miércoles, julio 23, 2008

La catedral del bosque


El día amaneció lluvioso. Una lluvia copiosa, insistente. Se supone que estamos en el mes más seco del año, pero más bien parece que estamos en la estación húmeda. Pero bueno, mejor levantarnos, he hemos reservado puesto en un recorrido en barco por el río a las 8 de la mañana, para ver las aves del lugar... pero ¿valdrá la pena salir con este tiempo?

Al cabo de unos minutos tenemos la respuesta. Andrew, el dueño del alojamiento, llama por la ventana y nos dice que se ha cancelado el paseo en barco por la lluvia. Con lo que nos quedamos sin ver las aves (ni los cocodrilos), pero aun así decidimos levantarnos temprano, a ver si podemos hacer otra cosa.

Andrew y Trish son gente muy amable. Aparte de reservarnos el paseo, y de avisarnos de su cancelación, también nos reservaron la cena en el restaurante de ayer. Y por el simple hecho de hacer la reserva, la cena nos resultó con un descuento del 15%. Esta mañana, la última en nuestra estancia, nos hacen una foto que al final nos enviarán por email. Y el desayuno, delicioso. Todo es casero, hasta el pan y las mermeladas. Y cuando (astutamente) les preguntamos por una panadería para comprar el pan del día, nos ofrecieron unas cuantas rodajas de su pan casero.

Desayunamos temprano, y partimos de viaje antes de las diez de la mañana. Tenemos todo el día por delante hasta llegar al aeropuerto, que el vuelo desde Cairns es a las siete de la tarde. Pero con este tiempo, ¿qué vamos a hacer? Cuando llegamos a la altura de Mosman la lluvia sigue, y no nos apetece hacer el paseo con los indígenas que teníamos pensado hacer en este día.

Intentando evitar el mal tiempo tomamos la carretera de la altiplanicie, a ver si llueve menos por las alturas. Y ciertamente, el tiempo es menos lluvioso por arriba. Paramos aquí y allá para buscar tesoros de geocache, recorremos parajes de termiteros de dos metros de altura, y paramos a comer al lado de una laguna, un oasis en esta parte seca. La costa este de Australia es así. Cerca del mar es más bien húmedo, pero en cuanto entras tierra adentro tienes que subir una cordillera de montañas, bajas pero lo bastante altas como para parar la humedad, y delante se te aparece el "outback", ese terreno tan seco que, a medida que te adentras en el continente, se convierte en el desierto cálido más seco del planeta.

Vemos que aún tenemos tiempo, con lo que damos un rodeo para llegar a los altiplanos de Atherton. En esta parte, a un par de horas de Cairns, hay varios lagos formados all llenarse de agua cráteres de volcanes. Es un lugar impresionante, pero la lluvia, que vuelve a perseguirnos, no nos deja pasear a gusto. Con lo que seguimos.

El mapa nos muestra algo llamado "árbol catedral", con lo que nos dirigimos a ese lugar. Si es un árbol, con ese nombre debe de ser algo espectacular.

Y ciertamente, el árbol catedral es el árbol más fantástico que he visto jamás. No tiene más de unos quinientos años, nos cuenta el panel turístico, pero en este bosque de árboles jóvenes que crecen tan rápido, estos son muchos años. Y el árbol aparenta esos años y más. Es un ficus estrangulador, que germinó en la copa de un árbol altísimo. Con el tiempo las raíces llegaron hasta el suelo, y el árbol acabó estrangulando al árbol original. Ya no queda ni rastro de este primer árbol, y lo que se ve son todo raíces aéreas que suben decenas de metros, hasta ver a lo alto el árbol en sí, majestuoso, con todas esas raíces con formas caprichosas que asemejan las decoraciones de una catedral gótica. Puedes incluso caminar por entre las raíces, y adentrarse en esta catedral es algo mágico. Desde abajo, se ven todo raíces, y allá arriba se ven ramas. Y lo más curioso, por entre las ramas parece que hay otros árboles , y tal vez dentro de otros quinientos años sus raíces llegarán hasta el suelo para acabar con esta catedral y tal vez crear algo más grandioso.

Vemos que aún queda tiempo para ver algo más, con lo que seguimos visitando esta zona fascinante. La carretera se torna en pista forestal sin asfaltar, y nos lleva a un sendero que recorre parte del bosque. Me doy cuenta que la parte de pista forestal nos ha llevado más tiempo de lo pensado y ahora vamos justos de tiempo, con lo que el paseo parece más bien una marcha sin apenas interrupciones.

De vuelta descubrimos que este desvío después de visitar la catedral es algo que no teníamos que haber hecho. Son más de las cinco, y el avión sale a las siete. Tenemos menos de una hora para llegar al aeropuerto si queremos tomar el avión sin apuros. Y entre nosotros y el aeropuerto está la pista forestal, y una carretera que nos lleva por entre montañas, una carretera que no conocemos y nos puede deparar sorpresas.

