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jueves, febrero 28, 2008

Lo mejor y lo peor de la natación a mar abierto

Los dos domingos pasados tuve experiencias muy distintas de las carreras de natación a mar abierto.

La primera carrera fue en Dee why, una de mis playas favoritas para jugar con las olas en bodyboarding. Y olas habían en cantidad durante la carrera. Grandes, hacían difícil la carrera, pues esta vez el recorrido seguía la línea de la playa y las olas venían de lado. Otra particularidad de esta carrera fue que los grupos de salida los hicieron según el tiempo estimado de los nadadores. Nos preguntaron a cada uno cual era nuestro tiempo, y al final me pusieron en el grupo de los lentos, el último. Y claro, como todos éramos lentos no nos adelantábamos unos a otros y así fuimos, en pelotón durante casi toda la carrera. Y a mí que me gusta nadar sin que haya demasiada gente alrededor, tuve que soportar los manotazos del nadador de al lado y las patadas del de enfrente. Al final decidí salir del pelotón, y me encaré mar adentro, donde no había gente. Al final pude disfrutar de la natación, y aquí las olas eran más manejables. Aun a sabiendas de que estaba perdiendo tiempo, me encantó esta parte del trayecto. Hasta que el salvavidas me indicó que empezara a nadar hacia la playa, que ya estaba cerca de la meta. Entonces llegó lo peor.

Ya me dí cuenta de que había problemas con las medusas, pues en una ocasión, en mitad de la carrera, casi atropello a una lancha fueraborda que estaba ayudando a un nadador. Entonces fue cuando oí la palabra "bluebottle", la medusa azul, pequeña pero matona, el terror de estas aguas. Y así fui, nadando con cierto temor, esperando que no me toque ninguno de esos tentáculos azules. Ya cerca de la meta empezé a respirar tranquilo, no me había encontrado con ninguna medusa. Pero fue nada más entrar en la rompiente, cuando estaba intentando tomar una de las olas que me llevara hasta la orilla, cuando sentí esa sensación de calambrazo terrible, primero en un brazo, y luego en las piernas. Seguí nadando, esperando que la medusa, que estaba en mi pierna, se fuera, pero las olas rompiendo alrededor complicaban la cosa, y la medusa se estaba enredando más y más en una pierna. El dolor es imposible de describir. Con una mano intenté apartarla, pero con cada movimiento me parecía que la medusa se enredaba más y más. Y es que las bluebottle, las botellas azules, tienen unos tentáculos larguísimos.

Al final desistí de la batalla, y saqué los brazos al aire, dando la señal al salvavidas más cercano. El salvavidas parecía ocupado en otras cosas, pero al final me vio, y se me acercó con su tabla de surf, tomando las olas de una forma maestra. Nada más llegar, en un segundo, con un movimiento maestro de su mano, me quitó la medusa y me animó a que siguiera nadando, que la meta estaba a menos de cien metros.

Y así fui, dolorido, y mal colocado en la playa, pues las olas me habían llevado a la zona de resaca. Yo que esperaba tomar una ola que me llevara a la playa, ahora me encontraba nadando a brazo partido en contra de la corriente, con dolores terribles en un brazo y las piernas.

Al final llego a la orilla, casi no siento las piernas del dolor. Uno de los salvavidas me ve y me dice que me tome una ducha caliente. Me tomé una, dos duchas, pero el agua estaba más bien templada, y el dolor seguía.

Después de las duchas, ya cambiado de ropa y fuera de los vestuarios, no pude resistir más. Me tumbé en el césped y empezé a sentirme cada vez más débil. Alguien me ofrece hielo para reducir el dolor, otro me ofrece una toalla. Ya no siento las piernas ni los brazos, los labios empiezan a agarrotarse también. Alguien me pregunta mi nombre. "'i'e'o", digo apenas articulando, los labios no me obedecen. "David?", me pregunta, "'o", niego, "'i'e'o". "Ah, Diego?" Me sorprende que me entendiera, pues mi nombre no es inglés. Llegan otros, me ofrecen oxígeno. Todo empieza a parecer más turbio alrededor. Los brazos, piernas, labios, parecen de piedra. El dolor de la picadura ha cambiado al dolor del agarrotamiento mismo de mis extremidades, labios y cuello...

