie órgano. La tarde no era especialmente cálida, más bien fría y con viento, pero fuimos de todos modos. El concierto nos regaló música variada. Sí, al fin y al cabo estamos en Canberra, la capital de Australia. No es una ciudad grande, pero tiene más atracciones por cabeza que cualquier otra ciudad australiana.

lunes, enero 01, 2007

El Cambio del año


Al final el concierto duró hasta más tarde de la una. Y encima hubo un cambio repentino del tiempo y, por unas horas, llegó un vendaval formidable. Menos mal que no acampamos esa noche, como pensamos en un principio hasta que encontramos este hotel. Con este viento se nos habría volado la tienda con nosotros dentro.

Al día siguiente, es decir ayer, decidimos probar suerte con las piedras preciosas. Resulta que este sitio es realmente un lugar donde se puede buscar oro y piedras preciosas en el río cercano. Preguntamos en la oficina de turismo y nos dijeron que sí, se puede buscar, pero necesitamos un permiso. El permiso cuesta unos 25 dólares, y es válido por dos años en cualquier parte del estado de Victoria. Decidimos que si compramos el permiso tenemos una buena excusa para volver a Victoria, y compramos los permisos. Habíamos traído nuestro equipo de buscadores de oro y piedras preciosas, que consiste en una pequeña azada de camping, dos bandejas para buscar oro, y una rejilla para colar la gravilla y buscar piedras preciosas. Nos faltaba otra rejilla de grano más fino para buscar piedras preciosas más pequeñas, y como la tienda del pueblo no tenía, al final compramos un colador, que algo hará.

Con los permisos en mano y las instrucciones del experto local acerca de dónde ir, fuimos ilusionados a buscar minerales y oro. Ahora formamos parte de la historia de buscadores de oro de Australia. Me entraron ganas de cantar la canción esa "Soy minerooo..."

El calor empezaba a ser bastante fuerte, pero llegamos al río y empezamos a buscar. En esta zona se supone que hay muchas piedras preciosas, incluso diamantes. El problema es que no somos capaces de distinguirlas de otros cristales. Nuestra experiencia sólo se limita a zafiros, y no ví nada parecido a ello. Mineko seleccionó las piedras que le llamaron la atención, pero yo no encontré nada. Lo único que conseguí es que una sanguijuela se cogiera a mi pie. No sé cómo conseguí quitármela, y seguí buscando piedras preciosas, con más cuidado. La sanguijuela seguía allí, nadando arriba y abajo, pero no me cogió otra vez.

Total, que tras mucho calor y esfuerzo no encontramos nada. No teníamos tiempo para seguir, con lo que proseguimos el viaje. ¡Pero volveremos!

El camino a Camberra es muy monótono, a través de carreteras con algo de tráfico pero no mucho, por campos sin mucho que ver, y con bastante calor. El resultado es una modorra al conducir que puede ser peligrosa, con lo que paramos varias veces. Y la verdad es que hay excusas para ello. La primera parada fue en un pueblo donde hay un submarino auténtico. Y a mí que me expliquen qué pinta un submarino tan lejos del mar, pero desde luego la idea era original. La segunda parada fue en un lugar llamado "dog on the tuckerbox", que es una expresión australiana que viene a decir como "perro sobre la caja de la comida", en alusión a un hecho que se supone que ocurrió en la época pionera australiana, y muestra algo del humor australiano. Se refiere a un pionero que viajaba por estos caminos, y que tuvo la mala suerte que se le rompiera la rueda del carro. No pudo arreglarla, y para colmo de la mala suerte, cuando quiso descansar y comer algo, su perro estaba sentado encima de la caja donde guardaba la comida. Como decía, humor australiano.

Llegamos a Camberra entre rayos y truenos que parece que se habían concentrado justo encima de la capital de Australia. Fuimos a visitar a unos viejos amigos de Mineko, Susumu y Eileen, y pasamos la nochevieja juntos. Fuimos a ver los fuegos artificiales que celebran el año nuevo, y fuimos los únicos que comimos las uvas, que aquí no hay costumbre de hacer esas cosas. Pero bueno, ¡feliz año nuevo!

