domingo, julio 08, 2007

Santorini


Escribo desde el barco que nos lleva de Santorini de vuelta a Atenas. El barco en sí no tiene nada que ver con los cruceros lujosos que surcan estas aguas. Es un barco rápido, donde no hay espacios abiertos por motivos de seguridad. El exterior solamente se puede ver, o más bien atisbar, a través de unas ventanas empañadas. Vamos, que no me queda otra cosa que escribir y trabajar. Y como tengo asuntos retrasados, a ver si hago algo.

Resumo los acontecimientos desde donde los dejé. Nos levantamos a las 3 y media de la mañana el viernes pasado, y a las 4 y media conseguimos estar listos para tomar un taxi. El aeropuerto, un aeropuerto remodelado en las últimas olimpiadas de Atenas, estaba lleno de gente y las colas para facturar eran larguísimas. Y son las 4 y cuarto de la mañana! Conseguimos facturar y llegar al avión justo a tiempo. El viaje a Santorini acababa de empezar.

El avión llega a la isla puntual. El viaje fue de poco más de media hora, con lo que no tuvimos tiempo de hacer poco más que dar una cabezada. Cansados y con sueño, llega el momento de ver cómo llegar a nuestro alojamiento. No tenemos ni idea de qué tipo de alojamiento es, ni la dirección exacta. Barajeamos la posibilidad de tomar un taxi, pero al final nos decidimos por alquilar un coche para así tener más libertad en la isla. Miramos las tres agencias de coche que están abiertas, y nos decidimos por Hertz por tener el coche más barato, un seat Ibiza por 60 euros por día, por tres días. Bastante carillo, pero nos decidimos por ello.

El agente nos informa que lo que yo creía era el nombre del dueño era el nombre de un hotel, hotel Drossos, en Perissa. Nos da unas instrucciones para llegar a Perisa, y allá que vamos. Son sobre las 8 de la mañana, y yo sin apenas haber dormido la noche pasada. Intentando mantener la atención circulo por carreteras estrechas, empinadas y llenas de curvas. Pasamos por pueblecitos con edificios blancos y azules, como los colores de la bandera de Grecia. Llegamos a Perisa, pero no encuentro mi hotel. El agente me parece que dijo que mirara a la izquierda, pero no veo nada. Tras varios intentos y tras preguntar a varias personas descubro que el hotel no está a la izquierda sino a la derecha. Es un hotel pequeñito, blanco por la cal, ambientado en un estilo fresco y agradable, y con piscina. Las atendientes son muy atentas, y nos dejan usar la habitación aunque sean apenas las 9 de la mañana. Por fin podemos descansar.

Pero antes de descansar descubro que el hotel ofrece coches de alguiler a menos de mitad de precio del que hemos cogido. Esto me llena de mal humor, y tras llamar a Hertz cambio el alquiler a solamente un día, los otros dos días serán con el coche del hotel. Una vez arreglado el asunto, a dormir. Dormimos de 10 a 2, y tras un cambio de habitación (la que nos habían dado tenían un problema con las hormigas) y comer en un restaurante cercano (qué ensalada griega más deliciosa y fresca!) dormimos otra vez hasta las 5. Mucho dormir, pero el sueño no es reparador.

Aun así tenemos que levantarnos para hacer algo en la isla. Lo primero, cambiar de coche. Llegamos a Hertz, en el aeropuerto, y descubrimos que podemos dejar el coche pero no hay autobús ni taxi que nos lleve de vuelta, pues no hay vuelos que lleguen a esa hora. Por fortuna, tras esperar un poco llega un taxi que deja a un grupo de viajeros, y lo tomamos para llegar a Perissa. En total, el coche y el taxi combinados han costado una pequeña fortuna, y aún no hemos visto nada de la isla aparte de una carretera que hemos recorrido tres veces. Ahora ya sabemos que hay agencias de alquiler de coches casi en cada esquina de la isla, y aparte hay recorridos turísticos en autobús y barco que duran todo el día, con lo que el coche no es tan necesario.

Pero bueno, tenemos el coche, un Hiundai si me acuerdo bien (que yo no miro estas cosas), y a esa hora, más de las siete, lo que podemos hacer es ir a ver la puesta del sol desde Oia, un lugar que sale en las estampas de la isla precisamente por sus puestas de sol. Llegamos a Oia más tarde de las 8, el sol está a punto de esconderse, y apenas llegamos el sol se esconde detrás de las islas cercanas. La puesta de sol en sí no estuvo mal, pero tampoco es gran cosa... hasta que empezamos a pasear por el pueblo a la luz del ocaso. Las casas, blancas con cúpulas azules, se combinan con los colores cambiantes del cielo creando escenas preciosas. Un lugar idílico. Pero tentador, las tiendas se especializan en joyas de diseño inspirado en las joyas griegas clásicas y bizantinas, y Mineko se dedica a ver las tiendas, mientras yo intento sacar el máximo de la luz disponible para hacer mis últimas fotos.

Llegamos al hotel a las once, y Mineko se va directa a la cama. Yo prefiero cenar algo antes, y voy a otro restaurante cercano donde la comida está así así. Agotado con tanto ajetreo, me echo en la cama y me duermo en unos pocos segundos.

Al día siguiente, sábado, desayunamos en el hotel, donde lo mejor es, por supuesto, el yogur con miel, pero también tienen sus cereales, salchichas, huevos, quesos y otras cosas. Hay casi tanta variedad como en el hotel de Atenas. Aquí tengo que decir algo de la geografia de esta isla. La isla forma parte de un grupo de 4 o 5 islas, que juntas forman parte de un viejo volcán. Este volcán hizo una explosión tremenda hacia 1600 BC, y destruyó la ciudad de la que encontramos restos en el museo de Atenas. La explosión destrozó el volcán en sí y lo que era una isla se convirtió en este grupo de islas. Las islas están agrupadas en forma de círculo, y la parte interna del círculo, que corresponde al cráter antiguo, tiene unos acantilados impresionantes donde casitas blancas cuelgan como pretendiendo ser nidos de aves (o cagalutas de gaviotas, según de qué distancia las mires). Algo parecido a las casas colgantes de Cuenca, pero en una escala más grande y dando al mar.

Hay viajes turísticos en barco que recorren las islas, una de las cuales es la parte del volcán en activo, que estas décadas ha estado muy tranquilo pero que puede despertar de repente y hacer otra catástrofe. Decidimos tomar uno de estos viajes, pero en vez de salir desde la agencia de viaje tomamos el coche y fuimos al puerto mismo, a ver si encontramos alguna oferta especial. Pronto descubrimos nuestra segunda equivocación (la primera fue el alquilar el coche en el aeropuerto), pues el puerto no tiene espacio para aparcar, y la carretera que lleva al puerto es muy empinada y resulta imposible aparcar en ella. El lugar es caótico, con gente intentando aparcar y policías mandando a los coches fuera del puerto. Hay gente que decide aparcar en lugares prohibidos en la carretera, creando caos y congestión de tráfico. Nosotros conseguimos aparcar en la ladera del acantilado, y tras comprar los billetes de uno de los viajes descubrimos que el lugar donde aparcamos está prohibido. Al final no tuvimos otra opción que devolver los billetes y salir de aquel bullicio sin poder nacer nuestro viaje. Lo intentaremos otra vez mañana.

Decidimos ir a Akrotiri, el poblado con las ruinas destruídas por el volcán, y descubrimos que el lugar arqueológico está cerrado por renovaciones. Nada, que no tenemos suerte. Vamos a una playa cercana, conocida por la roca roja que la rodea, pero nada especial. Al final se nos hizo la hora de comer, y paramos en una taverna de Akrotiri. El camarero es el dueño, una persona amistosa pero con poco conocimiento del inglés. A Mineko le apetece comer pescado, y el dueño, incapaz de describir qué pescados tiene, al final nos lleva a la despensa y le pregunta a Mineko que elija el suyo. Los pescados, todos fresquísimos y con buena pinta. Mineko elije el suyo, y yo me decidí por uno de los platos que comí en mi viaje anterior, musaka. Mi musaka no sabe tan buena como la que guarda mi memoria, pero el pescado de Mineko es excelente.

Después de Akrotiri conducimos a través de un paisaje pintoresco con casitas blancas de cúpulas azules, hasta llegar a nuestro segundo lugar histórico, la capital antigua, con restos de varias épocas griegas antiguas. Pero otra vez la mala suerte nos acompaña, y es que, encima de que el horario es hasta las 2 y media (y ya es más tarde), están en huelga. Bueno, por lo menos no hemos sacrificado esfuerzo para llegar antes de las 2 y media y dedscubrir que estaba cerrado.

Al final acabamos en la puesta de sol de Oia, la segunda puesta de sol, también impresionante, pero no tanto por el sol en sí, sino por la multitud de gente que se junta y se apresura a fotografiar el sol usando flash, como si su flash fuera más potente que la luz del astro rey. Y nada más ponerse el sol, las calles se vacían de gente que se va a cenar o a comprar joyas. Ahora las calles son todas para mí, con su luz mágica del ocaso y su juego con las casas blancas de cúpulas azules.

Llega la noche, y el viento empieza a arreciar. Duermo apenas, preocupado por el estado del mar. Tal vez el viaje de vuelta a Atenas se cancele, y nos quedamos atrapados en la isla.

Hoy es domingo, último día en la isla, y por fín hemos podido tomar el viaje por las islas del volcán. El volcán en sí es impresionante por sus rocas negras, restos de erupciones antiguas, pero no lo es tanto como otros volcanes que hemos visto en el Japón. No tiene fumarolas, y solamente nos llega unas trazas del olor de azufre. Pero al lado de la isla del volcán está la isla de las aguas termales, un lugar donde el agua del mar está calentada con el calor de la tierra, y toma un color marrón especial. El "problema" es que el barco no puede atracar en tierra firme y tenemos que saltar desde el barco para disfrutar de las aguas, mezcla de aguas templadas y calientes. Toda una impresión para la piel.

El barco vuelve a puerto, a través de un mar que empieza a estar más picado a consecuencia del viento. Mi preocupación aumenta. Pero estoy un poco tranquilo. Si este barquito ha partido (eso sí, haciendo que muchos de los turistas se duchen con el agua del mar), el barco que nos lleve a Atenas, mucho más grande, no tendrá más problemas, no?

Y el viaje se nos acaba. Apenas nos queda tiempo para volver a Oia a comprar unas joyas (que al final Mineko ha caído en la tentación), y dejar el coche para tomar un taxi que nos lleve al puerto, ese puerto tan caótico, donde descubrimos que la comida de los restaurantes (o al menos del restaurante donde fuimos) es carísima y malísima. Un consejo, si vienes a Santorini en barco, no te pares a comer en el puerto.

Llega el barco, un barco no demasiado grande pero lo bastante como para que las olas no le presenten problemas, y partimos en él, rumbo a Atenas. Adiós, Santorini, la isla con casas en forma de joya y joyas en sus casas, la isla con su ocaso mágico. Estoy en el barco, han pasado apenas hora y media, y el barco navega un poco movido por las olas, pero seguro de llegar a su destino ... espero.