Una hora más tarde empiezo a relajarme. El salvavidas me dijo al principio que mi reacción no era alergia a la medusa (si fuera ya estaría en el hospital), sino una reacción de mi cuerpo al dolor mismo. Me recomendaba que me relajara, sí, fácil de decir. Pero al final empiezo a respirar más profundamente, y poco a poco los agarrotamientos se van. Vuelve el dolor de la picadura de la medusa, pero por lo menos puedo moverme.

Parece ser que yo fui una de las atracciones, pues cuando fui a comer a un restaurante cercano, el camarero se me acerca y me pregunta si era yo al que le habían picado las medusas. Dije que sí, con la vana esperanza que me invitara a un postre o algo, pero nada.

Días más tarde me enteré que en la carrera casi todos los nadadores sufrieron picaduras, y a más de uno lo llevaron al hospital. Con lo que yo no me puedo quejar, y parece ser que me grabaron las cámaras de televisión, pero no dijeron qué programa era.

Aun así, este domingo pasado hacían la carrera que esperaba más, la carrera en Manly. No me la podía perder, hayan o no hayan medusas. Y así me apunté a la carrera, con un poco de aprensión, sí, pero me apunté.

Y qué bien que hice. El cielo azul, el mar transparente, las olas muy educadas, perfectas, ayudaban más que entorpecían la natación. El recorrido fue por una de las zonas más atractivas de Sidney, con gran cantidad de vida marina (la mayoría aprendices de buzos, y algún que otro banco de peces). Y lo mejor de todo, ni una sola medusa. Conseguí mi objetivo de nadar en menos de 45 minutos, y no había demasiada gente nadando a mi lado. Fue la mejor carrera de esta temporada, tan distinta de la de la otra semana.

sábado, diciembre 08, 2007

Como Cristo por su lago

El gran día llegó. El pasado domingo fue la carrera de natación entre Bondi y Bronte, dos de las playas más carismáticas de Sidney. El año pasado la carrera fue toda una aventura, era mi primera carrera de natación a mar abierto, y ese año la carrera fue más dura de lo normal. Tuve que soportar olas de varios metros de altura y alguna que otra medusa.

Esta vez el día era perfecto. Buen tiempo, pocas olas, y gran cantidad de participantes. Y la natación en sí fue como un paseo, como Cristo paseándose por su lago. No cometí el error de tratar de ir demasiado rápido al principio, como la semana pasada, y así conseguí quedarme entre el grupo de los gorros verdes, mi grupo. Disfruté de la natación, disfruté de los torpedos, gente de grupos que salían después del mío que nadaban como si fueran peces. A mitad de camino incluso me paré para ofrecer hacer una foto a uno de los nadadores que estaba haciendo fotos desde el mar. Me di cuenta demasiado tarde que este nadador no estaba participando, sino que era uno de los organizadores... con lo que seguí nadando.

Sin darme cuenta, de repente una ola rompió detrás de mí y pasó por encima. ¡Estoy en Bronte! ¡Y yo sin enterarme! Salí del agua a la arena, y aun tenía energía para correr hasta la meta y adelantar a unos cuantos rezagados. Y no paré, tras pasar la meta fui directo al agua otra vez, a disfrutar de las olas, que esta playa tenía más olas que Bondi.

Esta carrera-paseo fue como estas carreras deben de ser, un placer y una excusa para nadar un par de kilómetros en el mar. ¿Y cuánto tardé? Fueron 45 minutos, mucho menos que la hora y cuarto del año pasado... y es que el mar, cuando ayuda, es una delicia.

lunes, noviembre 26, 2007

Se abre la temporada de natación


Ayer fue mi primera carrera de "oceanswim" de la temporada. Desde que hice la carrera de Bondi a Bronte que he estado disfrutando de la oportunidad de nadar en mar abierto, y seguro de que si me pasa algo alguien me rescatará, pues estas carreras atraen cientos, y a veces miles, de nadadores.