Esta mañana nos levantamos un poco tarde, y desayunamos parte del desayuno japonés típico de año nuevo, cortesía de Susumu. La celebración de año nuevo es muy importante en el Japón, ciertamente mucho más que las navidades, y tiene sus rituales. Aquí simplemente hicimos la parte culinaria, y sólo parte de ella, que los ingredientes no son fáciles de encontrar fuera del Japón.

Después, para matar el tiempo, fuimos a visitar un par de parques de Camberra. La verdad es que es una ciudad muy pintoresca, aunque bastante artificial. Fue diseñada a propósito a medio camino entre Sidney y Melbourne para servir como capital de Australia, y hay un lago artificial. El parlamento es el centro de la capital, y se ve desde todas partes, como una especie de ovni gigantesco con la bandera australiana en la cúpula. Las calles están diseñadas como círculos concéntricos alrededor del parlamento. Es una idea muy bonita en papel, pero en práctica es un desastre de orientación, y hasta los residentes de Camberra se pierden. Yo, claro, me perdí ayer cuando buscábamos la casa de Susumu y Eileen, y Susumo se perdió hoy cuando intentó tomar un camino distinto para volver a casa. No, si las ideas bonitas, si no son prácticas...

Comimos a las cuatro (más comida tradicional japonesa de año nuevo), y cenamos casi nada (pero también algo tradicional japonés de este día), mientras escuchábamos el concierto de año nuevo de la orquesta filarmónica de Viena en la tele. Y como es costumbre el 1 de enero de cualquier año, el día pasó casi sin enterarnos.

sábado, diciembre 30, 2006

En el centro de Victoria




Los alrededores de Nagambie fueron realmente una sorpresa. Del lago sale el río Goulburn, un río con gran cantidad de agua teniendo en cuenta que estamos en Australia. Y a la orilla del río hay dos bodegas de vino con solera otra vez teniendo en cuenta que estamos en Australia, donde la historia es muy corta. La primera bodega es Tahbilk, la bodega más antigua de Victoria, el estado de Melbourne. No tuvimos ocasión de visitar la bodega original de mediados de 1800, pues estaba en reparación, pero suplimos esta falta comprando seis botellas de vinos variados. Después visitamos la bodega Mitchelton, más moderna pero con vinos que nos gustaron mucho más. Acabamos comprando ocho botellas en esta otra bodega, y comimos en el restaurante. La comida fue sorprendentemente buena y barata a la vez, y regada con copioso vino. Al lado del restaurante hay una zona de picnic, lleno de gente disfrutando de un día caluroso de verano, a la orilla del río. Hemos marcado este lugar en la lista de lugares donde volver a visitar.

Después de los vinos y comida toca conducir al próximo lugar, pero fuimos haciendo paradas, pues el efecto del vino y comilona, no tanto por el alcohol sino por el sopor que me dió, no me dejaba conducir sin parar a tomar una mini-siesta cada dos por tres. Y el hecho de que hacía calor y viajábamos por carreteras sin curvas y con poco tráfico por un paraje plano daba más sueño aún. En la primera parada compramos cerezas del lugar. Eran cerezas frescas, recién cogidas, y disfrutamos como niños comiendo cerezas mientras yo conducía.

Al final llegamos a nuestro destino, el pueblo de Beechworth. La guía de moteles que teníamos indicaba que en este pueblo hay muchas atracciones, incluyendo buscar oro y piedras preciosas. Dado que no pudimos buscar oro hoy, tal vez podamos mañana.

El pueblo nos encantó desde que llegamos. Resulta ser uno de los centros de la fiebre del oro, y también el lugar donde un famoso bandido actuaba, Ned Kelly. Este tal bandido es uno de los personajes más famosos de Australia, algo así como el Robin Hood de estos lugares, se dedicaba a robar a los ricos con su banda y tenía un gran apoyo popular.