Atenas


El tiempo ha pasado volando y no he tenido tiempo de escribir cada día, como pretendía. Simplemente, Atenas tiene mucho, demasiado para los pocos días que teníamos para ella. No hemos podido dedicar el tiempo que se merece, y además yo tenía mis asuntos de trabajo que atender. Pero bueno, aquí escribiré un breve resumen de lo acontecido en Atenas el resto de los días, un resumen muy pobre pero que tendrá que valer.

El miércoles estuve todo el día ocupado con la visita a la universidad, y apenas tuve tiempo para reservar un viaje a Santorini, una de las islas más conocidas de Grecia. La reserva la hice con prisas, tras intentar con dos agencias de viaje. A la tercera fue la vencida, y conseguí reservar vuelo de ida, alojamiento en un lugar desconocido de la isla (cómo será?), y vuelta en barco porque no quedaban plazas de avión.

A la cena con Ion, mi persona de contacto en Grecia, me contó que es un poco arriesgado tomar un barco el último día de estancia en Grecia, pues a veces el viento hace imposible la travesía y tienen que suspender los viajes en barco. Bueno, lo hecho hecho está, a ver si el tiempo se comporta y no tenemos problemas. La cena, por cierto, fue estupenda, al lado de la Acrópolis en una zona de restaurantes muy concurrida.

El jueves es el último día en Atenas. Apenas hemos visto nada, con lo que tenemos que usar todo el día para ver lo que podamos. Lo primero por ver es, por supuesto, la acrópolis. Muchos siglos han pasado desde que se construyó, y ahora está en ruinas, y lo poco que queda está en restauración, lleno de andamios. Pero aun así la acrópolis es toda una inspiración. La grandiosidad de las columnas en la entrada hacen ver la gran riqueza y avance tecnoloógico, y sobre todo, artístico, de aquellos tiempos. Y esto hace ver nuestro "progreso" con cierta perspectiva. Como dice Mineko, las obras griegas son como de otro mundo, un mundo que desapareció por varios motivos, y que no se puede recuperar. La tecnología ha avanzado desde entonces, pero el sentido artístico de la Grecia antigua sigue allí, dando inspiración a quien se sienta inclinado a recibirla.

Eso sí, el calor de Atenas en estos días de verano son cosa de este mundo, y muy palpable. La acrópolis recibe un poco de la brisa del mar no lejano, pero aun así el calor no deja opción para ver mucho sin empezar a sudar como en una sauna, y pronto bajamos a tomar un granizado de limón en la entrada. Seguimos camino a la Plaka, la zona de comercio, a caballo entre un bazar y un mercado. Los comerciantes, pesados, intentan venderte lo que puedan. Nosotros, hambrientos, sedientos y sudororos, intentamos ignorarlos y buscar un lugar donde comer. Al final llegamos a nuestro destino, una zona en Monastiraki con bares que se especializan en suvlaki, esos pinchos de carne tan populares. Aun me acuerdo de mi primer viaje a Atenas. El olor de la parrilla y las hierbas han quedado conmigo desde entonces, y las memorias han llegado en cuanto he puesto pie en Monastiraki. Los suvlakis, mejores que los que mi memoria recordaba, han sido la mejor comida hasta ahora en Grecia.

Después de comer, vamos al museo arqueológico, que no se puede hacer otra cosa con este calor. Llegamos al museo, cansados y sudorosos, y sin fuerzas para ver las obras, con lo que decidimos tomar algo antes de empezar. Me acuerdo del quiosco a la entrada. Este fue un lugar nefasto en mi primera visita, pues uno de los camareros pretendió que el dinero que le dí, que era más del valor de la bebida pues no tenía billetes pequeños, era su propina. Y se la tomó como tal, a pesar de mis protestas. No tuve otra opción que dejarle con mi dinero pues mi grupo ya había partido y yo arriesgaba quedarme solo en Atenas en aquella ocasión. El camarero, muy pillo, vio lo que estaba pasando y se aprovechó. Total, que en este segundo viaje volvi al quiosco con pocas ganas, pero no había otro lugar donde enjuagarnos la sed. Nada más llegar, el camarero nos dio una jarra de agua, incluso antes de pedir nada. Esto se lo agradecimos sobremanera, y tras vaciar casi un litro de agua en nuestros estómagos pedimos nuestra bebida. Yo pedí batido de chocolate, lo mejor que se me ocurrió para recuperar fuerzas. Ya recuperados, pagamos la cuenta y el camarero se esforzó por darme el cambio exacto aunque yo, con las prisas, empezaba a marcharme antes de que él acabara de darme el cambio completo. Esta situación me alegró el corazón. Este camarero no tiene nade que ver con el que me robó la otra vez. Asunto concluído, tras más de veinte años no me queda rencor.

Las obras del museo supongo que son las mismas que en mi primera visita, pero mi impresión esta vez fue mucho más grande. Las obras de arte son como un buen vino, que mejoran con los años. Y estas llevan ya miles. La sala de exposiciones temporales fue especial para nosotros. Presentaga hallazgos de un poblado de las primeras eras de Grecia, mucho antes de la Grecia clásica. Este poblado fue destruído por un volcán, algo así como la Pompeya de Grecia. Tras ver las obras de esta sala descubrimos con sorpresa que el poblado está en Santorini. Precisamente la isla que pensamos visitar! Un motivo más para ir a esta isla, y un lugar más a visitar en la isla.

Volvimos al hotel tras un largo paseo de vuelta por la plaka, visitando tiendas, y disfrutando del ambiente tan vivo de la noche, fresca y alegre, cuando toda la población de Atenas sale a la calle. Pero nosotros tenemos aun mucho que hacer, pues nos vamos al día siguiente a Santorini, y el avión sale a las 6 menos cinco de la mañana. Y entre una cosa y otra, se me hicieron las dos y aun sin ir a la cama. Total, que la noche del jueves fue cortísima para mí, solamente dormí hora y media pues me tenía que levantar a las 3 y media para poder llegar al aeropuerto antes de las 5 de la mañana.

Pero tengo que acabar la narración aquí, que se me ha hecho tarde, hoy es sábado, estamos en Santorini, y mañana aun nos queda mucho que hacer.

Espero poder seguir contando mañana desde el barco. Buenas noches.

martes, julio 03, 2007

Llegada a Atenas


Al final Mineko llegó con una hora de retraso, más el tiempo que tuvo que esperar para que le llegaran las maletas. Total, que amanecimos en el hotel, y nunca mejor dicho, porque llegamos al amanecer. Como resultado pasamos el día durmiendo y comiendo. Nos acostamos a las 6 y media de la mañana, y nos levantamos a las 9 para desayunar, que ya que no pasamos la noche por lo menos tomamos el desayuno que está incluido. El desayuno resultó ser excelente, buffet libre con gran variedad de productos griegos. Lo mejor de todo fue el yogur. El yogur griego es famoso, por lo menos lo es en Australia, pero el original de Grecia no se puede comparar con las imitaciones de los supermercados australianos.

Después del desayuno, de vuelta a dormir hasta la hora de comer. Intentamos acceder al internet del hotel, pero parece ser que su sistema de autorización no funcionaba con lo que no pudimos entrar. Cansados de intentar, y tras decir a los del hotel que lo arreglen, al final fuimos a una sala de internet cercana. El internet era mucho más barato que en el hotel, pero tenía otro precio distinto. Era una sala de juegos online, llena de chiquillos jugando al internet, y con música a toda pastilla. Vamos, que muy tranquila no era. Pero nos satisfació nuestras necesidades de conectarnos.

Descubrimos que Starbucks, que estaba al lado mismo, también tenía internet de wireless, con lo que tal vez vayamos allí en otra emergencia. De todos modos, tras comer algo ligero en Starbucks fuimos al hotel, donde descubrimos que el acceso a internet no funcionaba al gusto del hotel pero sí a nuestro gusto, pues el sistema de autorización seguía sin funcionar pero podíamos usar el internet sin tener que pagar. Total que estuvimos toda la tarde conectados, que eso de que era gratis...

Fui a cenar con Ion, la persona que me ha invitado para dar una charla en Grecia y la razón por la que estamos aquí. Mineko y yo nos recuperamos del cansancio de distinta forma. Yo fui a cenar con Ion, Mineko se quedó en el hotel durmiendo. Y la cena? Estupenda, como parece ser toda la comida griega.

Hoy martes el día ha pasado sin nada que contar, pues tanto Mineko como yo estamos muy atareados, yo preparándome para la presentación de mañana y otros trabajos que me he traído, y Mineko con unas traducciones que tiene que hacer. Mañana también estaremos ocupados, a ver si podemos ir a ver algo el jueves. La acrópolis ha estado esperando unos miles de años, podrá esperar un par de dias más.

Y para cenar? Pues los dos platos griegos tal vez más internacionales, a saber el gyros (o kebab en Turquía) y la ensalada, regados con vino retsina, un vino con resina de pino añadida para darle sabor.

lunes, julio 02, 2007

Ultimos días en Praga


Los últimos días en Praga han pasado volando. El sábado atendí a las últimas sesiones del congreso mientras Mineko se intentaba recuperar de su viaje agotador. Para acelerar el proceso de recuperación fuimos al "wellness centre" del hotel, que además de piscina y sauna tiene masaje tailandés. Yo me hice una hora de masaje, Mineko hora y media más sauna. El masaje fue excelente. Una presión por aquí, un movimiento por allá, y el cuerpo se siente como recién puesto. Estaba tan relajado que a mí me parece que ronqué durante el masaje. Pero Mineko, que estaba al lado, dice que no, que no ronqué. Claro que ella también estaba haciéndose un masaje con lo que igual ella estaba soñando que yo no roncaba y que esos sonidos que se oían eran las olas al romper en su acantilado onírico...

Mi plan inicial era el ir a un concierto en el centro de Praga, pero al final nos quedamos en el hotel, cenando en uno de sus restaurantes. La comida, cara y salada (al parecer al gusto checo, no el precio, sino el sabor), pero por lo menos no teníamos que salir del hotel, que no hay nada cerca.

Y el domingo ha sido el último día en Praga, un día largo y agotador. Por la mañana, tras hacer las maletas y dejarlas en la consigna del hotel corrimos a coger el autobús que nos llevaría al metro, que casi lo perdemos. El plan era ir al centro histórico y apuntarnos a uno de los numerosos recorridos turísticos de la ciudad. El recorrido en particular prometía, pues combinaba paseo a pie, tranvía, y barco por el río, durante un total de 6 horas. Y la comida "típica checa" estaba incluída. Pero con las prisas de coger el autobús nos dejamos la información del recorrido en las maletas, y tras mucho correr por el centro en busca de una oficina de turismo donde supieran algo (que hay cantidad de oficinas pero los atendientes no saben gran cosa) al final llegamos tarde al grupo y ya había salido.

Desilusionados, buscamos otra alternativa, y al final nos apuntamos a un recorrido de dos horas en autobús por la ciudad. El recorrido no tuvo nada de especial, con mensajes pregrabados que no estaban muy bien sincronizados con lo que veíamos. "A la derecha pueden ver X... y a la izquierda pueden ver Y..." pero no tenía claro dónde estaba X y dónde Y. Pero el recorrido tuvo la sorpresa de llevarnos al castillo de Praga, un castillo todavía en activo. El presidente de la república checa tiene su residencia en tal castillo, aunque más que castillo parecía un palacio pues no ví ninguna fortificación. Eso sí, el edificio púrpura de estilo antiguo era impresionante, y más impresionante era la iglesia gótica enfrente del castillo-palacio.