Esta vez mi objetivo era no llegar en la cola de los últimos, y me he pasado Octubre y Noviembre practicando en la piscina, haciendo dos kilómetros seguidos en cada sesión. A ver si esta vez...

El recorrido, en la playa de Coogee, rodea una isla y atraviesa una zona popular con los submarinistas. El tiempo, precioso, un adelanto del verano que nos llega. El mar, tranquilo, casi sin olas, invita. Dicen que no hay medusas ni tiburones (hasta han usado un helicóptero para asegurarse), y la temperatura del agua, un poco fresquita, no es demasiado baja. Vamos, que ideal para nadar.

Empieza la carrera, y parto con mi grupo, el de los gorros verdes. Mi objetivo es no quedarme atrás y llegar al mismo tiempo que la mayoría. Así que, uso un ritmo más bien fuerte, y consigo no quedarme atrás... pero por cierto misterio el grupo va hacia la derecha, cuando las boyas están al frente... ¿Qué pasa? ¿por qué? Decido ignorar al grupo, y seguir adelante, hacia la primera boya. Llego a la boya al mismo tiempo que el grupo, todo va bien. Y otra vez, el grupo se desvía a la derecha... ¿o será que soy yo que no voy en línea recta? Con eso de que no hay rayas en el fondo que me guíen como en la piscina... Y así ocurre, con cada boya, que o bien es el grupo el que se desvía a la derecha, o soy yo el que se desvía a la izquierda.

La isla está más cerca, no tengo claro de dónde está el grupo, pero pronto los primeros del grupo de los gorros azules empiezan a adelantarme. Supongo que los gorros azules partieron cinco minutos después que mi grupo, y me adelantan como si fueran torpedos.

Rodeo la isla, y el mar empieza a estar más movido. Estamos en mar abierto. En el fondo se ven las rocas, y bancos de peces, completamente desinteresados de la carrera que está pasando por encima de ellos. Quisiera parar a contemplar la isla, las rocas y los peces, pero estoy en la carrera, y mi objetivo es seguir en el grupo de los gorros verdes... pero a mi alrededor son todos azules!

En el camino de vuelta los brazos empiezan a quejarse, y las olas, un poco más fuertes por este lado, no me dejan tomar el ritmo de natación. Pero no, sé que si paro a descansar luego es más difícil retomar la carrera, con lo que sigo nadando. Empiezan a adelantarme torpedos con gorros blancos, es decir, los de dos grupos detrás del mío. Saco la cabeza para ver adónde estoy, ¡madre mía, qué lejos que está la playa! Nada, sigo nadando, que al final llegaré.

Pronto el mar se calma, debo de estar en la zona de la bahía. Alrededor veo gorros azules y blancos, pero ni rastro de los gorros verdes. Nada, que mi objetivo no se va a cumplir. Veo delante un gorro naranja. ¡Es un rezagado del grupo que salió cinco minutos antes que el mío! Esto me dá ánimos, se recuperan mis fuerzas, y mi objetivo cambia. Tengo que llegar antes que este gorro naranja. Pero por motivos extraños el gorro naranja se desvía a la derecha, se ve que este nadador, o más bien nadadora, está completamente confundida. Con lo que la dejo, yo sigo recto, ya llegaré por mis propios medios.

Al fin, llego a la playa, y los últimos metros, corriendo por la arena, se hacen interminables... ¡pero lo conseguí! La carrera ha terminado para mí. Son dos kilómetros 400 metros, o eso dicen, y mi tiempo son 55 minutos. No está mal, y ahora que estoy fuera, recuperándome, veo que quedan algunos gorros verdes todavía en el agua. Bueno, por lo menos no soy el último.

