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domingo, julio 20, 2008

Expediciones submarinas





Después de una noche ajetreada al final me levanto a las 6 de la mañana. Sorprendentemente estoy descansado, y listo para visitar las profundidades marinas. Esta vez me dejo el reloj, que no está garantizado para las profundidades que vamos a bajar, pero llevo la cámara de fotos, que la puedo bajar hasta cuarenta metros.

El cielo tiene los colores de la aurora, y me sorprende la ausencia de frío, algo que siempre asocio con los momentos antes de la salida del sol. Y el agua nos espera.

Bajamos rápido, siguiendo el cable del ancla, y en un dos por tres estamos en el fondo del mar, que al fin y al cabo treinta metros no son nada, se pueden caminar en menos de un minuto. Pero la sensación a treinta metros bajo el agua, aun estando tan cerca, es algo tan diferente. La presión realmente no se siente directamente, no sientes como si te estuvieran exprimiendo porque el cuerpo es todo agua que no se comprime, y el aire que respiramos está a la misma presión que el agua. Pero el agua parece algo viscosa, como el aceite, y hace que los movimientos sean más lentos. Ferdinand, el instructor que me sacó el título de buzo. dijo en cierta ocasión que a grandes profundidades, mucho mayores que estos treinta metros, hasta el aire se siente como viscoso por la presión.

Y no solamente los movimientos son lentos. El pensamiento se ralentiza, me cuesta más estar al tanto de lo que pasa alrededor. Todo parece curioso, divertido. Entran ataques de euforia que cuestan reprimir. Son síntomas de una narcosis del nitrógeno leve, algo que suele suceder a grandes profundidades, y peligrosa no por ser dañina, sino porque puede provocar reacciones como cuando uno se emborracha, y ya sabes, si bebes no conduzcas. Intento hacer fotos, pero la cámara parece no funcionar... o es que no estoy apretando el botón que toca? toco todos los botones, pero nada parece funcionar, extraño.

Y así estamos todos, algunos con síntomas de narcosis leve, que les hace reír por cualquier cosa... y hasta se puede oír la risa a través de esta agua tan espesa. Y empezamos con los experimentos.

En el primer experimento, comparamos el indicador de profundidad de cada persona, y vemos que hay grandes diferencias, pues estos se vuelven menos fiables cuanto bajamos más profundo. En el segundo experimento, el instructor saca una tabla con números escritos sin orden, y nos manda a cada uno tocar los números en orden. Y uno se da cuenta de quién está más afectado por la narcosis, pues algunos parecen tardar una eternidad el encontrar todos los números.

El tercer experimento es el más divertido. El instructor saca un huevo fresco, que la presión no rompe porque dentro no hay aire. La teoría es que al romper el huevo la presión hace que la clara y yema sigan juntas, como si el huevo fuera una pelota, y podemos pasarnos el huevo sin cáscara de uno a otro. La práctica es algo diferente. En cuanto el instructor rompe el huevo, un pez que andaba rondando se lanza sobre nosotros y se zambulle el contenido en un instante. Intentamos apartar el pez, pero él sigue dando vueltas. Es un pez grande, de medio metro más o menos. Es tan insistente que tenemos que empujarlo, pero nada, sigue. Sus movimientos son rápidos, los nuestros son lentísimos. Al fin y al cabo, éste es su elemento. Consigo tocar el pez e intento empujarlo. El tacto del pez es algo especial. Los peces que encuentras en la superficies son blandos, pero éste se siente duro como si fuera un balón de reglamento. La presión sigue dando sus sorpresas.

El instructor saca comida de la manga para el pez (que más sorpresas guardará debajo de la manga?) y la echa lo más lejos posible. Y así conseguimos acabar el experimento, pasándonos el contenido de otro huevo de uno a otro, hasta que el pez se acerca otra vez para acabar con nuestra pelota improvisada.