Miro el mapa y descubro que lo peor de la montaña está aun por llegar. Son todo curvas y más curvas. Con lo que aprieto el acelerador, pero no se puede ir muy rápido por esta carretera. ¿Llegaremos a tiempo? Para colmo, el depósito de gasolina empieza a marcar reserva, con lo que tendremos que parar en algún sitio para repostar. Y empezamos a hacer planes por si no llegamos a tiempo. Tal vez sea mejor así. Si perdemos el avión, tenemos otra noche más para disfrutar de Cairns. Casi casi me gusta esta idea. Total, ya hemos perdido el avión una vez en este viaje.

La carretera sigue, y sigue. Llegamos a la costa, y pronto encontramos una gasolinera. La carretera ahora nos lleva por dentro de Cairns, que tenemos que atravesar de parte a parte, parándonos en sus semáforos. Al final salimos de Cairns para llegar a su aeropuerto. Son más tarde de las 6 y media, aún tenemos tiempo... apenas. Pero aún tengo que dejar el coche.

Decidimos que es mejor que se baje Mineko con las maletas, y luego dejo yo el coche. El aeropuerto es pequeño, y por suerte no hay nadie en la oficina de coches de alquiler. Simplemente tengo que dejar la llave en un buzón, cosa que hago en un minuto, y corro a ver a Mineko, que está ultimando los arreglos de las maletas, junto a un guardia que mira curiosa su actividad frenética. Son las 7 menos cuarto.

Corremos a facturar... ¿será demasiado tarde?

Pues no, resulta que el avión sale con retraso, y aún hasta nos toca esperar. Con lo que se acaba así nuestro viaje, no hay noche extra en Cairns... tal vez tendría que haber conducido un poco más despacio.

Atrás quedan los peces y la barrera de coral, los árboles y las playas, y la catedral majestuosa.

martes, julio 22, 2008

Bosque y playa


El río Daintree marca la frontera del hábitat del cocodrilo. A partir de aquí, entrar a nadar en un río equivale a arriesgarse a ser atacado por un cocodrilo, y en todos los ríos aparece la señal de aviso. Abundan paseos en barca para turistas que quieran ver a estos animales, pero no es algo que nos atraiga a nosotros. Si vamos a ver cocodrilos, o lo que sea, preferimos que sea sin formar parte de un grupo turístico. Que si vamos a ver algo salvaje, mejor que sea en su estado natural, sin interferencias ni provecho de ningún agente de turismo.

Con lo que, en vez de buscar cocodrilos, cruzamos el río para ver el bosque y sus posibles encantos. Desde el ferry vemos, enfrente, una capa verde de árboles. Atrás queda la civilización, y entramos en el parque.

Pero pronto descubrimos que el norte está casi tan civilizado como el sur. La carretera, estrecha y con curvas, pasa cerca de atracciones turísticas. Una de ellas es un recinto donde hay una plataforma a la altura de las copas de los árboles, donde se puede apreciar el bosque a vista de mono, si hubiera monos aquí. Preferimos no pagar la entrada, y en vez de eso recorremos un sendero "clásico", sobre el suelo. El lugar, solitario, es todo para nosotros, y disfrutamos de la gran variedad de árboles, plantas trepadoras, y vegetación que son las dos cosas, árboles trepadores que nacen en las copas de árboles maduros, y en vez de crecer hacia arriba crecen hacia abajo, hasta que las raíces llegan al suelo. Una vez las raíces llegan abajo, estos árboles toman fuerza, y con el tiempo estrangulan a su benefactor. Son los ficus estranguladores.

Más adelante llegamos a una playa donde el bosque llega hasta la arena. Es una zona de contrastes, entre el verde de la vegetación, el blanco de la arena, y el azul del agua. Y caminando por la orilla descubrimos cantidad de trozos de coral de la barrera cercana. Aquí, en vez de recoger conchas marinas, lo que toca es recoger trocitos de coral. Al lado de la playa vemos una señal de aviso de las medusas, que durante el verano son un peligro tan serio como los cocodrilos de los ríos.

Hacemos parada obligatoria en un puesto de helados artesanos con frutas tropicales del lugar. Son frutas de sabores desconocidos y apetecibles. Mientras disfrutamos de nuestro postre llegan un par de autobuses a descargar su carga humana, todos ellos ávidos de probar el helado.

Seguimos el recorrido, parando aquí y allá, paseando entre bosque y playa. La vegetación es interesante, pero a decir verdad no es tan especial. Me dio mucha más impresión la vegetación cerca de Sidney la primera vez que vine a Australia, con sus eucaliptos, sus "flores de araña" y sus flores "cepillo de botella", y las nueces tan artísticas del árbol banksia. Y más impresión me dieron los bosques de Tasmania y Nueva Zelanda, con sus árboles milenarios, enormes. Aquí en el trópico australiano los árboles son todos jóvenes. Es una vegetación que no ha cambiado desde la época en que todos los continentes estaban unidos en el supercontinente de la Pangea, mucho antes de la llegada de los dinosaurios. El saber esto impresiona, sí, pero los árboles en sí, más bien primitivos, no son tan vistosos como en otras partes.