La foto es de la trayectoria del año pasado, de la página web de la carrera, supongo que es la misma trayectoria que este año, a no ser que hayan puesto las boyas en otros puntos...

La carrera, cansadísima, realmente ha sido un entrenamiento para la carrera que pienso hacer la semana que viene... ¡la que va de Bondi a Bronte! Tengo que hacerla en menos de 55 minutos... ¿lo conseguiré?

viernes, febrero 09, 2007

Nadando entre tiburones

Pues sí, me acabo de enterar que en la carrera de este fin de semana pasado vieron un tiburón de más de un metro de largo. Y yo tan contento nadando por encima de él...

El lugar donde encontraron el tiburón era precisamente el que iba a decir a Mineko que fuéramos a bucear. Según dicen en ese lugar suelen haber tiburones. Ahora me lo pensaré dos veces antes de ir allí.

Si queréis ver fotos, no del tiburón sino de la gente que participó, echad un vistazo al reportaje de la carrera. Algunas de las fotos son preciosas y otras son muy divertidas.

domingo, febrero 04, 2007

El peligro del mar

Acabo de descubrir el peligro más grande del mar. No son las medusas, no son los tiburones, no es la hipotermia por nadar en aguas frías. No. Lo realmente peligroso es el hechizo del mar. Una vez te coge, no te suelta.

Hoy he hecho mi tercera carrera marina. Esta vez en Manly, la otra playa icónica de Sidney. Esta vez el agua estaba calentita, no habían olas, he podido nadar sin interrupciones, y una parte de la carrera era sobre una reserva marina, donde he podido vislumbrar cantidad de peces y algún que otro buzo. En otras palabras, esta vez ha sido un placer. Y lo mejor, no he sido el último de mi grupo. Bueno, he sido el penúltimo de un grupo de más de doscientas personas, pero por lo menos nado más rápido que alguien.

El mar me ha hechizado, hay una carrera cada fin de semana, y no puedo esperar al que viene. La semana se me ha convertido en un día de nadar y seis días de esperar.

martes, enero 23, 2007

Travesía helada

La carrera de natación marina que hice desde Bondi hasta Bronte fue todo un acontecimiento para mí, y me quedé con ganas de más. Pero no es necesario esperar un año para repetir el acontecimiento, esta carrera no es la única de este tipo. Esta actividad tan especial tiene sus adeptos y su organización, llamada oceanswims, con su página de web. Prácticamente cada fin de semana hay una carrera en una playa, y la semana pasada participé en otra. Esta vez el recorrido era desde la playa de Warriewood hasta la de Mona Vale, dos playas desconocidas para los que no sean de Sidney, pero con su encanto, como con tantas playas de Sidney.

Esta vez el recorrido era más corto, 1.6 kilómetros en el mapa, pero en realidad, como he descubierto hoy, era de más de 2 kilómetros. No había nadado prácticamente desde la carrera de Bondi a Bronte, pero aún así me decidí. El día anterior, sábado, fui a la playa donde empezaría la carrera, a "reconocer el terreno". El mar estaba bastante picado, con olas furiosas que apenas me dejaban nadar, y el agua estaba helada. "No sé, me suena que el agua estaba más caliente en la carrera de Bondi, no puede ser", pensé. "Me parece que me he hecho más perezoso". Con lo que, para combatir la pereza, decidí intentarlo.

El domingo amaneció caluroso. Llegué a la playa a las 9 de la mañana, y la temperatura ya rondaba los 30 grados. El mar estaba más en calma que el sábado, con lo que las olas no presentarán problemas. Fui a probar el agua, ¡helada! Qué impresión, casi se me congelan los pies. Y no era yo el único que pensaba así, los demás nadadores se quedaban helados al tocar el agua. Entré en el agua varias veces para aclimatarme. Por lo menos llevaba mi camiseta de protección, que si bien no calienta, por lo menos aprieta un poquillo y parece que ayuda...