El motel costaba 100 dólares, con lo que buscamos otro lugar. Al final acabamos por quedarnos en el hotel Commercial. Como los hoteles típicos de la Australia rural, esto es realmente como una posada en España. Es un local que sirve alcohol y comidas, es decir, como un pub inglés, con habitaciones para dormir. La ley de antes estipulaba que todos los pubs tenían que tener habitaciones, y este es uno de esos pubs antiguos, un edificio de ladrillo con su zona de beber y comer y mesa de billar en el piso de abajo y con sus habitaciones y terraza en el piso de arriba. Y me acabo de dar cuenta de que hoy es sábado, y como es normal hay concierto en directo justo debajo de nosotros, con lo que esta noche será movidita, como la de nuestra primera noche en este viaje.

Pero aparte de este "contratiempo" de la música que espero que no dure mucho, este día ha sido sorprendemente bueno. Ha sido como un turismo rural sofisticado, tan distinto del turismo rural rústico que hacíamos en Tasmania. Me sigue dando la impresión que Melbourne y su estado, Victoria, tiene mucho más que ofrecer a nuestros gustos que Sidney y su estado, Nueva Gales del Sur. Por lo pronto he cogido un montón de mapas y guías turísticas de este estado, y he empezado a planear nuestro próximo viaje.

viernes, diciembre 29, 2006

En barco rumbo al continente


Con prisas y corriendo, como de costumbre con nosotros, salimos hacia el barco, que está a punto de zarpar. Somos casi los últimos en abordar, pero lo conseguimos. El barco zarpa con nosotros dentro, rumbo al continente.

El barco en sí es bastante aburrido. Ni comparación con la emoción que tuve la primera vez que fui en barco de Valencia a Mallorca, cuando apenas tenía diez años. Aquel barco era enorme, con varios pisos de camarotes, y amplios espacios abiertos. El barco en el que fuimos Mineko y yo esta vez, el "Espíritu de Tasmania", me parece que es más pequeño (¿o es que cuando yo era pequeño todo parece más grande?), y de espacios abiertos, casi nada. Eso sí, dentro hay una tienda, una zona con máquinas de premio, otra con máquinas recreativas, una oficina de turismo, restaurante y varios bares. Pero no sé, no sé, el barco de Mallorca parecía más interesante...

El trayecto transcurrió sin incidentes. A pesar de atravesar uno de los estrechos más peligrosos de los siete mares, el barco apenas se mecía con las olas. Lo único de destacar es que, a mitad de camino, nos cruzamos con el barco que hacía el otro trayecto, y que, un poco más tarde, entramos en zona de cobertura del teléfono móbil y pudimos reservar alojamiento para esta noche.

El barco llegó con una hora de adelanto, con lo que aprovechamos para pasar noche un poco más lejos que en el plan original. Acabamos en el pueblecito de Nagambie, más que nada porque teníamos la dirección de un motel más o menos barato. El pueblo en sí resultó ser una monada, en medio de una zona vitícola y a las orillas de un lago. ¡El encargado del motel incluso nos cuenta que se puede encontrar oro por estos lugares! Igual intentamos buscar oro para que nos cubra los gastos del alojamiento.

Cenamos en el club del pueblo. El club era una delicia. La comida era de mejor calidad de lo que se suele comer en un club australiano, y las mesas estaban al lado del lago. Mientras cenamos el cielo tornó de rojo a índigo, y finalmente la negra noche llegó, iluminada por la luna.

jueves, diciembre 28, 2006

El último día en Tasmania



Llega la noche y entre un agujero de las nubes se pueden ver las estrellas. Pero no contaba con la luna y su luz, que nos aguó la fiesta y no nos dejó ver mucho. Bueno, otra ocasión será. Las estrellas no cambiarán mucho en los próximos años, las podremos ver en otra ocasión.

La noche transcurrió fría, y eso se nota cuando uno acampa, vamos que no pudimos dormir mucho. Pero el día llegó, cálido, y esperanzador. Aparte del frío de la noche el camping era una delicia. Y resulta divertido ver a los acampados. Había una tienda de campaña que incluso tenía chimenea... la nuestra era la tienda más pequeña de todo el camping. Y lo contentos que estábamos con ella.