De vuelta nos damos cuenta que llegamos tarde a nuestra reserva para la cena, con lo que viajamos a toda prisa, dentro de lo que nos deja la carretera, hasta llegar al restaurante. La cena, fabulosa y una manera excelente de terminar el día.

lunes, julio 21, 2008

Primeras impresiones de Daintree


La segunda parte de este viaje a Cairns nos lleva a Daintree, la zona de bosque tropical. El bosque de Daintree es el más antiguo del mundo, con más de 130 millones de años. Qué coincidencia, que este bosque se encuentre tan cerca de la barrera de coral. Se me antoja ver árboles milenarios, y tal vez encontrarme con uno de esos ents, los pastores de árboles que aparecen en ¨el señor de los anillos¨.

Nuestro viaje comienza en Cairns, donde vamos a la agencia de coches de alquiler. Descubrimos que el lugar está lleno de agencias de coches de alquiler, escuelas de submarinismo, y alojamientos baratos. Este es un lugar ideal para venir sin reservar nada, y simplemente buscar la mejor manera de pasarse las vacaciones. Todo un paraíso para jóvenes y aventureros. Yo no soy mucho de lo primero, pero algo de lo segundo.

Ya con el coche, seguimos la costa. No tengo permitido subir más de 300 metros durante las 24 horas siguientes a mi última inmersión, que aún sigue el peligro de descompresión. Con lo que vamos tranquilos, viendo el paisaje marino, y sin acercarnos a las montañas cercanas.

El objetivo del día es visitar el valle de Mosman, uno de los lugares donde se puede entrar en el bosque de Daintree. Ya casi en el bosque paramos en una población aborígen donde organizan paseos con guías locales, pero la mala suerte hace que este sea uno de los pocos días que tienen fiesta, una fiesta especial que solamente celebran ellos. Con lo que tenemos que esperar a otro día, y seguimos entrándonos en el valle, un valle estrecho, y boscoso, hasta la senda del bosque.

El bosque en sí es un poco decepcionante, pues hay tantos turistas que el encanto de estar en el bosque más antiguo del mundo se rompe. Y los árboles, de milenarios nada. Son todos árboles jóvenes, que aunque el bosque sea antiguo los árboles no lo son. No hay árboles gigantes, por lo menos en esta zona, y la única fauna que vemos son los turistas, y un pavo salvaje que no para de seguirnos.

Que éste no es nuestro día.

Llegamos a la población de Daintree, donde tomamos nuestro alojamiento. Los dueños son una familia entusiasta de las aves, y desde el jardín se pueden ver aves de todos tipos en días favorables. Hoy es un día lluvioso, y las aves están en otra parte. Pero el lugar en sí es tranquilo, y todos los ocupantes son aficionados al birdwatching, ese pasatiempo que consiste en observar aves. Es un pasatiempo que adquirí cuando vivía en Escocia, un lugar donde la gente colecciona de todo: hay quien colecciona montañas escalándolas (¨hillwalking¨), quien colecciona trenes intentando descubrir nuevos modelos recorriendo las vías (¨trainspotting¨), y cómo no, quien colecciona aves, tomando fotografías y anotando su comportamiento.

El poblado es simplemente tres calles, una tienda, una cabina de teléfono, una oficina de turismo cerrada a estas horas, y un par de restaurantes para turistas. Cenamos en uno de los restaurantes, el único que está abierto este día, y que está lleno de lugareños disfrutando de una cena substancial y barata.

domingo, julio 20, 2008

Expediciones submarinas





Después de una noche ajetreada al final me levanto a las 6 de la mañana. Sorprendentemente estoy descansado, y listo para visitar las profundidades marinas. Esta vez me dejo el reloj, que no está garantizado para las profundidades que vamos a bajar, pero llevo la cámara de fotos, que la puedo bajar hasta cuarenta metros.

El cielo tiene los colores de la aurora, y me sorprende la ausencia de frío, algo que siempre asocio con los momentos antes de la salida del sol. Y el agua nos espera.

Bajamos rápido, siguiendo el cable del ancla, y en un dos por tres estamos en el fondo del mar, que al fin y al cabo treinta metros no son nada, se pueden caminar en menos de un minuto. Pero la sensación a treinta metros bajo el agua, aun estando tan cerca, es algo tan diferente. La presión realmente no se siente directamente, no sientes como si te estuvieran exprimiendo porque el cuerpo es todo agua que no se comprime, y el aire que respiramos está a la misma presión que el agua. Pero el agua parece algo viscosa, como el aceite, y hace que los movimientos sean más lentos. Ferdinand, el instructor que me sacó el título de buzo. dijo en cierta ocasión que a grandes profundidades, mucho mayores que estos treinta metros, hasta el aire se siente como viscoso por la presión.