Empieza la carrera, y al agua que voy entre la muchedumbre. Esta vez estoy decidido a hacer mejor tiempo, y el agua, tan fría, me hace nadar más deprisa. Pero si pensaba que el agua estaba fría en la orilla, eso no era nada comparado con la zona profunda. Allí los brazos y piernas pierden el sentido, y se hace difícil controlar el ritmo.

Pasa la primera bolla, quedan cuatro más. Las olas, si bien no tan grandes como en Bondi, eran lo bastante como dificultar la vista del recorrido, y las boyas se hacían difíciles de ver. No veo la siguiente boya, pero hay gente nadando alrededor con lo que los sigo. Intento pegarme a la estela de un nadador, pero es más rápido. Lo intento con otros, pero son más rápidos también. Sigo nadando, en el agua, fría, con las olas que siguen dificultando el recorrido.

Al final diviso una boya al frente. ¡Por fín! Pero también veo otra boya, un poco más atrás, a mi derecha. Estoy confundido, se supone que debemos pasar a la derecha de las boyas, con lo que esa boya que he dejado, sin verla, la he pasado por el otro lado. O eso me parece, no lo tengo claro, no puedo pensar, el frío me lo impide. No sé si volver atrás, pero esa boya que he pasado sin verla está más bien lejos ya, y hay gente a mi alrededor nadando. O bien he pasado la boya correctamente, o todos los otros han tenido el mismo problema. Con lo que al final me decido por seguir.

Paso la tercera boya, y la cuarta. Llego a la quinta boya, creo, que ya he perdido la cuenta y aún no tengo claro si la boya extraña que he pasado por el lado equivocado era una de las de la carrera. Le pregunto la dirección al de salvamento que está al lado de la boya, y me dice que vaya a la playa. sigo confundido, no sé si dice que vaya a la playa porque estoy descalificado, y no veo ningún nadador alrededor. Estoy solo. En la playa se ve multidud de gente, debe de ser la meta, con lo que nado hacia la playa. Pronto llego a la zona donde rompen las olas, intento tomar una pero estoy tan cansado que la ola pasa por encima como si yo fuera una piedra. Al final llego a la arena, y aún me quedan fuerzas para correr... ¡a la meta!

Mi tiempo final es de 53 minutos, no está mal teniendo en cuenta que esta vez no he entrenado apenas. Tiritando de frío busco mi ropa, que me cuesta de encontrar, y me arropo. Hace más de 30 grados y allí que estoy, tiritando de frío.

Hoy he visto el reporte "oficial" en la página de web. La temperatura del agua era de ¡16 grados! y en la última boya bajaba a los 15. Con razón tenía frío.

No me explico cómo puede el agua estar tan fría, ahora que estamos a mitad del verano. Pero bueno, como dice la página de web, por lo menos no había medusas, que no aparecen en aguas frías. Por cierto, creo que aparezco en una de las fotos del reporte "oficial", ¡a ver si me encontráis! (mi camiseta es azul marino).

miércoles, diciembre 06, 2006

En el mar



La carrera ha empezado. Me pongo las gafas de nadar y corro al agua entre la gente de mi grupo, los gorros morados. Enfrente están las olas amenazadoras, cuesta incluso entrar en el agua sin que las olas te expulsen fuera. Pero usando las técnicas que aprendí en los entrenamientos, me echo al agua y me agarro a la arena del fondo cuando llega una ola con fuerza. Así, poco a poco, entro más adentro. El agua está caliente y vibrante, con vida propia.

Durante los primeros metros, más que nadar lo que hago es evitar que las olas me arrastren. La gente a mi alrededor tiene sus problemas para avanzar. Yo sigo con mi empeño, mar adentro, donde las olas son cada vez más grandes.

La primera boya está enfrente, moviéndose al compás de las olas que furiosamente rompen contra ella. Tras mucho esfuerzo consigo llegar a la boya, y un poco más allá las olas ya no rompen. Estoy en aguas profundas, ya no hay peligro de que una ola me arrastre de nuevo a la playa, ahora toca el turno de nadar rítmicamente y controlando la respiración.