El instructor nos pregunta cómo vamos de aire. Todos están a mitad de aire o menos. Yo miro a mi indicador, y no puedo decir si estoy a más o menos de la mitad. Doy una señal algo extraña... ahora descubrirá el instructor que estoy medio narcotizado? pero el instructor no parece preocupado, y nos lleva de paseo por las profundidates, hacia los corales. Al cabo de unos minutos, a menos profundidad y con mi mente más clara veo que estaba a menos de mitad de aire. Y es cuando descubro el peligro real de las profundidades, que hace que la gente se pueda poner en situaciones de las que no pueden salir con vida. El peligro del submarinismo no es tanto el mar or los animales, sino la gente misma cuando comete errores fatales. Es una lección que espero no olvidar.

Ya de vuelta en el barco nos espera el desayuno, y Mineko, ya despierta, me cuenta que ha dormido muy bien. Bien, por lo menos alguien ha descansado...

La cámara vuelve a funcionar, menos mal. Parece ser que la caja estanca aguanta la presión, pero la presión misma aprieta todos los botones a la vez, y la cámara se torna inútil.

Después del desayuno vamos a nuestra penúltima inmersión. Esta vez, para evitar el frío del agua, nos ponemos una protección más, un traje que en principio es lo que la gente se pone en verano para protegerse de las medusas, cuya picadura puede ser mortal, pero que no es necesario en invierno. Nos lo ponemos porque otros se lo ponían también para estar más calentitos. Y es verdad, esta tela, o lo que sea, está calentita, y cuando nos ponemos el traje normal por encima de esta tela estamos tan cómodos, que al entrar en el agua no notamos esa impresión de agua fresquita... ¿cómo no se nos había ocurrido antes?

Esta vez el lugar donde buceamos es diferente, que no conozco, y había llegado tarde para las instrucciones. Marcos me cuenta lo que han dicho, o más bien, lo que ha entendido, que no es mucho por no saber inglés él. La idea es salir por la derecha y bucear con el arrecife a la derecha hasta llegar a una zona poco profunda donde suele haber una tortuga. Esta es la idea pero pronto nos perdemos bajo el agua, y entre unas y otras llegamos a un callejón sin salida. Damos vueltas y más vueltas, buscando los peces león que se suponen que hay en estas partes, pero nada. Y así seguimos, cuando de repente aparece una raya enorme, mucho más grande que la que una vez ví en Jervis Bay. Este bicho debería tener más de dos metros, y estaba escondido justo debajo de nosotros, en la arena del fondo. Seguimos buceando, y se nos aparece un tiburón. Debería de ser uno de los que vimos anoche. Estaba tranquilo, reposado en el fondo, ajeno a nosotros. Nos acercamos un poco para hacer fotos, y el tiburón nos deja acercarnos... estos turistas, estará pensando. Al final, cuando Marcos estaba intentando tomarme una foto con el tiburón, se va y nos deja. Ahora que lo pienso, tal vez no nos deberíamos de haber acercado tanto...

Ya en el barco miramos el mapa del lugar y descubrimos que, al fin y al cabo, hemos hecho casi todo lo que habíamos pensado hacer excepto el ir al lugar de la tortuga. La raya estaba en el mapa, y el tiburón también. Parece ser que estos animales son muy territoriales. Mineko me cuenta que ella sí que ha visto a la tortuga en su expedición con tubo de respirar, ¡qué envidia!

Y por fin la última escapada submarina llega. Esta vez intento fijarme en todos los detalles del mapa. La idea es llegar hasta una zona con cuevas y recorrer una de esas cuevas, pero otra vez nos perdemos bajo el agua. Vamos de aquí a allá, hasta encontrar el mismo callejón sin salida de la otra vez. Seguimos buceando por aguas menos profundas hasta encontrar otro valle, y he aquí que vemos una cueva. Este debe de ser nuestro destino, y entramos. La cueva es un pasaje por debajo del coral, más bien estrecho. Tenemos que pasar uno a uno, algo que me da algo de miedo pues una regla de oro es el no separarse de los compañeros. Yo voy primero, paso más bien rápido, con algo de claustrofobia. Que estar en una cueva bajo el agua da impresión...

Tras unos diez metros llego al final de la cueva, otra vez en mar abierto. Me giro, pero nadie me sigue. ¿Será que no se han atrevido a entrar? ¿qué hago ahora, solo en este océano? ¿vuelvo a la cueva para ver dónde están? ¿y qué pasa si me encuentro con ellos, y no puedo darme la vuelta por ser el lugar tan estrecho? Afortunadamente pronto veo a Sonia salir por la boca de la cueva, y tras ella a Marcos. Menos mal.