Y no solamente los movimientos son lentos. El pensamiento se ralentiza, me cuesta más estar al tanto de lo que pasa alrededor. Todo parece curioso, divertido. Entran ataques de euforia que cuestan reprimir. Son síntomas de una narcosis del nitrógeno leve, algo que suele suceder a grandes profundidades, y peligrosa no por ser dañina, sino porque puede provocar reacciones como cuando uno se emborracha, y ya sabes, si bebes no conduzcas. Intento hacer fotos, pero la cámara parece no funcionar... o es que no estoy apretando el botón que toca? toco todos los botones, pero nada parece funcionar, extraño.

Y así estamos todos, algunos con síntomas de narcosis leve, que les hace reír por cualquier cosa... y hasta se puede oír la risa a través de esta agua tan espesa. Y empezamos con los experimentos.

En el primer experimento, comparamos el indicador de profundidad de cada persona, y vemos que hay grandes diferencias, pues estos se vuelven menos fiables cuanto bajamos más profundo. En el segundo experimento, el instructor saca una tabla con números escritos sin orden, y nos manda a cada uno tocar los números en orden. Y uno se da cuenta de quién está más afectado por la narcosis, pues algunos parecen tardar una eternidad el encontrar todos los números.

El tercer experimento es el más divertido. El instructor saca un huevo fresco, que la presión no rompe porque dentro no hay aire. La teoría es que al romper el huevo la presión hace que la clara y yema sigan juntas, como si el huevo fuera una pelota, y podemos pasarnos el huevo sin cáscara de uno a otro. La práctica es algo diferente. En cuanto el instructor rompe el huevo, un pez que andaba rondando se lanza sobre nosotros y se zambulle el contenido en un instante. Intentamos apartar el pez, pero él sigue dando vueltas. Es un pez grande, de medio metro más o menos. Es tan insistente que tenemos que empujarlo, pero nada, sigue. Sus movimientos son rápidos, los nuestros son lentísimos. Al fin y al cabo, éste es su elemento. Consigo tocar el pez e intento empujarlo. El tacto del pez es algo especial. Los peces que encuentras en la superficies son blandos, pero éste se siente duro como si fuera un balón de reglamento. La presión sigue dando sus sorpresas.

El instructor saca comida de la manga para el pez (que más sorpresas guardará debajo de la manga?) y la echa lo más lejos posible. Y así conseguimos acabar el experimento, pasándonos el contenido de otro huevo de uno a otro, hasta que el pez se acerca otra vez para acabar con nuestra pelota improvisada.

El instructor nos pregunta cómo vamos de aire. Todos están a mitad de aire o menos. Yo miro a mi indicador, y no puedo decir si estoy a más o menos de la mitad. Doy una señal algo extraña... ahora descubrirá el instructor que estoy medio narcotizado? pero el instructor no parece preocupado, y nos lleva de paseo por las profundidates, hacia los corales. Al cabo de unos minutos, a menos profundidad y con mi mente más clara veo que estaba a menos de mitad de aire. Y es cuando descubro el peligro real de las profundidades, que hace que la gente se pueda poner en situaciones de las que no pueden salir con vida. El peligro del submarinismo no es tanto el mar or los animales, sino la gente misma cuando comete errores fatales. Es una lección que espero no olvidar.

Ya de vuelta en el barco nos espera el desayuno, y Mineko, ya despierta, me cuenta que ha dormido muy bien. Bien, por lo menos alguien ha descansado...

La cámara vuelve a funcionar, menos mal. Parece ser que la caja estanca aguanta la presión, pero la presión misma aprieta todos los botones a la vez, y la cámara se torna inútil.

Después del desayuno vamos a nuestra penúltima inmersión. Esta vez, para evitar el frío del agua, nos ponemos una protección más, un traje que en principio es lo que la gente se pone en verano para protegerse de las medusas, cuya picadura puede ser mortal, pero que no es necesario en invierno. Nos lo ponemos porque otros se lo ponían también para estar más calentitos. Y es verdad, esta tela, o lo que sea, está calentita, y cuando nos ponemos el traje normal por encima de esta tela estamos tan cómodos, que al entrar en el agua no notamos esa impresión de agua fresquita... ¿cómo no se nos había ocurrido antes?

Esta vez el lugar donde buceamos es diferente, que no conozco, y había llegado tarde para las instrucciones. Marcos me cuenta lo que han dicho, o más bien, lo que ha entendido, que no es mucho por no saber inglés él. La idea es salir por la derecha y bucear con el arrecife a la derecha hasta llegar a una zona poco profunda donde suele haber una tortuga. Esta es la idea pero pronto nos perdemos bajo el agua, y entre unas y otras llegamos a un callejón sin salida. Damos vueltas y más vueltas, buscando los peces león que se suponen que hay en estas partes, pero nada. Y así seguimos, cuando de repente aparece una raya enorme, mucho más grande que la que una vez ví en Jervis Bay. Este bicho debería tener más de dos metros, y estaba escondido justo debajo de nosotros, en la arena del fondo. Seguimos buceando, y se nos aparece un tiburón. Debería de ser uno de los que vimos anoche. Estaba tranquilo, reposado en el fondo, ajeno a nosotros. Nos acercamos un poco para hacer fotos, y el tiburón nos deja acercarnos... estos turistas, estará pensando. Al final, cuando Marcos estaba intentando tomarme una foto con el tiburón, se va y nos deja. Ahora que lo pienso, tal vez no nos deberíamos de haber acercado tanto...