De vuelta al centro buscamos donde comer y al final acabamos en el restaurante que fui con David dos días antes. La camarera, tan sonriente como la otra vez, nos sirvió comida estupenda, aunque eso sí, salada (faltaría más). Tal vez sea por eso que los checos consumen tanta cerveza? Y esta vez cuando pedí la cuenta no nos dieron cerveza extra.

Las últimas horas las pasamos viendo el barrio judío, que es un barrio poco corriente para ser judío, pues lo renovaron completamente a principios del siglo XX y no tenía las típicas callejuelas retorcidas sino calles amplias y rectas, con su sinagoga aquí y allá. La comunidad judía en Praga fue muy influencial hasta que llegó la calamidad de Hitler y acabó con todo, pero por lo menos quedaron los edificios.

Y al final, al aeropuerto, a tomar el avión que nos llevara a Atenas. O más bien los aviones, pues tomamos aviones separados. Mi vuelo estaba previsto para las 11:50 de la noche, y el de Mineko para lass 11:05, un poco antes. Pero el vuelo de Mineko se ha retrasado unas dos horas y al final yo he partido antes. Y aquí estoy, son las 4 y veinte de la mañana, en el aeropuerto de Atenas, esperando a Mineko, que debe de estar a punto de llegar... espera que mire la lista de vuelos... la llegada está prevista para las 4 y veinticinco... a ver cuánto tarda en llegar a la salida, que por lo menos en mi caso el recorrido desde el avión hasta las maletas era interminable.

Bueno, para terminar, mi impresión de Praga es que los lugareños (que al final no sé cuál es el gentilicio) se están aprovechando de los fondos generados por el turismo, y el resultado es una ciudad que más que ciudad parece un parque temático. Muchos de los taxistas son unos aprovechados, pero el sistema en general está muy bien organizado. El transporte público es tremendamente eficaz, y la ciudad tiene todas las facilidades. Qué diferente de cuando fui la otra vez, que era una ciudad que se estaba despertando de su pesadilla, donde el mercado negro de cambio de moneda era rampante, y donde todo el mundo podía hablar ruso pero nadie quería hacerlo. Pero me cuentan que aún ahora prefieren no hablar en ruso aquellos que aún se acuerdan.

Y los turistas? Cuando fui la mayoría eran alemanes y yo debería ser el último español de aquellos lares. Ahora me parece que la mayoría de los turistas eran españoles... qué invasión!

sábado, junio 30, 2007

Mineko en Praga


Hoy ha sido un día completo. Toda la mañana la he pasado en el congreso, atendiendo ponencias, hasta no poder más. A la hora de comer no tenía mucha hambre pues había comido en abundancia durante los descansos. Con lo que en vez de comer aproveché para ir al "wellness centre" que tiene su piscina, sala de maisajes, gimnasio de pesas, sauna y alguna que otra cosa más. Me fui a la piscina e hice un montón de largos, o más bien cortos, pues la piscina no tendría más de 20 metros, y luego fui a la sauna, a sudar y relajarme. Qué calor, y qué gusto al salir de la sauna.

Por la tarde atendí a un par de presentaciones más, y luego fui al centro con unos compañeros. Acabamos bebiendo cervezas y haciendo una cena pronta en lo alto de una terraza desde donde se veían los tejados de toda la ciudad en el centro histórico, al lado del reloj astronómico que tiene tanta fama. Era como ser los dueños de la ciudad (o los vigilantes?).

La cena pronta fue porque tenía que ir a recoger a Mineko al aeropuerto, que viene a Praga a pasar el fin de semana antes de irnos a Atenas. Stephen, un compañero de David también tenía que ir a recoger a su mujer al aeropuerto, qué casualidad, y fuimos los dos juntos con el plan de compartir taxi de vuelta al hotel.

Mineko al fin llegó, tras una hora de espera por las maletas, pero la mujer de Stephen tuvo peor suerte y su vuelo se retrasó varias horas, con lo que Mineko y yo volvimos al hotel por nuestra cuenta. Tomamos un minibús, qué decisión más errónea. Tuvimos que esperar a que el minibús se llenara, y después el minibús hizo un recorrido no solicitado por la ciudad mientras dejaba a los otros pasajeros, en grupos. Nosotros fuimos los últimos en dejar el minibús después de como una hora de recorrido. Y creeréis que el precio sería a compartir entre los viajeros? De eso nada. Cada grupo pagó el equivalente de un viaje en taxi. La compañía sacó el equivalente de tres tarifas de taxi en un solo viaje, y nosotros tardamos mucho más de lo que habría sido si hubiéramos tomado un taxi. El viaje en sí no fue demasiado caro si se compara con otros países, pero daba la sensación de que nos estaban tomando el pelo. No da gusto viajar así.

viernes, junio 29, 2007

Las bebidas de Praga


Anoche, cansado ya de tanta conferencia, mi compañero David y yo fuimos al centro a cenar algo. David estuvo en Praga hace unos años y conocía algunas de las bebidas características de aquí. Y allá que vamos, yo a probar y él a recordar.

Fuimos a Mala Strana, la zona más allá del puente, donde hay gran cantidad de restaurantes y bares. Al final llegamos al destino, un bar/restaurante que nos recomendaron porque hacen su propia cerveza. El lugar tenia algunos turistas (qué facil que es detectar a un turista!) pero la clientela consistía de checos en su mayoría. En el bar, un perro amistoso reposaba cerca de su dueño, uno que parecía ser cliente fijo del lugar.

David pidió cerveza, y nos dieron de la comercial, cosa que nos sorprendió. Luego vimos en la lista de bebidas que no había ninguna cerveza especial, cosa que nos sorprendió más. Pero bueno, la cerveza estaba buena. Aprendí que aparte de la rubia, los checos tienen buena cerveza negra, más suave que la Guiness pero con su regustillo dulce al final del trago.

La cena, barata y me parece que al gusto checo (saladísima!) pasó sin nada especial, hasta el tiempo de los postres. Fue cuando probé algunos de los licores. Yo tomé becherovka, un licor de hierba, David tomó slivoviche, un licor de ciruela, a cuál más fuerte. No llegamos a pedir absenta, que se supone que tiene 70 grados de alcohol, tal vez en otra ocasión.

Al terminar la cena pedimos la cuenta, con mezcla de inglés y aspavientos para asegurarnos que nos entendían. Parece ser que los gestos que hicimos indicaban otra cosa en checo, pues la camarera llegó toda contenta con dos nuevas jarras de cerveza. "No, no, la cuenta!" La camarera, tan contenta como siempre, simplemente se fue a las mesas de al lado y les dio las cervezas a otros comensales. Que aquí no se pierde nada.

No nos fijamos si en la cuenta venía la cerveza que se tomaron los otros, pero no importa. Aquí la cerveza es tan barata que no cuestan más que lo que se suele dar de propina en otros países.

De vuelta en el hotel descubrimos que el restaurante que fuimos no era el que nos recomendaron por la cerveza. Nada, igual probamos otro día en el lugar correcto.

jueves, junio 28, 2007

Música en Praga


Algo que llama la atención al visitar Praga es el número de oportunidades que ofrece para escuchar música. Cualquier ciudad que se precie de serlo ofrece espectáculos de todo tipo, pero Praga tiene una debilidad por la música clásica. En la oficina de turismo, en la casa de la música, en los hoteles, casi en cualquier lugar se puede encontrar información de conciertos. Tenía pensado apuntarme a uno de esos conciertos, pero resulta que hasta la conferencia misma ofrece un espectáculo de música clásica para los participantes, al que me apunté sin pensármelo dos veces.

La función tuvo lugar ayer miércoles, en la sala de juntas de la universidad que patrocina la conferencia, la universidad de Carlos (en honor al rey Carlos IV). La parte más antigua de la sala data del siglo XIV si los datos son correctos, y es todo solemnidad. Los músicos, un cuarteto de cuerda, tocaron varias piezas, incluyendo Dvorak, por supuesto, el gran compositor checo. Ah, la música, la cultura, algo que los australianos se obstinan en ignorar, cuánto os echo de menos.

Llegamos al hotel a las diez. "Hora de cenar", dice mi compañero, un español que también está en la conferencia. Sí, hora de cenar según el horario español, pero muy tarde para mí. Qué hambre! La cena, gulash checo y regado con cerveza para mí, la tomamos al compás del acordeonista, para quien las horas no pasan y alegremente toca piezas conocidas incluso para mí. No pude resistirme tararear una de sus piezas, una canción que aprendí durante mi época de rondallista:

Hoy hay paella, qué delicioso manjar,
tiene de todo, sólo le falta el caviar,
tiene pimientos (morrones!), tomate y azafrán,
y también tiene una gamba, para todo el personal.

Que aproveche!

lunes, junio 25, 2007

Por fin en Praga


Por fin estoy en Praga. El avión llegó sin contratiempo al aeropuerto. La otra vez que estuve en Praga los precios de todo estaban bajísimos. "Es de suponer que ahora los precios son más altos", pensé, pero aún así no sabía cuánto dinero sacar del cajero. Al final saqué 2000 coronas, que al cambio serán como 100 euros, o 160 dólares australianos. Pronto descubrí que tendría que sacar más, pues el taxi que me llevó al hotel costó 1000 coronas.

Pero bueno, llegué al hotel. El hotel está en las afueras de la ciudad, en una zona más bien aburrida. Un lugar bastante extraño para organizar una conferencia, la verdad. Llegué antes de las 10 de la mañana, demasiado pronto para tomar la habitación, con lo que decidí dejar las maletas en el hotel y hacer mi primer paseo por la ciudad. A pesar de estar lejos de la ciudad, el transporte es muy bueno y no se tarda más de media hora en llegar al centro.

El día era caluroso, y la zona empezaba a llenarse de turistas. A medida que pasaba el día, el calor y el número de turistas empezaron a aumentar. Praga ha sido siempre una atracción para los turistas, incluso durante su época comunista, pero cuando llegué, ayer domingo, me sorprendió el número. Decidí no entrar en los edificios más característicos del casco antiguo, pues la combinación de calor y gente, más mi cansancio por el viaje, no daban una buena perspectiva al asunto. Con lo que recorrí el casco antiguo hasta llegar al puente de Praga, el alma de la ciudad y punto de mira de todas las cámaras fotográficas. Era una mañana de domingo de principios de verano, y así se notaba por el número de turistas y atracciones como artistas y actores de calle.

Después de comer volví al hotel, a descansar por fin. Mi habitación está en el hotel anexo del de la conferencia. Es mucho más barato, y con razón, pues la habitación es más bien espartana. No tiene televisión, ni nevera, ni aire acondicionado, pero lo esencial está allí, una ducha y no una sino tres camas... por si me aburro de dormir en la misma cama todas las noches.