Seguimos el recorrido previsto. La zona es más profunda de lo que esperaba, demasiado profunda. Es nuestra tercera inmersión y no debemos bajar demasiado profundo o nos arriesgamos a tener problemas de descompresión. Los libros dicen que si uno está demasiado tiempo a grandes profundidades, el nitrógeno se acumula en la sangre, y al salir del agua éste se convierte en gas otra vez, creando burbujas dentro de la sangre y con un dolor insoportable.

Vemos a otro tiburón, y nos acercamos para hacer más fotos, hasta que miro el indicador y descubro con sorpresa que estoy a 19 metros cuando no pensaba bajar más de 13 metros. Con lo que subo a los 13 metros, haciendo señas a Marcos y Sonia que suban. Pero no parecen darse cuenta de mis señales, y siguen abajo. Marcos incluso baja más, siguiendo algo que le llama la atención. ¿Le estará afectando la narcosis del nitrógeno...? ¿y qué hago yo, bajo a buscarle? Por suerte, Marcos sube otra vez, pero no hasta mi profundidad. Me parece que está demasiado profundo, pero él parece tranquilo y al cargo de la situación, con lo que yo sigo a mi profundidad, mirando a Marcos y Sonia de vez en cuando, esperando que no bajen más.

Al final se nos acaba el aire y salimos a la superficie. Yo pensaba que no habíamos llegado al barco, y descubro que estaba muy equivocado. La corriente nos había hecho pasar el barco de largo, y nos toca nadar en la superficie, a contra-corriente... ¡qué cansancio! Somos los últimos en llegar al barco.

Y bueno, se acabaron las inmersiones. Hasta pronto, corales, volveré. En las últimas inmersiones he conseguido evitar gran parte de la condensación dentro de la cámara estanca. Siguiendo las recomendaciones de Marcos, antes de cada inmersión miraba con cuidado todas las junturas dentro de la caja, y descubría gotas de agua sueltas, que tenía que secar por completo antes de cerrar la caja. También, después de estas experiencias submarinas decido que lo primero que voy a hacer es comprar una tabla y lápiz para poder escribir bajo el agua y comunicarme con la gente, y una brújula. Marcos y Sonia se quedan un día más, que su viaje es de tres días, pero yo no sé si podría aguantar más días. Estoy cansado, hasta me duelen las manos, tal vez por los efectos de descompresión, o simplemente por haber estado tanto tiempo bajo el agua. Y sueño con poder dormir en una cama que no se mueva. Además, descubro que hemos estado demasiado tiempo bajo el agua y a profundidades demasiado grandes. Más tarde descubro que nos hemos arriesgado a tener los dolorosos problemas de descompresión y no era recomendable hacer más inmersiones en las siguientes 24 horas. Espero que a Marcos y Sonia no les haya pasado nada.

De vuelta en el barco menor de camino a Cairns nos encontramos con más ballenas. ¿O son las mismas que antes? Esta vez me apresuro a coger la cámara y tomar fotos. Una ballena llega tan cerca que casi pasa por debajo del barco. Está tan tranquila, simplemente flotando en la superficie, sacando una aleta al aire, como si estuviera tomando el sol.

Ya en Cairns damos un paseo por la población, un lugar muy turístico con tiendas por todas partes. De vuelta en la civilización. Hay un mercado abierto las 24 horas donde hay numerosos grupos de masajistas que nos piden que les dejemos que nos hagan masajes. Yo estoy cansado, pero también me siento raro, las articulaciones están como inflamadas por la diferencia de presión y no quiero arriesgarme a que los masajes las dejen peor.

Cenamos en un restaurante Tailandés estupendo, el Khin Khao, donde reponemos fuerzas, y a dormir, que mañana empieza la segunda parte de nuestro viaje.

sábado, julio 19, 2008

Encuentros con Nemo



Atrás quedaron los problemas con el avión. Por fin hemos llegado a Cairns. La noche es agradable, acogedora, pero no hacemos más que ir al motel, el Balinese, que al día siguiente tenemos que levantarnos temprano.