Ya en el barco miramos el mapa del lugar y descubrimos que, al fin y al cabo, hemos hecho casi todo lo que habíamos pensado hacer excepto el ir al lugar de la tortuga. La raya estaba en el mapa, y el tiburón también. Parece ser que estos animales son muy territoriales. Mineko me cuenta que ella sí que ha visto a la tortuga en su expedición con tubo de respirar, ¡qué envidia!

Y por fin la última escapada submarina llega. Esta vez intento fijarme en todos los detalles del mapa. La idea es llegar hasta una zona con cuevas y recorrer una de esas cuevas, pero otra vez nos perdemos bajo el agua. Vamos de aquí a allá, hasta encontrar el mismo callejón sin salida de la otra vez. Seguimos buceando por aguas menos profundas hasta encontrar otro valle, y he aquí que vemos una cueva. Este debe de ser nuestro destino, y entramos. La cueva es un pasaje por debajo del coral, más bien estrecho. Tenemos que pasar uno a uno, algo que me da algo de miedo pues una regla de oro es el no separarse de los compañeros. Yo voy primero, paso más bien rápido, con algo de claustrofobia. Que estar en una cueva bajo el agua da impresión...

Tras unos diez metros llego al final de la cueva, otra vez en mar abierto. Me giro, pero nadie me sigue. ¿Será que no se han atrevido a entrar? ¿qué hago ahora, solo en este océano? ¿vuelvo a la cueva para ver dónde están? ¿y qué pasa si me encuentro con ellos, y no puedo darme la vuelta por ser el lugar tan estrecho? Afortunadamente pronto veo a Sonia salir por la boca de la cueva, y tras ella a Marcos. Menos mal.

Seguimos el recorrido previsto. La zona es más profunda de lo que esperaba, demasiado profunda. Es nuestra tercera inmersión y no debemos bajar demasiado profundo o nos arriesgamos a tener problemas de descompresión. Los libros dicen que si uno está demasiado tiempo a grandes profundidades, el nitrógeno se acumula en la sangre, y al salir del agua éste se convierte en gas otra vez, creando burbujas dentro de la sangre y con un dolor insoportable.

Vemos a otro tiburón, y nos acercamos para hacer más fotos, hasta que miro el indicador y descubro con sorpresa que estoy a 19 metros cuando no pensaba bajar más de 13 metros. Con lo que subo a los 13 metros, haciendo señas a Marcos y Sonia que suban. Pero no parecen darse cuenta de mis señales, y siguen abajo. Marcos incluso baja más, siguiendo algo que le llama la atención. ¿Le estará afectando la narcosis del nitrógeno...? ¿y qué hago yo, bajo a buscarle? Por suerte, Marcos sube otra vez, pero no hasta mi profundidad. Me parece que está demasiado profundo, pero él parece tranquilo y al cargo de la situación, con lo que yo sigo a mi profundidad, mirando a Marcos y Sonia de vez en cuando, esperando que no bajen más.

Al final se nos acaba el aire y salimos a la superficie. Yo pensaba que no habíamos llegado al barco, y descubro que estaba muy equivocado. La corriente nos había hecho pasar el barco de largo, y nos toca nadar en la superficie, a contra-corriente... ¡qué cansancio! Somos los últimos en llegar al barco.

Y bueno, se acabaron las inmersiones. Hasta pronto, corales, volveré. En las últimas inmersiones he conseguido evitar gran parte de la condensación dentro de la cámara estanca. Siguiendo las recomendaciones de Marcos, antes de cada inmersión miraba con cuidado todas las junturas dentro de la caja, y descubría gotas de agua sueltas, que tenía que secar por completo antes de cerrar la caja. También, después de estas experiencias submarinas decido que lo primero que voy a hacer es comprar una tabla y lápiz para poder escribir bajo el agua y comunicarme con la gente, y una brújula. Marcos y Sonia se quedan un día más, que su viaje es de tres días, pero yo no sé si podría aguantar más días. Estoy cansado, hasta me duelen las manos, tal vez por los efectos de descompresión, o simplemente por haber estado tanto tiempo bajo el agua. Y sueño con poder dormir en una cama que no se mueva. Además, descubro que hemos estado demasiado tiempo bajo el agua y a profundidades demasiado grandes. Más tarde descubro que nos hemos arriesgado a tener los dolorosos problemas de descompresión y no era recomendable hacer más inmersiones en las siguientes 24 horas. Espero que a Marcos y Sonia no les haya pasado nada.

De vuelta en el barco menor de camino a Cairns nos encontramos con más ballenas. ¿O son las mismas que antes? Esta vez me apresuro a coger la cámara y tomar fotos. Una ballena llega tan cerca que casi pasa por debajo del barco. Está tan tranquila, simplemente flotando en la superficie, sacando una aleta al aire, como si estuviera tomando el sol.