Bueno, eso de controlar la respiración es un decir. Las olas no me dejan coger el ritmo, y peor aún, no me dejan ver dónde está la segunda boya. Pero puedo ver a otros nadadores y me decido a seguirlos. Si me pierdo, nos perdemos todos juntos.

Por fin las olas se convierten en una especie de mecedora, y puedo nadar controlando la respiración, rítmicamente, mar adentro, en busca de la segunda boya. Nado lento, y pronto el grueso de mi grupo se pone por delante. Estoy solo, en el mar. Pero no tengo miedo. Quizás porque sé que, aunque no los vea, los de salvamento están cerca, vigilantes. Quizás porque el mar está tan turbio que no veo ningún ser vivo debajo de mí. Me consuela pensar que los tiburones no se acercan a la costa en días fríos como este, o por lo menos eso me gusta creer.

Por fin aparece la segunda boya. Me da la impresión que nado más rápido que en los entrenamientos, porque en unos instantes la boya se queda atrás, mecida por las olas. Sigo nadando, hacia adelante, intentando tomar la estela de los que me adelantan. Pero sin suerte, ¡nado demasiado lento!

Pronto llega la avanzadilla del grupo siguiente, el de los gorros verdes. Los primeros nadan como torpedos, es asombroso lo rápido que llegan a nadar. Yo, a mi paso, que tarde o temprano llegaré.

Mi primera alegría llega cuando descubro gente del grupo anterior al mío, y los adelanto. ¡Si hasta nado más rápido que alguien!

Las olas se hacen más grandes, me estoy acercando a la punta del mirador. Más que un mar esto parece una montaña rusa. Las olas tan grandes me impiden ver la siguiente boya. No veo incluso la gente a mi alrededor. No hay salvavidas, nadie. Y el ejercicio empieza a cansar. No sé si habré llegado al primer kilómetro, pero el esfuerzo de nadar contra las olas se empieza a notar. Estoy desorientado, perdido, cansado.

De repente, ¡zas! siento como si un alambre al rojo vivo me golpea un brazo, después una pierna. ¡Una medusa! Por el dolor de la picadura debe de ser una "blue bottle", una botella azul. Es una medusa pequeña pero con tentáculos de varios metros. La picadura es muy dolorosa, y es la razón principal por la que llevo puesta la camiseta. Doy gracias a la camiseta, pues la medusa solamente me ha tocado el brazo y la pierna, pero ¡cómo escuece! No tengo claro si la medusa se me ha enganchado, si es así no habrá manera de quitármela sin tocarla, y mi carrera termina aquí, antes de llegar a la mitad del recorrido. Me miro los brazos y piernas y no veo nada. El dolor persiste, pero parece ser que la medusa se ha ido.

Intento seguir nadando siguiendo el ritmo, pero la interrupción que ocasionan las olas y el escozor de brazo y pierna me lo ponen difícil. Y encima sigo sin saber dónde está la siguiente boya. Y ahora, ¿qué hago?

Me adelanta un gorro verde, y otro, y otro. Y por fín veo la boya a lo lejos, entre las olas. Ahora sé por dónde ir. Me siguen adelantando gorros verdes, la parte principal del grupo está a punto de adelantarme. Y esto me da más ganas de seguir. Yo que creía estar solo, de repente estoy en medio de multitud de gente. Hay tanta gente que algunos me arrollan con su empuje, y cuando llego a la boya, más que un mar esto parece la piscina de Dee Why. Menuda carrera de obstáculos. Resulta que esta es la boya principal, la que marca el final del cabo donde está el mirador. Ahora hay que girar a la derecha, y todos los nadadores toman la boya como referencia. Cómo la veían, no lo sé, pero todos coinciden aquí y luego giran a la derecha. Yo hago lo mismo.