Y el sábado llega, el barco nos espera. A prisas, como va a ser la costumbre en este viaje, recogemos las cosas. Al final decidimos dejar una de las maletas en el motel. Al fin y al cabo no vamos a necesitar las botas camperas (no hay montañas que subir, sino abismos que bajar en esta parte del viaje), ni la ropa de invierno que llevábamos puesta en Sidney.

Ya lejos del motel, en la oficina de Deep Sea Divers Den, la agencia que organiza la aventura, descubro que me he dejado los documentos que certifican mi condición de submarinista. ¡No tengo pruebas de mi título! Me he dejado incluso el librillo con las notas de las otras inmersiones. ¿Qué hago? Azorado, busco a uno de los agentes y le explico lo que me pasa. Me he dejado los documentos en la maleta del hotel. El agente busca mis datos en la base de datos de PADI, la agencia que me ha dado la certificación, pero como me saqué el título hace apenas unos meses los datos no han llegado aún. ¿Será que viajan con los peces y no han llegado de Sidney a Cairns?

"No worries", como dicen los Australianos. Si puedo demostrar que sé manejar el equipo me dejarán hacer una inmersión con un guía, y así puedo demostrar que puedo bucear. Como tenía previsto hacer la primera inmersión con guía, la solución me parece estupenda. ¡Menos mal!

Estamos por fin en el barco, camino a la barrera de coral. Durante el recorrido los guías empiezan a dar lecciones a los que van a aprender a bucear. Yo, mientras, disfruto del paisaje marino, y estudio los pósteres de peces. De repente el barco se para. ¡Han divisado ballenas! Me acuerdo que hace unas semanas las ballenas estaban pasando por Sidney camino a aguas tropicales, y ahora estamos en su lugar de destino. Vemos a las ballenas mucho más cerca que cuando estábamos en Sidney, y corro a coger mi cámara, cambiar el objetivo, salir a la borda... pero para entonces el barco ha vuelto a tomar el camino hacia el arrecife. Las ballenas se ven cada vez más lejos, y apenas puedo tomar un par de fotos.

Mi esperanza no flojea por este contratiempo, y sigo mirando a través del objetivo, a ver si aparece otra. Y he aquí que no aparecen ballenas, ¡sino delfines! Un par de delfines saltarines empiezan a jugar, es un placer ver a estos caracteres tan simpáticos, en su elemento, sin ir a buscarlos.

Un par de horas más tarde vemos más barcos en una zona de aguas más claras y tranquilas. Hemos llegado al arrecife. Por fin mi sueño se va a cumplir. Voy a ver a Nemo y compañeros bajo el agua. Corriendo me pongo el traje, el chaleco con la botella, las gafas, y lo más importante, la cámara de fotos. ¡Y al agua!

El agua está más fría de lo que esperaba, pero mucho mejor que en Sidney. El instructor me hace repetir una serie de ejercicios bajo el agua, como hacer que entre agua dentro de las gafas para después expulsarla soplando con la nariz, o quitarme el respirador, soltarlo, y volver a cogerlo sin mirar. Y ya satisfecho, empieza el recorrido guiado.

La primera impresión del arrecife es que no es tan colorido como lo sacan el las películas. Tal vez porque el cielo está un poco nublado, o tal vez porque no usamos luz artificial, el tono azul lo domina todo. La zona no está llena de corales por todas partes, y no hay peces de colores en todas las rocas, sino que hay que saber dónde mirar. Poco a poco el encanto submarino se empieza a mostrar, y encontramos almejas de casi medio metro, gusanos de más de un metro decorados con estrellitas, y pececillos escondiéndose entre el coral. El coral mismo tiene numerosas formas y colores: blanco, azul, rojo. Y protegido por los tentáculos de una anémona encontramos a Nemo, el pez payaso. Lo que más me gustó de todo fue los peces que estaban viviendo en una anémona púrpura, llamativa.