Mi primera impresión de Praga no ha sido especial. La ciudad ha cambiado de la forma esperada. Hay muchos más turistas, los precios son más altos (pero aun así son más bajos que en Australia), y la globalización ha llegado aquí como en todas partes. Hoy lunes he comido en un centro comercial supermoderno, donde la comida es tan aburrida como en cualquier centro comercial de cualquier país. Y qué comida ofrecían? Pues comida basura, hamburguesas, comida china, pizza... yo al final me decidí por un kebab, más que nada porque era una de las pocas cosas que sabía cómo pronunciar a la hora de pedir.

Y al final de la comida, un helado. Eso sí que no ha cambiado. Los helados checos son deliciosos, mejores que los que se suelen vender en España, e infinitamente mejores que los australianos.

Y para beber durante la cena? Cerveza por supuesto, ya que Pilsen es un pueblo checo donde se inventó la cerveza estilo Pilsen, que es el tipo de cerveza rubia que se suele beber en España.

domingo, junio 24, 2007

Tránsito en Zurich


Ay que ver qué viaje. Cuando hice la reserva, tras mucho intentar encontrar la conexión adecuada, y con la presión del tiempo, al final tomé una opción sin mirar mucho los detalles. El resultado es un viaje que se está haciendo increíblemente largo. Desde Sidney, el avión hizo escala en Adelaide, y al final llegó a Singapur. En Singapur tomé otro vuelo que hizo escala en Bangkok, hasta llegar a Zurich, donde estoy esperando el vuelo final que me lleve a Praga. Son las 7 de la mañana, hora local, que no quiero pensar qué hora es en Sidney, a la cual mi cuerpo aún está acostumbrado.

Me parece que he visto medio mundo a través de los aeropuertos. El recorrido entre Singapur y Bangkok fue especialmente colorido. Algunos de los pasajeros, o más bien pasajeras, llevaban unos vestidos que, si estuvieran en la calle por la noche, pensaría otra cosa. Y la verdad es que no sé qué pensar. Los trajes, de un diseño extravagante, adornados con motivos rojo brillante aquí y allá, llamaban la atención. Una de las pasajeras incluso llevaba como tatuaje el conejillo de Playboy. Mucho se ha hablado de la prostitución en esta zona del mundo, y tal vez el propósito del traje que llevan estas adolescentes sea simplemente llamar la atención y nada más, pero la verdad es que no esperaba ver algo así en un aeropuerto. O tal vez commutan entre Singapur y Bangkok, a trabajar durante la noche, y volver a Singapur? Su trabajo les debe de ir muy bien. O como he dicho antes, simplemente quieren llamar la atención. Tal vez a las chicas de aquí les gusten los diseños extravagantes y colores chillones, y tal vez el tatuaje es un símbolo que por casualidad es el mismo que el conejito de Playboy, de la misma manera que el símbolo budista por casualidad es el mismo que ha esvástica nazi. Quién sabe. Si los gustos y símbolos son tan distintos en esta zona del mundo, este lugar promete ser interesante, a ver si en otro viaje puedo hacer una escala más larga en Bangkok.

Mientras espero en Zurich, veo por la ventana los campos alrededor del aeropuerto. La mañana, veraniega, promete un día caluroso. Casi puedo oler el aroma de la hierba y las flores suizas. Un cielo azul, casi sin nubes, invitan a subirse a alguna montaña y comerse una salchicha en el restaurante de la cima (que, cuando estuve en Suiza, me dió la impresión que todas las montañas suizas tienen su teleférico y su restaurante en la cima). Pero no, aquí me tengo que quedar, en espera de mi vuelo final. Aún queda media hora, a esperar. Por lo menos he tenido tiempo de afeitarme y cambiar mi traje de invierno por otro más fresco.

sábado, junio 23, 2007

De viaje de nuevo

Otra vez de viaje. Con motivo de asuntos de trabajo, esta vez me ha tocado un viaje complicado pero prometedor. Complicado porque el itinerario no es lo corriente de ir a una ciudad y volver, sino que viajaré a varios países de dos continentes distintos, y el viaje es en parte con Mineko y en parte solo. Os cuento.

Mineko y yo hemos partido del aeropuerto de Sidney, pero con dos destinos distintos. Mineko viaja a Japón, a reunirse con la familia por una semana. Yo, en cambio, viajo a Praga, con motivo de una conferencia. Estaré en Praga una semana, y Mineko vendrá a Praga para pasar un fin de semana en la ciudad de las cien puntas (que, si me acuerdo bien, este es el apodo de Praga).

De Praga, Mineko y yo viajamos juntos a Atenas. Yo tengo una visita de trabajo que hacer, y Mineko tiene planeado trabajar también, de traducción por internet, como hace en casa. Y en los tiempos libres visitaremos alguna que otra ruina y alguna que otra isla. Viajamos juntos a Grecia pero no en el mismo vuelo, cosas del destino. Y es que no es tan fácil conseguir el mismo vuelo cuando los viajes se organizan desde dos agencias de viaje distintas, pero bueno, ya contaré en otra ocasión el asunto de las agencias de viaje.

Después de Grecia, viajamos juntos, pero otra vez en vuelos distintos, a Japón, donde iremos a ver a la familia de Hokkaido. De paso iremos a Omiya, un pueblo al norte de Tokio conocido por sus bonsais.

El viaje es prometedor porque me servirá de recuerdo de mis primeros viajes internacionales. Atenas fue la primera ciudad no ibérica que visité. Antes visité Andorra la Vella, pero Andorra está tan cerca de España y van tantos españoles que el ambiente allí es como estar en casa. Fui a Atenas en el viaje de instituto, hace más de veinte años, y será curioso ver cómo el tiempo y las olimpiadas la han cambiado. Grecia fue el primer país en el que descubrí modos de vivir distintos, donde la lengua no es la madre lengua española, y en donde casi cada paso era una experiencia memorable.

Praga fue la ciudad que escogí como destino en mi primer auténtico viaje a la aventura, mi primer inter-raíl, hace casi veinte años. Cuando fui a Praga por primera vez el país, que entonces era aún Checoslovaquia, acababa de abrir las fronteras a los turistas, y aún se veían trazas de la época comunista. Espero encontrar grandes cambios en Praga, pero si para lo mejor o para lo peor, pronto lo veré. El viaje que me llevó a Praga cambió mi vida de raíz, ví otras culturas, escuché lenguas extrañas para mí, y despertó mi interés por ver más, por viajar, y a ser posible por vivir fuera de España por una temporada para intentar ver cómo se puede ver el mundo desde una perspectiva diferente. Y así he acabado, viviendo en Australia, que más lejos de España casi no se puede estar. Viajar a Praga será como volver a encontrarme. Tal vez el círculo se cierre en Praga, donde empezó.

Ahora estoy en el aeropuerto de Singapúr. El viaje ha empezado muy agitado, que hemos llegado al aeropuerto de Sidney con más de una hora de retraso y casi perdemos los vuelos. Después de diez horas de vuelo, dentro de unos minutos volveré al avión, a pasar otras quince horas, para tomar la última conexión en Zurich para llegar a Praga por la mañana, hora europea, unas 30 horas después de salir de Sidney.

sábado, junio 16, 2007

Lluvia torrencial

La semana pasada llegó el invierno, con adelanto y con venganza. El fin de semana pasado fue de lo más lluvioso, algo nunca visto por mí en Australia. Más que lluvia era como si de repente nos hubiéramos trasladado al pie de una catarata gigantesca.

El sábado fuimos a visitar a un amigo, que vive en Glebe, cerca del centro de la ciudad. Para llegar tuvimos que atravesar el puente que atraviesa el puerto de Sidney. Es un puente de hierro macizo, reliquia de la era industrial, gigante, que los Sidneitas llaman cariñosamente "la percha" por su forma tan característica. Pues bien, en tiempo normal el paisaje desde esta percha gigantesca es precioso. A la izquierda se ve el palacio de la ópera, abajo se ve el agua con barcos de todos los tipos, al frente se ven los rascacielos del centro de la ciudad, y arriba se ve la estructura fabulosa de hierros, con los acostumbrados grupos de turistas que se atreven a pagar una pequeña fortuna para escalar el puente y disfrutar de un paisaje incluso más espectacular que el que se ve desde el coche. Pues bien, esta vez estábamos el puente y nosotros, nada más. Ni palacio de la ópera, ni rascacielos, ni turistas escalando el puente, pero eso sí, agua por todas partes. Era como si el puente estuviera flotando a la deriva en una tempestad.

Al llegar a la casa de mi amigo nos saludó sonriente, alegrándose de que el tiempo era tan bueno. Y es que la tromba de agua que estaba cayendo entre nuestra casa y el puente de Sidney había decidido tomar un respiro y dejar el barrio de mi amigo tranquilo. Nada, suerte que tiene uno.

Volvimos de la barbacoa a casa, a la tormenta que empezaba a relajarse, y a enterarnos de las noticias de cortes de luz, inundaciones, carreteras destrozadas y accidentes fatales no muy lejos de nuestro hogar.

Pero a nosotros lo único que nos afectó personalmente fue el sueño, pero de manera positiva, y es que se duerme tan bien cuando llueve...

lunes, mayo 28, 2007

El parque nacional de Cattai


El fin de semana pasado fuimos al parque nacional de Cattai, a una hora de nuestra casa. El día nos regaló un estupendo tiempo otoñal, con un sol radiante y un cielo claro, sin nubes, y un aire tan limpio que se veían claramente las montañas en el horizonte.

En el parque nos juntamos con el grupo de conservación STEP, un grupo muy activo con miembros expertos en la fauna y flora del lugar. El parque, de unos pocos kilómetros, tiene una vegetación especial, con mezcla de bosque templado húmedo y pantano cerca del río, y bosque seco en lo alto de las colinas. Varios de los miembros de STEP se paraban cada cincuenta metros y murmuraban palabras latinas de los nombres científicos de las plantas que encontraban, palabras de las que no pude recordar nada, pues además de ser en latín las pronunciaban a la inglesa y se me hacía difícil asociar los sonidos con la ortografía latina.

Pero eso era lo de menos. El entusiasmo de la gente más que compensaba su lenguaje incomprehensible, y al fin y al cabo, un árbol en su elemento es bello, se llame como se llame. El día nos acompañó cálido, agradable, por un bosque silencioso, un silencio que llama la atención por el hecho mismo de ser tan silencioso. Un silencio con eco de espacio, con olor de otoño.

Al final del día fuimos al río, a buscar canguros. Nos contaron que los canguros, que estaban extintos en esta zona, los introducieron los dueños de un campo de golf cercano para atraer a los turistas, y se escaparon del campo de golf para pasar al parque nacional. Y se me antoja pensar que claro, la hierba natural está más buena que lo que pueda crecer en el campo de golf.

Encontramos los canguros disfrutando de la hierba, a sus anchas en su terreno reconquistado, contentos de disfrutar de una tarde gloriosa de otoño, en un domingo tranquilo, casi vacío de gente.

sábado, abril 28, 2007

Brigadoon en Bundanoon



Cuenta la historia que el pueblo escocés encantado de Brigadoon aparece por un día cada cien años. Es una historia que suena a leyenda celta, pero no es más que un musical, según Wikipedia. Pero bueno, lo mejor de esto es que esta historia se ha hecho realidad, pero actualizada con los tiempos actuales en que la gente se impacienta con nada. Y así, el mítico Brigadoon no aparece cada cien años, sino que aparece cada año en Australia, reemplazando a Bundanoon, un pueblecito perdido entre las montañas al sur de Sidney.