Ya en Cairns damos un paseo por la población, un lugar muy turístico con tiendas por todas partes. De vuelta en la civilización. Hay un mercado abierto las 24 horas donde hay numerosos grupos de masajistas que nos piden que les dejemos que nos hagan masajes. Yo estoy cansado, pero también me siento raro, las articulaciones están como inflamadas por la diferencia de presión y no quiero arriesgarme a que los masajes las dejen peor.

Cenamos en un restaurante Tailandés estupendo, el Khin Khao, donde reponemos fuerzas, y a dormir, que mañana empieza la segunda parte de nuestro viaje.

sábado, julio 19, 2008

Bajo el Ocean Quest




Después de las dos primeras inmersiones el barco llega a nuestro destino, el Ocean Quest, otro barco más grande donde vamos a pasar la noche. El Ocean Quest, además de ser más grande tiene menos gente, pues la mayoría solamente pasan el día y se vuelven a Cairns. El ambiente es mucho más relajado, y los tripulantes tan agradables como los del primer barco. El camarote tiene de todo menos televisión, que me imagino que no llega a estas aguas. Y de internet, ni pensarlo. ¡Qué bien!

Pronto llega la hora de la siguiente inmersión. Irene se va con sus lecciones de submarinista avanzado, y yo me junto con Marcos y Sonia. Mineko, que en las otras ocasiones se iba con el tubo de respirar, empieza a sentir náuseas por el movimiento constante del barco y esta vez se queda a bordo.

Marcos, Sonia Y yo vamos abajo. Esta consigo memorizar el mapa bien antes de bajar. El fondo es mucho más profundo, da casi miedo y no paro de mirar el indicador de profundidad, que no debemos bajar demasiado. Descubrimos que no hay mucho que ver tan abajo, y mantenemos una profundidad de 13 metros, siguiendo una pared llena de corales, anémonas y pececitos de colores. Seguimos el recorrido planeado (qué gusto que da el saber que sabemos dónde estamos), pero no hay nada espectacular como tortugas o rayas o tiburones... pececitos por aquí y por allá, corales, y unos peces más grandes y coloridos, los peces loro. Y ya me parece que empiezo a controlar el buceo, siento más fácil el controlar la flotación, y hago fotos sin problemas... pero la caja estanca, descubro con horror, está completamente empañada por dentro y las fotos salen todas como si estuviera usando un filtro suavizador como los que usan para retratos de glamour. No sé si es que hay un defecto en la caja, o simplemente no la cierro bien. Pero bueno, parece que no entra agua.

De vuelta al barco Mineko me "regala" una bolsa con lo que ha arrojado mientras estaba en el barco... aun así me asegura que está disfrutando del viaje. Todos los tripulantes son tan agradables, y los turistas, todos dedicados al buceo, cuentan historias interesantes de otros lugares que han visitado.

Después de la cena llega la inmersión que estaba esperando. Es la inmersión nocturna. Salimos a cubierta, donde los tripulantes están atrayendo a los peces con comida. Me imagino que lo hacen por ver si hay tiburones, que esta es la hora en que los tiburones están más activos... y descubro a un tiburón entre los peces. Rápido, más activo que los otros peces, da escalofrío. Y luego veo otro, y otro... en total cuatro o cinco. Se me empieza a helar la sangre. ¿Van a cancelar la excursión?

Pues parece que no. Estos tiburones no deben de ser peligrosos, pues los guías hacen caso omiso y nos dicen que nos preparemos para entrar en el agua. Algo indeciso, me pongo el equipo, y enseguida la excitación de volver al agua, junto con la confianza que dan los demás, que ni mencionan los tiburones, me hacen olvidar mis temores, y me junto con el grupo, que esta vez vamos con guía.

Los peces nocturnos son mucho más grandes. No conozco a ninguno de ellos, y parece ser que los tiburones se han atracado bastante de comida y se han ido a descansar. En cierto modo esto me decepciona un poco, no hay sensación de peligro. El agua, oscura, no nos deja ver mucho, y seguimos la luz del guía. A nuestro alrededor vemos peces grandes que siguen nuestro rastro de luz. No parecen tener color, o simplemente la falta de luz les hace parecer ser grisáceos o negros. Los ojos, grandes y brillantes, están adaptados a la oscuridad.

De vuelta en el barco nos espera un postre casero delicioso. Mineko, que sigue sin encontrarse demasiado bien, también se apunta al postre, y mientras disfrutamos tomo notas de los datos de las inmersiones, que los necesitaré para demostrar mi experiencia... es decir, si no me dejo el librito de notas en el hotel la próxima vez.