Al día siguiente fuimos a una huerta de fresas cerca del camping, donde disfrutamos de unas deliciosas fresas, cogidas la misma mañana. Alentados con este comienzo del día tan bueno, fuimos a nuestro siguiente destino, la montaña Mt Barrow. No teníamos bien claro qué se nos presentaría en tal montaña, pero allá que fuimos. La carretera subió y subió, hasta llegar a zonas muy empinadas y con curvas. La carretera estaba sin asfaltar y era bastante estrecha, y un lado daba al vacío. Casi me dió vértigo mientras subía, aun desde dentro del coche. Pero el esfuerzo valió la pena, y desde lo alto de la montaña, una montaña solitaria de más de 1400 metros de altura, se veía una perspectiva realmente impresionante. El día estaba nublado pero con buena visibilidad, y se veía el mar en la distancia.

De camino al siguiente destino vimos una señal que indicaba una ruta turística por el monte Barrow. La mujer de la huerta de fresas nos comentó de algo así, que es algo que acaban de inaugurar, y pensamos que valdría la pena ver. Pero qué pérdida de tiempo. Tal vez, cuando esté completa valga la pena ver, pero por ahora la tal ruta pasa por zonas de monte talado varias veces. Esto en sí puede ser interesante, pues este es uno de los primeros montes talados de Tasmania, y se pueden ver restos de cortes hechos a hacha, y otros hechos a sierra mecánica. En cierto modo, dentro de la corta historia de Australia, éste es un lugar histórico y un símbolo de la industria de Tasmania. Hay zonas designadas para pasear, pero parece ser que las rutas no están hechas aún, y todo el recorrido lo hemos hecho en coche. Esto parecía un safari más que nada, y lo que vimos no nos pareció realmente interesante. Nos gusta pasear, tocar, oler, hacer fotos de los lugares que pasamos.

El siguiente destino representaba un desvío de nuestra ruta hacia Devonport, pero pensamos que era la pena ir a verlo. Y realmente fue así. Son las cataratas de Liffey. Como las que vimos ayer, estas cataratas están entre bosques templados húmedos, y era un gusto ver los árboles viejos, grandes, robustos, rodeados de árboles-helecho. A cada paso uno se podría imaginar ver a Frodo, el hobbit del Señor de los Anillos, salir por detrás de un árbol. Y esta vez las cascadas son algo que también vale la pena ver.

Y ya, por fin, nos toca ir a Devonport, el puerto desde donde saldrá el barco de mañana por la mañana. Descubrimos que el pueblo, que no es muy grande, tenía casi todos los alojamientos llenos por los turistas y los que toman el barco, pero pudimos encontrar una cabina en un parque turístico a un precio de 100 dólares. Carísimo, pero por lo menos está al lado mismo del muelle y como el barco sale a las 9 de la mañana, mejor quedarse aquí.

Paro de escribir, que aun tenemos mucho que hacer para preparar el viaje de mañana, y nos tenemos que levantar temprano.

miércoles, diciembre 27, 2006

Bosques y campos


El día ha amanecido soleado. Parece un día ideal para pasear por la montaña, y eso es lo que hemos hecho hoy. El plan es hacer algunas de las actividades que no pudimos hacer en la ida. Ahora, en la vuelta, pasamos por los mismos lugares y tenemos más tiempo.

La primera parada es la cascada de Santa Columba. La cascada en sí no está mal, pero hay muchas cascadas parecidas en otros lugares. Lo especial de este sitio es el camino a la cascada. Tasmania tiene una vegetación única, y los bosques húmedos son algo que vale la pena ver. La senda atraviesa grupos de helechos. Pero los helechos de aquí son árboles de varios metros de altura. Más que helechos parecen palmeras. Caminando por entre ellos uno se imagina que el tiempo no ha pasado desde el período cámbrico, mucho antes de que los dinosaurios aparecieran. Y este bosque bien podría haberse formado entonces, y aún sigue aquí, un resto de tiempos pasados.

La segunda parada es la catarata de Ralph. Con más de 90 metros es el salto de agua más alto de Tasmania, pero como el otro paseo, la catarata es una excusa para dar un paseo por entre árboles antiquísimos. Es un bosque que no ha sido modificado por el hombre, y uno bien podría imaginarse encontrarse una criatura prehistórica a la vuelta de la esquina.