La primera aparición de Brigadoon aconteció hace exactamente treinta años, y hoy hemos ido a ver el espectáculo de música escocesa, bailes, y juegos de fuerza. Nunca he visto tanta gaita junta y tantos hombres en kilts (que no son faldas) fuera de Escocia.

Ha sido un día memorable para Mineko y para mí. Un día que me ha traído recuerdos de mi vida de estudiante de doctorado en Edimburgo, donde Mineko y yo nos conocimos. Brigadoon ha traido la magia de Escocia a Australia, e incluso el tiempo, que ha sido tan seco estos últimos años, se ha vuelto de lo más escocés y lluvioso. ¡Ay qué nostalgia!

lunes, marzo 12, 2007

Una noche en la ópera



El sábado pasado fuimos a la ópera en la casa de la ópera de Sidney. Bueno, es lo más parecido a eso sin pagar. Los organizadores de la ópera decidieron intentar hacerla más accessible a todos los públicos, e hicieron una transmisión en directo de la ópera en pantallas gigantes en las escalinatas fuera del edificio de la ópera.

La acogida fue espectacular, la zona se llenó por completo de gente, y todos disfrutamos de una ópera en directo. El sonido fue espectacular, y el telón de fondo eran los edificios de la ciudad.

¿Y la obra? La Traviata. Y comprendí por qué Julia Roberts se emocionó tanto al ver la obra en "Pretty Woman".

lunes, febrero 19, 2007

Aventura submarina


Este fin de semana pasado ha sido la última ocasión del verano antes de que empiecen las clases en Macquarie University, y hemos aprovechado para visitar una de las joyas de la costa cerca de Sidney, Jervis Bay, la bahía de Jervis. Es un lugar muy popular pero con muy pocos sitios donde hospedarse. Solamente hay unos tres campings, y siempre están llenos. En años pasados hemos intentado pasar noche en la bahía, pero al final siempre teníamos que buscar sitio a casi una hora en coche del lugar. Pero esta vez, sí, reservamos sitio con dos meses de antelación.

Llegamos al lugar y, como esperábamos, todo estaba lleno. Incluso nuestro lugar estaba ocupado por unos oportunistas a los que tuvimos que decir que habíamos reservado el sitio. Pero esto fue nuestro único incidente. La bahía es un paraíso marino. Las playas, tranquilas, con pocas olas, aguas cristalinas, y una fauna marina que solamente puede envidiar a la gran barrera de coral en el norte de Australia. Nos pasamos dos días de playa en playa, gafas de buzo puestas, disfrutando como niños del paisaje submarino. El agua, fría pero soportable con nuestros trajes de neopreno, invitaba al sentido de la vista.

Todo fue estupendamente hasta que descubrimos que algunos peces son más bien grandecitos. En uno de nuestros paseos por entre pececitos se nos apareció una raya enorme, que se cruzó por delante. Estos peces no son agresivos, pero teniendo en cuenta que uno de estos bichos acabó con la vida de Steve Irwin, el Félix Rodríguez de Australia, no sé, la verdad es que daban bastante respeto. Y más que eso. Nos faltaron piernas y brazos para salir del agua.

Pero no pude evitar hacer una foto a nuestro monstruo con mi cámara acuática de usar y tirar. Esta foto y otras de la zona aparecen en mi página de flickr con la etiqueta "jervisbay".

viernes, febrero 09, 2007

Nadando entre tiburones

Pues sí, me acabo de enterar que en la carrera de este fin de semana pasado vieron un tiburón de más de un metro de largo. Y yo tan contento nadando por encima de él...

El lugar donde encontraron el tiburón era precisamente el que iba a decir a Mineko que fuéramos a bucear. Según dicen en ese lugar suelen haber tiburones. Ahora me lo pensaré dos veces antes de ir allí.

Si queréis ver fotos, no del tiburón sino de la gente que participó, echad un vistazo al reportaje de la carrera. Algunas de las fotos son preciosas y otras son muy divertidas.

domingo, febrero 04, 2007

El peligro del mar

Acabo de descubrir el peligro más grande del mar. No son las medusas, no son los tiburones, no es la hipotermia por nadar en aguas frías. No. Lo realmente peligroso es el hechizo del mar. Una vez te coge, no te suelta.

Hoy he hecho mi tercera carrera marina. Esta vez en Manly, la otra playa icónica de Sidney. Esta vez el agua estaba calentita, no habían olas, he podido nadar sin interrupciones, y una parte de la carrera era sobre una reserva marina, donde he podido vislumbrar cantidad de peces y algún que otro buzo. En otras palabras, esta vez ha sido un placer. Y lo mejor, no he sido el último de mi grupo. Bueno, he sido el penúltimo de un grupo de más de doscientas personas, pero por lo menos nado más rápido que alguien.

El mar me ha hechizado, hay una carrera cada fin de semana, y no puedo esperar al que viene. La semana se me ha convertido en un día de nadar y seis días de esperar.

martes, enero 23, 2007

Travesía helada

La carrera de natación marina que hice desde Bondi hasta Bronte fue todo un acontecimiento para mí, y me quedé con ganas de más. Pero no es necesario esperar un año para repetir el acontecimiento, esta carrera no es la única de este tipo. Esta actividad tan especial tiene sus adeptos y su organización, llamada oceanswims, con su página de web. Prácticamente cada fin de semana hay una carrera en una playa, y la semana pasada participé en otra. Esta vez el recorrido era desde la playa de Warriewood hasta la de Mona Vale, dos playas desconocidas para los que no sean de Sidney, pero con su encanto, como con tantas playas de Sidney.

Esta vez el recorrido era más corto, 1.6 kilómetros en el mapa, pero en realidad, como he descubierto hoy, era de más de 2 kilómetros. No había nadado prácticamente desde la carrera de Bondi a Bronte, pero aún así me decidí. El día anterior, sábado, fui a la playa donde empezaría la carrera, a "reconocer el terreno". El mar estaba bastante picado, con olas furiosas que apenas me dejaban nadar, y el agua estaba helada. "No sé, me suena que el agua estaba más caliente en la carrera de Bondi, no puede ser", pensé. "Me parece que me he hecho más perezoso". Con lo que, para combatir la pereza, decidí intentarlo.

El domingo amaneció caluroso. Llegué a la playa a las 9 de la mañana, y la temperatura ya rondaba los 30 grados. El mar estaba más en calma que el sábado, con lo que las olas no presentarán problemas. Fui a probar el agua, ¡helada! Qué impresión, casi se me congelan los pies. Y no era yo el único que pensaba así, los demás nadadores se quedaban helados al tocar el agua. Entré en el agua varias veces para aclimatarme. Por lo menos llevaba mi camiseta de protección, que si bien no calienta, por lo menos aprieta un poquillo y parece que ayuda...

Empieza la carrera, y al agua que voy entre la muchedumbre. Esta vez estoy decidido a hacer mejor tiempo, y el agua, tan fría, me hace nadar más deprisa. Pero si pensaba que el agua estaba fría en la orilla, eso no era nada comparado con la zona profunda. Allí los brazos y piernas pierden el sentido, y se hace difícil controlar el ritmo.

Pasa la primera bolla, quedan cuatro más. Las olas, si bien no tan grandes como en Bondi, eran lo bastante como dificultar la vista del recorrido, y las boyas se hacían difíciles de ver. No veo la siguiente boya, pero hay gente nadando alrededor con lo que los sigo. Intento pegarme a la estela de un nadador, pero es más rápido. Lo intento con otros, pero son más rápidos también. Sigo nadando, en el agua, fría, con las olas que siguen dificultando el recorrido.

Al final diviso una boya al frente. ¡Por fín! Pero también veo otra boya, un poco más atrás, a mi derecha. Estoy confundido, se supone que debemos pasar a la derecha de las boyas, con lo que esa boya que he dejado, sin verla, la he pasado por el otro lado. O eso me parece, no lo tengo claro, no puedo pensar, el frío me lo impide. No sé si volver atrás, pero esa boya que he pasado sin verla está más bien lejos ya, y hay gente a mi alrededor nadando. O bien he pasado la boya correctamente, o todos los otros han tenido el mismo problema. Con lo que al final me decido por seguir.

Paso la tercera boya, y la cuarta. Llego a la quinta boya, creo, que ya he perdido la cuenta y aún no tengo claro si la boya extraña que he pasado por el lado equivocado era una de las de la carrera. Le pregunto la dirección al de salvamento que está al lado de la boya, y me dice que vaya a la playa. sigo confundido, no sé si dice que vaya a la playa porque estoy descalificado, y no veo ningún nadador alrededor. Estoy solo. En la playa se ve multidud de gente, debe de ser la meta, con lo que nado hacia la playa. Pronto llego a la zona donde rompen las olas, intento tomar una pero estoy tan cansado que la ola pasa por encima como si yo fuera una piedra. Al final llego a la arena, y aún me quedan fuerzas para correr... ¡a la meta!

Mi tiempo final es de 53 minutos, no está mal teniendo en cuenta que esta vez no he entrenado apenas. Tiritando de frío busco mi ropa, que me cuesta de encontrar, y me arropo. Hace más de 30 grados y allí que estoy, tiritando de frío.

Hoy he visto el reporte "oficial" en la página de web. La temperatura del agua era de ¡16 grados! y en la última boya bajaba a los 15. Con razón tenía frío.

No me explico cómo puede el agua estar tan fría, ahora que estamos a mitad del verano. Pero bueno, como dice la página de web, por lo menos no había medusas, que no aparecen en aguas frías. Por cierto, creo que aparezco en una de las fotos del reporte "oficial", ¡a ver si me encontráis! (mi camiseta es azul marino).

viernes, enero 05, 2007

Vuelta a casa




Hoy hemos decidido terminar las vacaciones y volver a casa, que ya estamos cansados de tanto ir de aquí para allá. Además, estos últimos días están siendo agobiantes con tanta gente de vacaciones. Pero antes, toca la despedida de Batemans Bay. Volvimos a la bahía de la guerilla con la intención de subir al peñón, y descubrimos que el peñón es realmente una isla en la marea alta y no una península como pensaba. Pensamos que la profundidad en el paso que separa a la isla de la playa sería muy poca y podríamos pasar con pantalones cortos, pero no, el paso es más profundo de lo que esperábamos y tuvimos que ponernos el bañador. Queríamos hacer fotos, con lo que llevamos las cámaras con cuidado, y en más de una ocasión estuvimos a punto de caer en el agua y mojar las cámaras. Pero lo conseguimos y llegamos al peñón. Es un peñón muy escarpado con rocas cortantes. El peñón tendrá unos 20 metros de altura y escalarlo es fácil, pero hay que tener cuidado de no cortarse con las rocas. La vista desde lo alto es una buena recompensa al esfuerzo de cruzar el paso y escalar el peñón. A nuestra espalda está la playa, rodeada de rocas. A los lados hay otras rocas e islas, y al frente está el mar, un mar azul y levemente ondulado por las olas.