Ahora todo ha cambiado. Las olas dan de lado y no de frente. El empuje me hace ir hacia el acantilado, y de vez en cuando tengo que corregir mi trayectoria para no desviarme. Pero por lo menos se ven las otras boyas, y a lo lejos se ve la playa de Bronte, el destino.

Sigo nadando, más cansado, y con más dificultad por las olas. Como dan de lado, no me dejan tomar aire como quisiera. El mar sigue turbio, no se ve nada. Esta es la zona en la que esperaba ver la fauna marina, pero aquí no se ve nada.

El cansancio causado por las olas empieza a hacerme difícil avanzar, pero ahora estoy a mitad de camino. No hay vuelta atrás, hay que seguir. Pero ¿cómo? La respuesta me viene por delante, cuando adelanto a alguien que va más lento que yo porque nada a braza. Si él lo hace, ¿por qué no yo? Cambio a braza, y esto me da fuerzas. Nadar a braza es mucho más relajado, aunque se vaya lento. Pero a mí me parece que estaba tan cansado que nadando a braza iba más rápido.

Y así sigo, cambiando de estilos. ¡Incluso veo a alguien que nada de espaldas! Pero nadar de espaldas no se me da bien a mí, y además no se ve el camino. Mejor sigo a braza. Y entonces es cuando empiezo a disfrutar de la natación. En medio del mar, mecido por las olas, nadando a braza o al estilo normal, sigo adelante. Estoy cansado, pero puedo seguir. Paso otra boya, y otra, y otra.

La playa de Bronte se marca delante de mí cada vez más clara. Y por fin veo la última boya delante de mí. Esto me da ánimo, nado más fuerte, con empeño, alternando entre la braza y el estilo normal. Aparecen más y más salvavidas, llego a la parte final. En la boya me dicen que tengo que girar y nadar directamente hacia la playa, o eso creo oír. La playa parece estar a unos doscientos metros, eso no es nada, y las olas ¡por fín! me empiezan a ayudar. Pero ¡ay! las olas en Bronte son más grandes que en Bondi, y rompen hacia un lado donde hay rocas. No puedo simplemente dejarme llevar, tengo que corregir mi recorrido, seguir nadando.

Llega una ola gigante por detrás, la intento tomar pero me faltan fuerzas para acelerar. Total, que la ola me toma a mí, me revuelca, me hace girar en todas las direcciones, hasta que al final se cansa y me deja sacar la cabeza al aire. Medio atolondrado sigo avanzando, hasta al final tomar tierra. ¡Ya estoy casi! Pero la corriente es tan fuerte que aun me cuesta acabar los últimos metros.

Por fin llego a la playa, y me doy cuenta que he perdido el gorro en los últimos metros. Uno de los voluntarios se me acerca y me da un gorro azul. "Aquí está tu gorro", me dice. "¡Pero si mi gorro era morado!" respondo. Pero no me oye, se va y me deja en la playa, con un gorro que no es mío.

Ah, pero aún no he llegado a la meta. Me quedan unos veinte metros hasta llegar al final. Camino hacia la meta, y oigo aplausos y voces de ánimo. Y para no defraudarlos, en contra de todos mis deseos, empiezo a correr hasta llegar al final.

¡Por fín! He cumplido mi objetivo. La odisea ha terminado. Y la verdad es que he disfrutado. He nadado más de dos kilómetros en un mar embravecido, he sufrido la picadura de una medusa, ¡pero aún así lo he hecho en menos tiempo de lo que pensaba!

Al final, he tardado 1 hora, 19 minutos, 50 segundos, y mi puesto es el 796 de un total de 831. Bueno, no he sido el último, y ahora tengo una marca a batir el año que viene.

Acabo de leer el reporte de la carrera, parece ser que la recta final fue muy emocionante y el ganador se aprovechó de una ola para adelantar al que iba primero. Tardó media hora en hacer el recorrido. ¡Qué diferencia!

Bueno, ahora me toca dormir y descansar, buenas noches