La tercera parada es un paseo muy corto por un bosque que yo diría que está encantado. Cada pocos metros hay un panel explicando la historia de la tierra, cómo los continentes estaban todos unidos, y cómo en cierto punto del pasado Australia se desgajó de la antártida y viajó, junto con Tasmania, separada del resto de continentes. Por este motivo la vegetación y fauna son tan diferentes. Y algunos de los árboles de este bosque, enormes, llenos de huecos y ramas torcidas, musgos, hongos y líquenes, aparentan tan viejos que uno diría que han vivido miles de años. Uno de ellos bien podría ser el padre de uno de los ents, los hombres-árbol que aparecen en el libro El Señor de los Anillos.

Intentamos visitar un museo de minería del pueblo de Derby pero estaba cerrado por vacaciones, con lo que seguimos adelante. Tras perdernos por el camino, conseguimos llegar a la plantación de lavanda que visitamos en la ida, justo antes de que cerraran, para que Mineko pudiera comprar bositas de lavanda. Y qué bien que olía el coche...

Seguimos por caminos, algunos de ellos sin indicaciones, pasando por pueblos fantasma que aparecen en el mapa pero no se ven por ninguna parte, tomando carreteras que no aparecen en el mapa, pero qué divertido que era ver el paisaje rural, vacas por todas partes.

Al final llegamos a nuestro destino, una zona de acampada con servicios pero sin ducha, como en la bahía de los fuegos. En este caso no es gratis, cuesta 3 dólares la noche. Casi nada por un lugar tan precioso, cubierto de césped a la orilla de un río tranquilo.

Y el cielo sigue sin nubes. Si sigue así, podremos hacer algo que no hemos podido hacer en este viaje: ¡ver las estrellas! En un cielo oscuro fuera de las ciudades se puede ver un espectáculo de estrellas, tan diferente de las que se ven en el hemisferio norte. Pero bueno, a ver si esta vez tenemos suerte y podemos verlas...

martes, diciembre 26, 2006

St Helens



Anoche cayó un aguacero. Verdaderamente ha sido una suerte que decidiéramos quedarnos bajo techo en vez de acampar. Y lo mejor de todo, esta mañana ha amanecido seco, sin lluvia.

Hoy hemos decidido intentar hacer piragüismo. Según nuestro libro guía, la bahía de St Helens es ideal para ello. Pregunto en el dueño de nuestro alojamiento, en la oficina de turismo, y en el hostal de mochileros ("backpackers"), y todos me dicen la misma compañía para alquilar piraguas. Esta compañía, "boats ahoy", se especializa en alquilar barcos de todo tipo, sobre todo yates para la gente que viene a pescar. Les llamo por teléfono y me dicen que tienen una piragua para dos, como queremos. Pero cuando llegamos al lugar vemos que la piragua es muy simple, más bien un trozo de plástico con dos asientos. La idea que teníamos era de hacer piragüismo con una piragua de largo recorrido, con timón y espacios estancos para almacenar cosas como la comida y las cámaras de fotos. Encima el tiempo no está de nuestra parte. Hace viento, y la bahía, aunque protegida, tiene olas lo bastante grandes como para dificultar la navegación.

Al final nos convencen para que usemos un fuera borda pequeño, de los que no requieren licencia de conducir. Es lo que llaman un "tinny" porque el casco es metálico. Es más caro, pero ya que estamos en ello, mejor que la piragua. Y allá que vamos, con nuestra barquita, cruzando la bahía. Nos damos cuenta que las olas en el centro y cerca del otro lado son más grandes de lo que pensábamos. Lo bastante como para hacer difícil el manejo de la barca, y convertir este paseo en una aventura. Mineko, que es la primera vez que pasea en una barca de este tamaño tan pequeño, está muerta de miedo y se agarra a la barca con las dos manos y el corazón. Al final llegamos a una playa sin ningún contratiempo y paramos a comer y descansar de la tensión del viaje. El tiempo pasa que vuela, y tenemos que devolver la barca. Por suerte, o tal vez porque ya estamos acostumbrados, el volver es más fácil, y hasta es agradable. Llegamos al punto de salida contentos de estar en tierra, y con la idea de no volver a alquilar un fuera borda en nuestra vida.