De vuelta a Batemans Bay compramos otras cuatro docenas de ostras para llevarnos a casa, y en un bar cercano compramos ostras abiertas para la comida, y nos pusimos en marcha de vuelta a casa. Paramos en una zona de picnic en la carretera, donde acabamos con las ostras abiertas al ritmo de Chicago Blues que sonaba en una furgona cercana, donde un grupo de turistas parecía haber acampado a lo gratis.

A medida que nos acercábamos a Sidney el tráfico aumentaba, y al llegar a Ulladula el tráfico era increíble. Parece que todo Sidney había decidido tomar la misma carretera para disfrutar del fin de semana. En un principio pensamos ir a Jervis Bay, una bahía donde nos encanta ir a bucear, pero visto el tráfico que había en la carretera de la costa cambiamos de opinión. Los australianos, y la gente de Sidney en particular, tienen una preferencia increíble por la playa, con lo que decidimos volver a Sidney por la carretera de la montaña. En vez de ir a Jervis Bay nos desviamos por Kangaroo Valley, el valle de los canguros donde por cierto aún no he conseguido ver un solo canguro. Hicimos una corta parada en el mirador del paso de montaña que lleva el valle, un mirador con una vista impresionante, y entramos en el valle. El tráfico, aunque más denso que en Tasmania y en nuestro recorrido en Victoria, era mucho mejor que en la carretera de la costa, y pudimos disfrutar de un paisaje rural idílico.

Paramos en Fitzroy Falls a descansar y ver la catarata. La senda del camino nos llevó a un mirador sobre un corte en la montaña que bien podría bien ser de cien metros, y al lado se podía ver la catarata, un salto de agua desde lo alto del corte. La senda nos llevó a un par de miradores más, todos ellos en el borde del corte de montaña. Y en todos los miradores la altura daba vértigo. Bien se podría practicar parapente desde ellos.

De vuelta al coche nos detuvimos cada diez metros a observar la flora y vegetación de la zona. En el museo que visitamos en Camberra aprendí que los primeros naturalistas que visitaron Australia desestimaron la fauna y flora como algo primitivo y en vías de extinción. No sé qué tipo de expertos eran, yo no paro de asombrarme de ver la cantidad y variedad de marsupiales y animales extraños que se pueden descubrir en Australia, y sobre todo de las plantas. Tal vez tengan razón de que las plantas sean más primitivas que en Europa, al fin y al cabo son restos de la vegetación de Gondwana, el supercontinente que se desgajó antes de la llegada de los dinosaurios. Pero son tan distintas y variadas que es un gozo el verlas, tan diferentes de las plantas de Europa. De vez en cuando se ven noticias en los periódicos de que acaban de identificar una nueva especie de planta, o incluso una especie de árbol.

Otra vez al coche, ya decididos a llegar a Sidney sin más paradas. El tráfico se hizo más denso a medida que nos acercábamos a la metrópolis. Y una vez dentro, qué confusión. Otra vez rodeados de coches y de ruido, y de conductores maleducados que se cruzan en tu camino sin avisar.

Llegamos a casa, ¡por fin!, a las nueve de la noche. Lo primero que fuimos fue ver las plantas. Todas estaban gozosas y llenas de salud. Se ve que este año el tiempo ha sido bueno, sin demasiado calor y con un par de lluvias que dieron de beber a las plantas. Y nuestras medidas de protección contra posums y pájaros parece que han dado resultado. La tomatera en especial está repleta de tomates maduros, no puedo esperar a probarlos.

Hogar, dulce hogar. No hay nada como un viaje para descubrir qué bueno que es volver a casa.

jueves, enero 04, 2007

Batemans Bay



Batemans Bay es el lugar de vacaciones por excelencia para la gente de Camberra. Aparte de ser el punto costero más cercano, la zona está llena de playas pequeñas y grandes, estuarios y alguna que otra laguna marina. Añade a esto la presencia de criaderos de ostras, y se comprende la predilección de la gente de Camberra para venir aquí.

Una consecuencia de todo esto es que la zona se llena de gente durante el período loco de vacaciones, como ahora, pero aún así se pueden encontrar playas que, aunque no tan solitarias como en Tasmania, son lo bastante tranquilas como para disfrutar de ellas.

Hoy pasamos todo el día siguiendo la costa. Por la mañana fuimos de playa en playa, asombrándonos por la multitud de variedad. Ahora sí, diciéndolo todo, las playas de los alrededores de Sidney son más atractivas.

Al final paramos en el pueblo de Moruya, donde encontramos un lugar donde vendían ostras recién abiertas. Dada nuestra debilidad por ellas, no pudimos resistirnos a la tentación de pedir una docena de ostras para comer, junto con un pastel de setas y otro de espinacas con queso feta. Ni que decir que las ostras estaban deliciosas, saladas por el agua de mar y con un chorrito de limón.

Por la tarde fuimos a la playa de la guerrilla, la "Guerilla beach", una playa dividida en dos por un peñón península que se convierte en casi una isla durante la marea alta. En esta playa, por fin, pudimos usar las gafas de buzo y respirador. No hacía calor en extremo y el agua estaba más bien fría, pero eso lo arreglamos poniéndonos los trajes de neopreno. La marea estaba bajando, y una mitad de la playa estaba tranquila. Buceamos por allí, disfrutando de los pececitos y conchas marinas. La otra mitad de la playa estaba mucho más alborotada, pues era por donde las olas entraban, y además era la zona más profunda. Allí nos limitamos a quedarnos cerca de la orilla, donde las rocas formaban piscinas y donde rondaban multidud de peces de todos tipos y tamaños. Nos pasamos un rato largo removiendo la arena del fondo, y viendo cómo los pececillos se acercaban a buscar comida. Yo al final me atreví a nadar en partes más profundas, pero las olas enturbiaban el agua y solamente pude divisar unos cuantos erizos que me parecieron enormes.

Después fuimos a otra playa sin nombre. La playa tenía una forma de concha casi perfecta, algo así como la playa de San Sebastián, pero en pequeño y sin la isla. En esta playa había olas de tamaño mediano, y gente surfeándolas. Aquí sacamos las tablas de bodyboarding, y por fin pudimos usarlas. El agua estaba incluso más fría que en la playa de la guerrilla, pero el ejercicio nos calentó enseguida.

Después fuimos a pasear por las rocas en un extremo de la playa, donde encontramos más erizos y algún que otro cangrejo grande, lo bastante grande como para que Mineko pensara en hacer alguna comida con ellos. Pero los cangrejos no se dejaron coger.

Al final, de vuelta a nuestro alojamiento, compramos más ostras. Esta vez eran ostras sin abrir, que eran mucho más baratas, 20 dólares por tres docenas. Me costó un buen rato abrir la primera ostra, pero pronto me cogí al hábito y pudimos preparar una cena exquisita con ostras y gambas, regadas con vino espumoso. ¡Delicioso!

Ya es de noche, la luna, que empieza a menguar, se refleja en el estanque de nuestro parque de vacaciones, donde las ranas cantan a la luna, y las estrellas intentar vencer el fulgor de nuestro satélite, pero solamente las más poderosas lo consiguen. Armado con mis prismáticos, distingo algunas de las joyas estelares, como el cinturón de Orión, el joyero de la cruz del sur, y algunas de las multitudes de glóbulos y galaxias que se pueden ver cerca de la cruz del sur. El brillo de la luna no me deja ver más, pero por lo menos es mejor que lo que se ve desde Sidney, con su contaminación de luz.

miércoles, enero 03, 2007

De vuelta a la carretera



Esta mañana hemos aprovechado los últimos momentos en Camberra para visitar una granja antigua. Por antigua me refiero a mediados del siglo 19, que fue cuando los pioneros europeos se decidieron por colonizar tierra adentro. Esta granja, o más bien rancho, está en las afueras de lo que es la Camberra actual, y tiene vistas magníficas a unos campos con ganado. Hay utensilios de época, y en conjunto el lugar parece como un vistazo atrás en el tiempo.

La siguiente parada fue el museo nacional de Australia (qué título más redundante), que para ser gratis está muy bien. En el museo se nos refrescó la memoria acerca de los indígenas, los colonos, y la fiebre del oro. Hay una copia de la pepita de oro más grande del mundo, que se encontró en Australia, y que más que pepita se debería llamar pepón, pues pesa más de 70 kilos.

Y por fin, de vuelta a la carretera. Nos despedimos de Susumu y Eileen, y nos pusimos rumbo a Batemans Bay, la bahía del bateador. La carretera circula por entre campos extensos con multitud de árboles enormes, eucaliptos la mayoría de ellos. Un paraje idílico e hipnotizador, tanto que perdimos el rumbo en dos ocasiones. En la primera ocasión salimos del pueblo de Queanbeyan por el mismo sitio donde entramos, y nos dimos cuenta solamente cuando vimos en el horizonte una colina que se parecía a la Montaña Negra de Camberra tanto que realmente era la Montaña Negra. Poco después de salir del pueblo, esta vez por el lado correcto, seguimos ensimismados con el paisaje, que cada vez era más bonito por una carretera cada vez más rústica, hasta que encontramos un pueblo que no parecía estar en el mapa. Tras echar un vistazo al mapa otra vez descubrimos que estábamos en otra carretera que iba más al norte. Ya me parecía a mí, muy rústica era la carretera esta. Pero el desvío nos encantó, y la carretera era toda para nosotros.

Llegamos a Batemans Bay mucho más tarde de lo esperado, y empezamos a buscar alojamiento. Decidimos intentar el pueblecito de Tomakin, que tenía varias zonas de acampada con caravanas. En la primera zona encontramos una cabina vieja por el precio de 60 dólares. Decidimos probar suerte en los otros lugares, y descubrimos que estaban llenos. Con lo que volvimos al primer lugar, solamente para descubrir que la cabina ya no estaba disponible. Eran ya casi las nueve de la noche, empezaba a ser tarde.

Tomamos la carretera de la costa de vuelta a Batemans Bay, y todos los moteles y lugares de acampada estaban llenos. En un lugar que tenía espacio para tienda de campaña nos pedían 40 dólares por acampar, lo que nos pareció una tomadura de pelo y proseguimos.

Al final, tras mucho buscar, encontramos una cabina en un parque de vacaciones ("holiday park") donde los que hicieron reserva no se habían presentado. Eran más de las diez, y decidimos quedarnos. El precio era de 85 dólares, mucho más que la primera cabina, pero ésta era más nueva y mucho mejor en general. Nos ha gustado tanto que hemos decidido reservar dos noches. Así podemos explorar esta zona sin preocupaciones de dónde pasar la noche mañana.