Y mientras nos relajamos y hablamos de los acontecimientos del día, uno de los instructores me ofrece un buceo especial para el día siguiente. El lugar donde estamos es bastante profundo, y van a dar un cursillo para bucear en profundidad. Es parte del curso de buzo avanzado, y me ofrece tomar parte en esta inmersión. Como aliciente me dice que este cursillo valdrá como parte de mi curso avanzado si deseo tomarlo en el futuro en cualquier lugar cualificado, y además Marcos ya ha dicho que sí que va a participar, y como Marcos no habla inglés yo podría hacer de intérprete. El cursillo cuesta extra, no mucho, y yo insinúo que tendría que ser gratis para mí si voy a hacer de intérprete. Pero no cuela, y al final acepto tomar parte en el curso, pagando lo que toca.

La inmersión será al día siguiente, a las 6 y media de la mañana. Enseguida se hacen más de las 11 de la noche, y al final, agotados del día y pensando en el madrugón del día siguiente, nos vamos a la cama.

... pero no es fácil dormir en algo que se mueve ... me sorprende que Mineko, que se encontraba mal durante gran parte del día, se duerme enseguida. Y yo me quedo en la cama, intentando dormir, con el movimiento del barco y el ruido de una puerta o algo que está fuera y que no para de chirriar al compás de las olas... el tiempo pasa ... media noche, la una, las dos ... duermo intermitentemente, despertándome cada hora. La emoción del día pasado, la expectación de lo que viene, el movimiento del barco, la luz de la luna llena, majestuosa, que se ve desde la cama, el chirriar de esa puerta... todo se junta para no dejarme dormir.

Encuentros con Nemo



Atrás quedaron los problemas con el avión. Por fin hemos llegado a Cairns. La noche es agradable, acogedora, pero no hacemos más que ir al motel, el Balinese, que al día siguiente tenemos que levantarnos temprano.

Y el sábado llega, el barco nos espera. A prisas, como va a ser la costumbre en este viaje, recogemos las cosas. Al final decidimos dejar una de las maletas en el motel. Al fin y al cabo no vamos a necesitar las botas camperas (no hay montañas que subir, sino abismos que bajar en esta parte del viaje), ni la ropa de invierno que llevábamos puesta en Sidney.

Ya lejos del motel, en la oficina de Deep Sea Divers Den, la agencia que organiza la aventura, descubro que me he dejado los documentos que certifican mi condición de submarinista. ¡No tengo pruebas de mi título! Me he dejado incluso el librillo con las notas de las otras inmersiones. ¿Qué hago? Azorado, busco a uno de los agentes y le explico lo que me pasa. Me he dejado los documentos en la maleta del hotel. El agente busca mis datos en la base de datos de PADI, la agencia que me ha dado la certificación, pero como me saqué el título hace apenas unos meses los datos no han llegado aún. ¿Será que viajan con los peces y no han llegado de Sidney a Cairns?

"No worries", como dicen los Australianos. Si puedo demostrar que sé manejar el equipo me dejarán hacer una inmersión con un guía, y así puedo demostrar que puedo bucear. Como tenía previsto hacer la primera inmersión con guía, la solución me parece estupenda. ¡Menos mal!

Estamos por fin en el barco, camino a la barrera de coral. Durante el recorrido los guías empiezan a dar lecciones a los que van a aprender a bucear. Yo, mientras, disfruto del paisaje marino, y estudio los pósteres de peces. De repente el barco se para. ¡Han divisado ballenas! Me acuerdo que hace unas semanas las ballenas estaban pasando por Sidney camino a aguas tropicales, y ahora estamos en su lugar de destino. Vemos a las ballenas mucho más cerca que cuando estábamos en Sidney, y corro a coger mi cámara, cambiar el objetivo, salir a la borda... pero para entonces el barco ha vuelto a tomar el camino hacia el arrecife. Las ballenas se ven cada vez más lejos, y apenas puedo tomar un par de fotos.

Mi esperanza no flojea por este contratiempo, y sigo mirando a través del objetivo, a ver si aparece otra. Y he aquí que no aparecen ballenas, ¡sino delfines! Un par de delfines saltarines empiezan a jugar, es un placer ver a estos caracteres tan simpáticos, en su elemento, sin ir a buscarlos.

Un par de horas más tarde vemos más barcos en una zona de aguas más claras y tranquilas. Hemos llegado al arrecife. Por fin mi sueño se va a cumplir. Voy a ver a Nemo y compañeros bajo el agua. Corriendo me pongo el traje, el chaleco con la botella, las gafas, y lo más importante, la cámara de fotos. ¡Y al agua!

El agua está más fría de lo que esperaba, pero mucho mejor que en Sidney. El instructor me hace repetir una serie de ejercicios bajo el agua, como hacer que entre agua dentro de las gafas para después expulsarla soplando con la nariz, o quitarme el respirador, soltarlo, y volver a cogerlo sin mirar. Y ya satisfecho, empieza el recorrido guiado.