El resto del día lo pasamos paseando por aquí y por allá, en varias playas del lugar. Las playas son preciosas pero están más pobladas, quizás porque están más cerca de St Helens, o tal vez porque es el primer día después de Navidad y empiezan las vacaciones de verano para el resto de la gente. A partir de ahora nos será más difícil encontrar sitios despoblados, y puede que tengamos problemas para encontrar alojamiento. ¡Llega la temporada loca de vacaciones!

Hoy ha sido el último día en la costa este. A partir de mañana empieza el viaje de vuelta a Sidney. Un viaje que aún nos puede deparar sorpresas, pues pensamos volver por un camino distinto, más corto pero con más paradas pues pensamos visitar a unos amigos en Camberra. Pero aun quedan varios días por delante antes de llegar a Camberra.

lunes, diciembre 25, 2006

La Bahía de los Fuegos






Han pasado dos días desde mi última entrada. Anoche no pude escribir por culpa de la langosta... pero de eso hablaré más tarde.

La noche de ayer transcurrió sin incidencias. El pademelon no hizo ninguna travesura, pero le oímos varias veces. O eso creímos, la noche siguiente nos dimos cuenta que había más visitantes nocturnos, pero ya hablaré de esto a su tiempo.

Durante la noche hubo alguna que otra llovizna, y la mañana amaneció lloviendo. Vamos, que no era un día ideal para acampar. Decidimos ir a St Helens a desayunar para evitar tener que preparar el desayuno en la lluvia. Aprovechamos para comprar comida para ayer y hoy, que las tiendas estarán cerradas el día de Navidad, tomar una ducha caliente, y sin darnos cuenta se nos hizo mediodía. El día empezó a mejorar, y para el mediodía hacía un sol espléndido, con lo que nos decidimos por volver a la playa a dar un paseo. El plan era conducir hasta el pueblecito costero llamado "the Gardens", y desde allí caminar a lo largo de la playa, que es una reserva marina. Poco antes de llegar a the Gardens vimos una señal que indicaba Ansons Bay, sin decir la distancia. Supuse que este sería el camino para la playa que está detrás de the Gardens, y lo tomé. Varios kilómetros más tarde a través de un camino forestal sin asfaltar y lleno de baches, piedras y ramas sueltas nos damos cuenta que tal Ansons Bay está mucho más lejos. Resulta ser el lugar que pensaba visitar al día siguiente, pero aun así decidimos seguir y hacer hoy lo que ibamos a hacer mañana.

Algo así como una hora más tarde llegamos a la bahía. Llegamos a la zona de desagüe de un lago, y quedamos sorprendidos por la pura belleza del lugar. Es un lugar donde hay gran cantidad de agua, olas, arena, dunas, rocas, vegetación, aves, estrellas de mar, medusas, mejillones, caracolas, y lo mejor de todo, casi sin gente, sin tráfico, incluso sin aviones que vuelen por lo alto. Algo idílico. Y además, el tiempo acompañaba. Un poco de viento, pero sin lluvia. Caminamos por la arena, donde disfrutamos de la soledad, las aves, las olas, las criaturas en las rocas a medida que la marea bajaba, y el tiempo se paró. Allí estábamos, sin nadie más, rodeados de la naturaleza en su más pura belleza.

Al final tocó volver al coche, y de vuelta al camping. Ese día no comimos por la tardanza en llegar al destino, y luego, al llegar, simplemente queríamos caminar y disfrutar del lugar.

De vuelta al camping empezamos a preparar la cena de Nochebuena. En St. Helens compramos una de las especialidades, langosta, ya cocida y cortada en dos. Preparamos una ensalada, y empezamos el atracón. La langosta era enorme, más grande de lo que pensamos cuando la compramos, y estaba deliciosa. Pero no teníamos utensilios para comer la carne de la cabeza y las patas, y nos pasamos un buen rato quitando la concha, poco a poco, disfrutando de cada rincón de la langosta.

Al acabar la langosta era tan tarde y estábamos tan cansados que nos fuimos directamente a dormir. Poco antes de acostarnos vimos a un nuevo visitante, un pósum, más grande que los que vienen a visitarnos en Sidney, y más en su ambiente. Así da gusto verlos, comiendo su comida natural, y no los tomates y las uvas de nuestra terraza. A propósito, me pregunto cómo estarán las plantas...