Y os preguntaréis, ¿por qué no hacemos reserva con más antelación? Pues porque somos tan indecisos que nunca sabemos dónde queremos pasar la noche. Además, siempre preferimos ver el lugar antes de hacer la reserva, que a veces lo que parece muy bonito en las fotos resulta ser algo espantoso en realidad. Y por último, de esta manera, sin hacer reservas, es como a veces hemos encontrado lugares muy encantadores. Por si acaso llevamos la tienda de campaña, sacos de dormir, comida y agua, esto nos da seguridad de que siempre podremos pasar la noche, aunque sea al lado del coche.

martes, enero 02, 2007

Vinos y música


El viaje de hoy ha sido a Cooma, un pueblo a unos 100 kilómetros al sur de Canberra, que aquí en Australia esta distancia no es nada. La razón de este viaje es una bodega de vinos producidos por immigrantes del este de Europa y los vinos son distintos de lo que se encuentra aquí en Australia. Y nada más llegar nos dimos cuenta que no solamente los vinos son distintos. Aparte de plantar sus uvas también crían sus cerdos y producen chorizos, tocinos ahumados, y jamones. El hombre es muy locuaz, habla de todo y con todos, en un inglés con acento indefinido. Nos contó que él es austro-húngaro, y no me refiero al imperio, sino que es mitad austríaco y mitad húngaro, pero se crió en Rumania. Nos habló de historia, política, viajes, todos desde su punto de vista tan personal. Aparte de servirnos vinos nos obsequió con un vasito de un licor de 75 grados. Era tan fuerte que el líquido se evaporaba nada más tocar la lengua. Y me parece que parte de la lengua y boca se evaporaban con él. La mujer, también locuaz, nos hablaba con un acento que a mí me sonó como ruso. Los vinos me recordaban un poco a lo que se encuentra en España, unos vinos con sabores más sutiles que los australianos. Y en cuanto me dijo que también producen chorizos y jamones me dieron las ganas de comer allí, pero ese no era nuestro plan. Este es otro lugar al que tenemos que volver.

De vuelta en Camberra fuimos a un concierto al carrillón. El carrillón es un campanario cuyas campanas se pueden tocar usando un teclado como si fuera una especie órgano. La tarde no era especialmente cálida, más bien fría y con viento, pero fuimos de todos modos. El concierto nos regaló música variada. Sí, al fin y al cabo estamos en Canberra, la capital de Australia. No es una ciudad grande, pero tiene más atracciones por cabeza que cualquier otra ciudad australiana.

lunes, enero 01, 2007

El Cambio del año


Al final el concierto duró hasta más tarde de la una. Y encima hubo un cambio repentino del tiempo y, por unas horas, llegó un vendaval formidable. Menos mal que no acampamos esa noche, como pensamos en un principio hasta que encontramos este hotel. Con este viento se nos habría volado la tienda con nosotros dentro.

Al día siguiente, es decir ayer, decidimos probar suerte con las piedras preciosas. Resulta que este sitio es realmente un lugar donde se puede buscar oro y piedras preciosas en el río cercano. Preguntamos en la oficina de turismo y nos dijeron que sí, se puede buscar, pero necesitamos un permiso. El permiso cuesta unos 25 dólares, y es válido por dos años en cualquier parte del estado de Victoria. Decidimos que si compramos el permiso tenemos una buena excusa para volver a Victoria, y compramos los permisos. Habíamos traído nuestro equipo de buscadores de oro y piedras preciosas, que consiste en una pequeña azada de camping, dos bandejas para buscar oro, y una rejilla para colar la gravilla y buscar piedras preciosas. Nos faltaba otra rejilla de grano más fino para buscar piedras preciosas más pequeñas, y como la tienda del pueblo no tenía, al final compramos un colador, que algo hará.

Con los permisos en mano y las instrucciones del experto local acerca de dónde ir, fuimos ilusionados a buscar minerales y oro. Ahora formamos parte de la historia de buscadores de oro de Australia. Me entraron ganas de cantar la canción esa "Soy minerooo..."

El calor empezaba a ser bastante fuerte, pero llegamos al río y empezamos a buscar. En esta zona se supone que hay muchas piedras preciosas, incluso diamantes. El problema es que no somos capaces de distinguirlas de otros cristales. Nuestra experiencia sólo se limita a zafiros, y no ví nada parecido a ello. Mineko seleccionó las piedras que le llamaron la atención, pero yo no encontré nada. Lo único que conseguí es que una sanguijuela se cogiera a mi pie. No sé cómo conseguí quitármela, y seguí buscando piedras preciosas, con más cuidado. La sanguijuela seguía allí, nadando arriba y abajo, pero no me cogió otra vez.

Total, que tras mucho calor y esfuerzo no encontramos nada. No teníamos tiempo para seguir, con lo que proseguimos el viaje. ¡Pero volveremos!

El camino a Camberra es muy monótono, a través de carreteras con algo de tráfico pero no mucho, por campos sin mucho que ver, y con bastante calor. El resultado es una modorra al conducir que puede ser peligrosa, con lo que paramos varias veces. Y la verdad es que hay excusas para ello. La primera parada fue en un pueblo donde hay un submarino auténtico. Y a mí que me expliquen qué pinta un submarino tan lejos del mar, pero desde luego la idea era original. La segunda parada fue en un lugar llamado "dog on the tuckerbox", que es una expresión australiana que viene a decir como "perro sobre la caja de la comida", en alusión a un hecho que se supone que ocurrió en la época pionera australiana, y muestra algo del humor australiano. Se refiere a un pionero que viajaba por estos caminos, y que tuvo la mala suerte que se le rompiera la rueda del carro. No pudo arreglarla, y para colmo de la mala suerte, cuando quiso descansar y comer algo, su perro estaba sentado encima de la caja donde guardaba la comida. Como decía, humor australiano.

Llegamos a Camberra entre rayos y truenos que parece que se habían concentrado justo encima de la capital de Australia. Fuimos a visitar a unos viejos amigos de Mineko, Susumu y Eileen, y pasamos la nochevieja juntos. Fuimos a ver los fuegos artificiales que celebran el año nuevo, y fuimos los únicos que comimos las uvas, que aquí no hay costumbre de hacer esas cosas. Pero bueno, ¡feliz año nuevo!

Esta mañana nos levantamos un poco tarde, y desayunamos parte del desayuno japonés típico de año nuevo, cortesía de Susumu. La celebración de año nuevo es muy importante en el Japón, ciertamente mucho más que las navidades, y tiene sus rituales. Aquí simplemente hicimos la parte culinaria, y sólo parte de ella, que los ingredientes no son fáciles de encontrar fuera del Japón.

Después, para matar el tiempo, fuimos a visitar un par de parques de Camberra. La verdad es que es una ciudad muy pintoresca, aunque bastante artificial. Fue diseñada a propósito a medio camino entre Sidney y Melbourne para servir como capital de Australia, y hay un lago artificial. El parlamento es el centro de la capital, y se ve desde todas partes, como una especie de ovni gigantesco con la bandera australiana en la cúpula. Las calles están diseñadas como círculos concéntricos alrededor del parlamento. Es una idea muy bonita en papel, pero en práctica es un desastre de orientación, y hasta los residentes de Camberra se pierden. Yo, claro, me perdí ayer cuando buscábamos la casa de Susumu y Eileen, y Susumo se perdió hoy cuando intentó tomar un camino distinto para volver a casa. No, si las ideas bonitas, si no son prácticas...

Comimos a las cuatro (más comida tradicional japonesa de año nuevo), y cenamos casi nada (pero también algo tradicional japonés de este día), mientras escuchábamos el concierto de año nuevo de la orquesta filarmónica de Viena en la tele. Y como es costumbre el 1 de enero de cualquier año, el día pasó casi sin enterarnos.

sábado, diciembre 30, 2006

En el centro de Victoria




Los alrededores de Nagambie fueron realmente una sorpresa. Del lago sale el río Goulburn, un río con gran cantidad de agua teniendo en cuenta que estamos en Australia. Y a la orilla del río hay dos bodegas de vino con solera otra vez teniendo en cuenta que estamos en Australia, donde la historia es muy corta. La primera bodega es Tahbilk, la bodega más antigua de Victoria, el estado de Melbourne. No tuvimos ocasión de visitar la bodega original de mediados de 1800, pues estaba en reparación, pero suplimos esta falta comprando seis botellas de vinos variados. Después visitamos la bodega Mitchelton, más moderna pero con vinos que nos gustaron mucho más. Acabamos comprando ocho botellas en esta otra bodega, y comimos en el restaurante. La comida fue sorprendentemente buena y barata a la vez, y regada con copioso vino. Al lado del restaurante hay una zona de picnic, lleno de gente disfrutando de un día caluroso de verano, a la orilla del río. Hemos marcado este lugar en la lista de lugares donde volver a visitar.

Después de los vinos y comida toca conducir al próximo lugar, pero fuimos haciendo paradas, pues el efecto del vino y comilona, no tanto por el alcohol sino por el sopor que me dió, no me dejaba conducir sin parar a tomar una mini-siesta cada dos por tres. Y el hecho de que hacía calor y viajábamos por carreteras sin curvas y con poco tráfico por un paraje plano daba más sueño aún. En la primera parada compramos cerezas del lugar. Eran cerezas frescas, recién cogidas, y disfrutamos como niños comiendo cerezas mientras yo conducía.

Al final llegamos a nuestro destino, el pueblo de Beechworth. La guía de moteles que teníamos indicaba que en este pueblo hay muchas atracciones, incluyendo buscar oro y piedras preciosas. Dado que no pudimos buscar oro hoy, tal vez podamos mañana.

El pueblo nos encantó desde que llegamos. Resulta ser uno de los centros de la fiebre del oro, y también el lugar donde un famoso bandido actuaba, Ned Kelly. Este tal bandido es uno de los personajes más famosos de Australia, algo así como el Robin Hood de estos lugares, se dedicaba a robar a los ricos con su banda y tenía un gran apoyo popular.

El motel costaba 100 dólares, con lo que buscamos otro lugar. Al final acabamos por quedarnos en el hotel Commercial. Como los hoteles típicos de la Australia rural, esto es realmente como una posada en España. Es un local que sirve alcohol y comidas, es decir, como un pub inglés, con habitaciones para dormir. La ley de antes estipulaba que todos los pubs tenían que tener habitaciones, y este es uno de esos pubs antiguos, un edificio de ladrillo con su zona de beber y comer y mesa de billar en el piso de abajo y con sus habitaciones y terraza en el piso de arriba. Y me acabo de dar cuenta de que hoy es sábado, y como es normal hay concierto en directo justo debajo de nosotros, con lo que esta noche será movidita, como la de nuestra primera noche en este viaje.

Pero aparte de este "contratiempo" de la música que espero que no dure mucho, este día ha sido sorprendemente bueno. Ha sido como un turismo rural sofisticado, tan distinto del turismo rural rústico que hacíamos en Tasmania. Me sigue dando la impresión que Melbourne y su estado, Victoria, tiene mucho más que ofrecer a nuestros gustos que Sidney y su estado, Nueva Gales del Sur. Por lo pronto he cogido un montón de mapas y guías turísticas de este estado, y he empezado a planear nuestro próximo viaje.

viernes, diciembre 29, 2006

En barco rumbo al continente


Con prisas y corriendo, como de costumbre con nosotros, salimos hacia el barco, que está a punto de zarpar. Somos casi los últimos en abordar, pero lo conseguimos. El barco zarpa con nosotros dentro, rumbo al continente.

El barco en sí es bastante aburrido. Ni comparación con la emoción que tuve la primera vez que fui en barco de Valencia a Mallorca, cuando apenas tenía diez años. Aquel barco era enorme, con varios pisos de camarotes, y amplios espacios abiertos. El barco en el que fuimos Mineko y yo esta vez, el "Espíritu de Tasmania", me parece que es más pequeño (¿o es que cuando yo era pequeño todo parece más grande?), y de espacios abiertos, casi nada. Eso sí, dentro hay una tienda, una zona con máquinas de premio, otra con máquinas recreativas, una oficina de turismo, restaurante y varios bares. Pero no sé, no sé, el barco de Mallorca parecía más interesante...