En este día hay planeadas cuatro inmersiones. Así, una hora después de salir de nuestro paseo submarino el barco se para en otra parte del mismo arrecife, y esta vez voy sin guía. Mi acompañante es Irene (que a pesar del nombre no es española ni parece tener relación con España no latinoamérica), que ha venido a este viaje para sacarse el título de submarinista avanzado. Y ya a punto de saltar al agua conozco a Marcos y Sonia, una pareja de Madrid que han venido a Australia sin saber inglés. ¡Qué coraje! Marcos, Sonia, si llegáis a leer esto poned un comentarito. Decidimos ir los cuatro juntos en esta nuestra primera inmersión sin guía.

Ya en el agua, al intentar sumergirnos, Marcos se da cuenta que se ha dejado los pesos y no se puede hundir. Tiene que volver al barco. No, si ya le parecía que iba ligero, nos cuenta. Irene y yo decidimos ir por nuestra cuenta, que ya podremos ir juntos en otra ocasión. Pero Irene también tiene problemas para sumergirse. Parece ser que no tiene bastante peso, y tengo que tirar de ella desde el fondo. Así llegamos a aguas más profundas, donde la presión hace que Irene no flote, y empezamos a disfrutar del paisaje. El plan es ir por la derecha, donde hay varias atracciones por ver, atravesar una especie de barranco sumergido y acabar en una zona donde hay tortugas marinas. Bueno, eso es el plan, pues bajo el agua y sin mapa ni brújula todo parece lo mismo. Seguimos una pared rocosa y pronto el camino se acaba. Damos vueltas bajo el agua pero ni rastro de ese barranco sumergido. Llegamos a aguas menos profundas, y entonces Irene tiene problemas para seguir bajo el agua, simplemente flota por la falta de peso. Tirando de ella la hago volver a aguas más profundas, pero cada vez es más difícil para que se quede bajo el agua, y pronto me dice que se le está a punto de acabar el aire. Y es que con el esfuerzo que estaba haciendo para mantenerse bajo el agua estaba respirando más de lo normal.

Salimos al aire, y descubro que habíamos estado siempre cerca del barco. Y de las tortugas, nada. Ya en el barco, Marcos y Sonia nos cuentan que ellos sí que han visto a una tortuga. No si al final tenía que haberlos esperado e ir todos juntos... la próxima vez iremos juntos.

lunes, febrero 19, 2007

Aventura submarina


Este fin de semana pasado ha sido la última ocasión del verano antes de que empiecen las clases en Macquarie University, y hemos aprovechado para visitar una de las joyas de la costa cerca de Sidney, Jervis Bay, la bahía de Jervis. Es un lugar muy popular pero con muy pocos sitios donde hospedarse. Solamente hay unos tres campings, y siempre están llenos. En años pasados hemos intentado pasar noche en la bahía, pero al final siempre teníamos que buscar sitio a casi una hora en coche del lugar. Pero esta vez, sí, reservamos sitio con dos meses de antelación.

Llegamos al lugar y, como esperábamos, todo estaba lleno. Incluso nuestro lugar estaba ocupado por unos oportunistas a los que tuvimos que decir que habíamos reservado el sitio. Pero esto fue nuestro único incidente. La bahía es un paraíso marino. Las playas, tranquilas, con pocas olas, aguas cristalinas, y una fauna marina que solamente puede envidiar a la gran barrera de coral en el norte de Australia. Nos pasamos dos días de playa en playa, gafas de buzo puestas, disfrutando como niños del paisaje submarino. El agua, fría pero soportable con nuestros trajes de neopreno, invitaba al sentido de la vista.

Todo fue estupendamente hasta que descubrimos que algunos peces son más bien grandecitos. En uno de nuestros paseos por entre pececitos se nos apareció una raya enorme, que se cruzó por delante. Estos peces no son agresivos, pero teniendo en cuenta que uno de estos bichos acabó con la vida de Steve Irwin, el Félix Rodríguez de Australia, no sé, la verdad es que daban bastante respeto. Y más que eso. Nos faltaron piernas y brazos para salir del agua.

Pero no pude evitar hacer una foto a nuestro monstruo con mi cámara acuática de usar y tirar. Esta foto y otras de la zona aparecen en mi página de flickr con la etiqueta "jervisbay".