Durante la noche oímos al pósum y alguna que otra criatura, pero nada de tráfico ni ruidos de gente, así da gusto dormir. Pero llegó una tormenta de lluvia que no me dejó dormir, en parte por el ruido, en parte por la preocupación de qué hacer si llueve al día siguiente.

Al día siguiente, es decir esta mañana, por suerte, el día amaneció seco, con lo que pudimos desayunar y desacampar con facilidad, y nos pasamos todo el día caminando aquí y allí, en varias playas casi desiertas, buscando entre las conchas, y haciendo gran cantidad de fotografías. Estas playas son muy fotogénicas, y con este tiempo, con sus nubes tan atractivas, más. Lo mejor de todo es que llovía en la distancia, pero no donde estábamos nosotros. Así da gusto.

Cuenta nuestro libro guía que esta zona se llama la bahía de los fuegos porque, cuando llegaron los primeros exploradores europeos, la bahía estaba llena de hogueras hechas por los indígenas. Los indígenas venían a estas playas a disfrutar de sus frutos del mar, y lo mismo hacen los locales ahora. Este lugar es un centro pesquero comercial y turístico. La gente ha cambiado, pero no las actividades.

No hay mucho que contar hoy, solamente que disfrutamos como críos de las playas, y buscamos posibles rincones donde podríamos bucear en nuestro próximo viaje... porque volver, volveremos. Vimos en un mapa que estaba en el acuario de Bicheno que, todos los años, entre Enero y Marzo, llega una corriente de agua cálida desde el continente Australiano. Con lo que, la próxima vez, vendremos en Febrero.

Escribo desde el apartamentito que hemos alquilado por dos días, mientras escucho el mensaje navideño de la reina. Por que sí, Australia tiene reina, la reina de Inglaterra, Escocia, Gales, y algún que otro país más, Australia incluída.

Fuera está lloviendo otra vez. Hay que ver qué suerte que hemos tenido con el tiempo hoy. A ver si mañana tenemos la misma suerte...

Y a propósito, ¡feliz Navidad!

sábado, diciembre 23, 2006

Vuelta a St. Helens



Esta mañana no teníamos muy claro adónde ir. El tiempo es bastante frío y ventoso, no apetece ir a la playa, y me parece que en este viaje no vamos a ir. Hemos traído dos tablas de bodyboard, que ocupan bastante espacio en el coche, y a este paso vamos a volver sin usarlas.

La primera parada es en Bicheno mismo, en el acuario en la punta del cabo. Es un acuario diminuto, pero que tiene animales marinos locales, que incluyen ¡tiburones! Mejor no bucear, por si acaso... lo curioso son los huevos de tiburón, ver la foto. También hay langostas, que son enormes, de varios kilos de peso cada una, y caballitos de mar. Los caballitos no son de la zona pero son muy monos de ver. Total, que ya que no vamos a bucear, por lo menos hemos visto algo de la fauna marina.

De vuelta a St Helens paramos aquí y allá, con la vana esperanza de que el tiempo mejore pero nada, la temperatura apenas llega a los 15 grados, y el viento hace parecer que hace más frío. Y es hora de plantearse qué hacer esta noche. La idea era acampar en la bahía de los fuegos, pero con este frío, muchos fuegos tiene que haber en la bahía esa para estar calentitos.

Pero al final nos decidimos por lo menos ver la zona de acampada. A medida que llegamos empieza a caer una llovizna, hay que ver, todos los elementos se empeñan en que no acampemos. Pero al final decidimos acampar. Es una zona de acampada libre. No hay agua pero por lo menos hay retretes. Estamos al lado de la playa, se oyen las olas, y lo mejor de todo es que hay muy poca gente. Claro, con el tiempo que hace...

Acaba la llovizna, montamos la tienda, y hasta el viento se para. El tiempo parece mucho mejor, tal vez ha sido una buena idea el acampar. Mientras montamos la tienda vemos a un pademelon (una especie de cangurito) mirándonos curioso. Esto parece que nos va a gustar.

Ahora es de noche, mientras escribo estas notas oigo algo fuera. Me parece que es el pademelon, que ha vuelto. Menos mal que hemos dejado la comida y basura dentro del coche...