El trayecto transcurrió sin incidentes. A pesar de atravesar uno de los estrechos más peligrosos de los siete mares, el barco apenas se mecía con las olas. Lo único de destacar es que, a mitad de camino, nos cruzamos con el barco que hacía el otro trayecto, y que, un poco más tarde, entramos en zona de cobertura del teléfono móbil y pudimos reservar alojamiento para esta noche.

El barco llegó con una hora de adelanto, con lo que aprovechamos para pasar noche un poco más lejos que en el plan original. Acabamos en el pueblecito de Nagambie, más que nada porque teníamos la dirección de un motel más o menos barato. El pueblo en sí resultó ser una monada, en medio de una zona vitícola y a las orillas de un lago. ¡El encargado del motel incluso nos cuenta que se puede encontrar oro por estos lugares! Igual intentamos buscar oro para que nos cubra los gastos del alojamiento.

Cenamos en el club del pueblo. El club era una delicia. La comida era de mejor calidad de lo que se suele comer en un club australiano, y las mesas estaban al lado del lago. Mientras cenamos el cielo tornó de rojo a índigo, y finalmente la negra noche llegó, iluminada por la luna.

jueves, diciembre 28, 2006

El último día en Tasmania



Llega la noche y entre un agujero de las nubes se pueden ver las estrellas. Pero no contaba con la luna y su luz, que nos aguó la fiesta y no nos dejó ver mucho. Bueno, otra ocasión será. Las estrellas no cambiarán mucho en los próximos años, las podremos ver en otra ocasión.

La noche transcurrió fría, y eso se nota cuando uno acampa, vamos que no pudimos dormir mucho. Pero el día llegó, cálido, y esperanzador. Aparte del frío de la noche el camping era una delicia. Y resulta divertido ver a los acampados. Había una tienda de campaña que incluso tenía chimenea... la nuestra era la tienda más pequeña de todo el camping. Y lo contentos que estábamos con ella.

Al día siguiente fuimos a una huerta de fresas cerca del camping, donde disfrutamos de unas deliciosas fresas, cogidas la misma mañana. Alentados con este comienzo del día tan bueno, fuimos a nuestro siguiente destino, la montaña Mt Barrow. No teníamos bien claro qué se nos presentaría en tal montaña, pero allá que fuimos. La carretera subió y subió, hasta llegar a zonas muy empinadas y con curvas. La carretera estaba sin asfaltar y era bastante estrecha, y un lado daba al vacío. Casi me dió vértigo mientras subía, aun desde dentro del coche. Pero el esfuerzo valió la pena, y desde lo alto de la montaña, una montaña solitaria de más de 1400 metros de altura, se veía una perspectiva realmente impresionante. El día estaba nublado pero con buena visibilidad, y se veía el mar en la distancia.

De camino al siguiente destino vimos una señal que indicaba una ruta turística por el monte Barrow. La mujer de la huerta de fresas nos comentó de algo así, que es algo que acaban de inaugurar, y pensamos que valdría la pena ver. Pero qué pérdida de tiempo. Tal vez, cuando esté completa valga la pena ver, pero por ahora la tal ruta pasa por zonas de monte talado varias veces. Esto en sí puede ser interesante, pues este es uno de los primeros montes talados de Tasmania, y se pueden ver restos de cortes hechos a hacha, y otros hechos a sierra mecánica. En cierto modo, dentro de la corta historia de Australia, éste es un lugar histórico y un símbolo de la industria de Tasmania. Hay zonas designadas para pasear, pero parece ser que las rutas no están hechas aún, y todo el recorrido lo hemos hecho en coche. Esto parecía un safari más que nada, y lo que vimos no nos pareció realmente interesante. Nos gusta pasear, tocar, oler, hacer fotos de los lugares que pasamos.

El siguiente destino representaba un desvío de nuestra ruta hacia Devonport, pero pensamos que era la pena ir a verlo. Y realmente fue así. Son las cataratas de Liffey. Como las que vimos ayer, estas cataratas están entre bosques templados húmedos, y era un gusto ver los árboles viejos, grandes, robustos, rodeados de árboles-helecho. A cada paso uno se podría imaginar ver a Frodo, el hobbit del Señor de los Anillos, salir por detrás de un árbol. Y esta vez las cascadas son algo que también vale la pena ver.

Y ya, por fin, nos toca ir a Devonport, el puerto desde donde saldrá el barco de mañana por la mañana. Descubrimos que el pueblo, que no es muy grande, tenía casi todos los alojamientos llenos por los turistas y los que toman el barco, pero pudimos encontrar una cabina en un parque turístico a un precio de 100 dólares. Carísimo, pero por lo menos está al lado mismo del muelle y como el barco sale a las 9 de la mañana, mejor quedarse aquí.

Paro de escribir, que aun tenemos mucho que hacer para preparar el viaje de mañana, y nos tenemos que levantar temprano.

miércoles, diciembre 27, 2006

Bosques y campos


El día ha amanecido soleado. Parece un día ideal para pasear por la montaña, y eso es lo que hemos hecho hoy. El plan es hacer algunas de las actividades que no pudimos hacer en la ida. Ahora, en la vuelta, pasamos por los mismos lugares y tenemos más tiempo.

La primera parada es la cascada de Santa Columba. La cascada en sí no está mal, pero hay muchas cascadas parecidas en otros lugares. Lo especial de este sitio es el camino a la cascada. Tasmania tiene una vegetación única, y los bosques húmedos son algo que vale la pena ver. La senda atraviesa grupos de helechos. Pero los helechos de aquí son árboles de varios metros de altura. Más que helechos parecen palmeras. Caminando por entre ellos uno se imagina que el tiempo no ha pasado desde el período cámbrico, mucho antes de que los dinosaurios aparecieran. Y este bosque bien podría haberse formado entonces, y aún sigue aquí, un resto de tiempos pasados.

La segunda parada es la catarata de Ralph. Con más de 90 metros es el salto de agua más alto de Tasmania, pero como el otro paseo, la catarata es una excusa para dar un paseo por entre árboles antiquísimos. Es un bosque que no ha sido modificado por el hombre, y uno bien podría imaginarse encontrarse una criatura prehistórica a la vuelta de la esquina.

La tercera parada es un paseo muy corto por un bosque que yo diría que está encantado. Cada pocos metros hay un panel explicando la historia de la tierra, cómo los continentes estaban todos unidos, y cómo en cierto punto del pasado Australia se desgajó de la antártida y viajó, junto con Tasmania, separada del resto de continentes. Por este motivo la vegetación y fauna son tan diferentes. Y algunos de los árboles de este bosque, enormes, llenos de huecos y ramas torcidas, musgos, hongos y líquenes, aparentan tan viejos que uno diría que han vivido miles de años. Uno de ellos bien podría ser el padre de uno de los ents, los hombres-árbol que aparecen en el libro El Señor de los Anillos.

Intentamos visitar un museo de minería del pueblo de Derby pero estaba cerrado por vacaciones, con lo que seguimos adelante. Tras perdernos por el camino, conseguimos llegar a la plantación de lavanda que visitamos en la ida, justo antes de que cerraran, para que Mineko pudiera comprar bositas de lavanda. Y qué bien que olía el coche...

Seguimos por caminos, algunos de ellos sin indicaciones, pasando por pueblos fantasma que aparecen en el mapa pero no se ven por ninguna parte, tomando carreteras que no aparecen en el mapa, pero qué divertido que era ver el paisaje rural, vacas por todas partes.

Al final llegamos a nuestro destino, una zona de acampada con servicios pero sin ducha, como en la bahía de los fuegos. En este caso no es gratis, cuesta 3 dólares la noche. Casi nada por un lugar tan precioso, cubierto de césped a la orilla de un río tranquilo.

Y el cielo sigue sin nubes. Si sigue así, podremos hacer algo que no hemos podido hacer en este viaje: ¡ver las estrellas! En un cielo oscuro fuera de las ciudades se puede ver un espectáculo de estrellas, tan diferente de las que se ven en el hemisferio norte. Pero bueno, a ver si esta vez tenemos suerte y podemos verlas...

martes, diciembre 26, 2006

St Helens



Anoche cayó un aguacero. Verdaderamente ha sido una suerte que decidiéramos quedarnos bajo techo en vez de acampar. Y lo mejor de todo, esta mañana ha amanecido seco, sin lluvia.

Hoy hemos decidido intentar hacer piragüismo. Según nuestro libro guía, la bahía de St Helens es ideal para ello. Pregunto en el dueño de nuestro alojamiento, en la oficina de turismo, y en el hostal de mochileros ("backpackers"), y todos me dicen la misma compañía para alquilar piraguas. Esta compañía, "boats ahoy", se especializa en alquilar barcos de todo tipo, sobre todo yates para la gente que viene a pescar. Les llamo por teléfono y me dicen que tienen una piragua para dos, como queremos. Pero cuando llegamos al lugar vemos que la piragua es muy simple, más bien un trozo de plástico con dos asientos. La idea que teníamos era de hacer piragüismo con una piragua de largo recorrido, con timón y espacios estancos para almacenar cosas como la comida y las cámaras de fotos. Encima el tiempo no está de nuestra parte. Hace viento, y la bahía, aunque protegida, tiene olas lo bastante grandes como para dificultar la navegación.

Al final nos convencen para que usemos un fuera borda pequeño, de los que no requieren licencia de conducir. Es lo que llaman un "tinny" porque el casco es metálico. Es más caro, pero ya que estamos en ello, mejor que la piragua. Y allá que vamos, con nuestra barquita, cruzando la bahía. Nos damos cuenta que las olas en el centro y cerca del otro lado son más grandes de lo que pensábamos. Lo bastante como para hacer difícil el manejo de la barca, y convertir este paseo en una aventura. Mineko, que es la primera vez que pasea en una barca de este tamaño tan pequeño, está muerta de miedo y se agarra a la barca con las dos manos y el corazón. Al final llegamos a una playa sin ningún contratiempo y paramos a comer y descansar de la tensión del viaje. El tiempo pasa que vuela, y tenemos que devolver la barca. Por suerte, o tal vez porque ya estamos acostumbrados, el volver es más fácil, y hasta es agradable. Llegamos al punto de salida contentos de estar en tierra, y con la idea de no volver a alquilar un fuera borda en nuestra vida.

El resto del día lo pasamos paseando por aquí y por allá, en varias playas del lugar. Las playas son preciosas pero están más pobladas, quizás porque están más cerca de St Helens, o tal vez porque es el primer día después de Navidad y empiezan las vacaciones de verano para el resto de la gente. A partir de ahora nos será más difícil encontrar sitios despoblados, y puede que tengamos problemas para encontrar alojamiento. ¡Llega la temporada loca de vacaciones!

Hoy ha sido el último día en la costa este. A partir de mañana empieza el viaje de vuelta a Sidney. Un viaje que aún nos puede deparar sorpresas, pues pensamos volver por un camino distinto, más corto pero con más paradas pues pensamos visitar a unos amigos en Camberra. Pero aun quedan varios días por delante antes de llegar a Camberra.