La primera impresión del arrecife es que no es tan colorido como lo sacan el las películas. Tal vez porque el cielo está un poco nublado, o tal vez porque no usamos luz artificial, el tono azul lo domina todo. La zona no está llena de corales por todas partes, y no hay peces de colores en todas las rocas, sino que hay que saber dónde mirar. Poco a poco el encanto submarino se empieza a mostrar, y encontramos almejas de casi medio metro, gusanos de más de un metro decorados con estrellitas, y pececillos escondiéndose entre el coral. El coral mismo tiene numerosas formas y colores: blanco, azul, rojo. Y protegido por los tentáculos de una anémona encontramos a Nemo, el pez payaso. Lo que más me gustó de todo fue los peces que estaban viviendo en una anémona púrpura, llamativa.

En este día hay planeadas cuatro inmersiones. Así, una hora después de salir de nuestro paseo submarino el barco se para en otra parte del mismo arrecife, y esta vez voy sin guía. Mi acompañante es Irene (que a pesar del nombre no es española ni parece tener relación con España no latinoamérica), que ha venido a este viaje para sacarse el título de submarinista avanzado. Y ya a punto de saltar al agua conozco a Marcos y Sonia, una pareja de Madrid que han venido a Australia sin saber inglés. ¡Qué coraje! Marcos, Sonia, si llegáis a leer esto poned un comentarito. Decidimos ir los cuatro juntos en esta nuestra primera inmersión sin guía.

Ya en el agua, al intentar sumergirnos, Marcos se da cuenta que se ha dejado los pesos y no se puede hundir. Tiene que volver al barco. No, si ya le parecía que iba ligero, nos cuenta. Irene y yo decidimos ir por nuestra cuenta, que ya podremos ir juntos en otra ocasión. Pero Irene también tiene problemas para sumergirse. Parece ser que no tiene bastante peso, y tengo que tirar de ella desde el fondo. Así llegamos a aguas más profundas, donde la presión hace que Irene no flote, y empezamos a disfrutar del paisaje. El plan es ir por la derecha, donde hay varias atracciones por ver, atravesar una especie de barranco sumergido y acabar en una zona donde hay tortugas marinas. Bueno, eso es el plan, pues bajo el agua y sin mapa ni brújula todo parece lo mismo. Seguimos una pared rocosa y pronto el camino se acaba. Damos vueltas bajo el agua pero ni rastro de ese barranco sumergido. Llegamos a aguas menos profundas, y entonces Irene tiene problemas para seguir bajo el agua, simplemente flota por la falta de peso. Tirando de ella la hago volver a aguas más profundas, pero cada vez es más difícil para que se quede bajo el agua, y pronto me dice que se le está a punto de acabar el aire. Y es que con el esfuerzo que estaba haciendo para mantenerse bajo el agua estaba respirando más de lo normal.

Salimos al aire, y descubro que habíamos estado siempre cerca del barco. Y de las tortugas, nada. Ya en el barco, Marcos y Sonia nos cuentan que ellos sí que han visto a una tortuga. No si al final tenía que haberlos esperado e ir todos juntos... la próxima vez iremos juntos.

viernes, julio 18, 2008

Cairns nos espera

El día por fin ha llegado. Hoy empezamos el viaje a Cairns, la capital de la Gran Barrera de Coral. Según los libros, si me acuerdo bien, el coral es el esqueleto de una colonia de seres vivos marinos, que se ayudan unos a otros, formando un ecosistema especial. Son animales conectados por su esqueleto, formando una barrera que alcanza una longitud de miles de kilómetros. Es la colonia más larga del planeta. Pero el tamaño no es lo que importa, sino la belleza del arrecife, con su gran cantidad de peces y otros seres marinos. Un mundo colorido, tan distinto de lo que estamos acostumbrados a ver sobre tierra.

Ir a la Gran Barrera de Coral es uno de mis sueños, y está a punto de cumplirse, espero. Hace unos meses tomé clases de buceo con el propósito de visitar esta zona como toca, bajo el agua. Y hoy empieza el viaje.

El vuelo sale por la tarde. Yo me paso la mañana preparando las maletas, y Mineko acaba su trabajo de traducción. Vamos más bien relajados, y el tiempo se nos echa encima. ¡Tenemos que salir o perdemos el avión! Al final salimos de casa, más bien tarde.

Para ir al aeropuerto solemos tomar un taxi, pero esta vez decidimos ir en coche y dejarlo en el aparcamiento del aeropuerto, que es más barato para viajes de pocos días como éste. Pero no contamos con que el aparcamiento de marras está más bien lejos del aeropuerto mismo, y el autobús que conecta el aparcamiento con el aeropuerto está lleno de gente, parándose cada cien metros para tomar y dejar viajeros. Total que el viaje del autobús duró más de media hora, y como ya llegábamos tarde, a la hora de sacarnos los billetes descubrimos que es tarde y ya han cerrado el vuelo. ¡Bien que empezamos!

La suerte no nos abandona por completo, pues resulta que este vuelo lo habíamos reservado usando los puntos acumulados con otros viajes. Y resulta que el billete es mucho más flexible que los billetes baratos que solemos comprar. Podemos cambiar el vuelo sin tener que pagar ninguna penalización. El dependiente nos encuentra otro vuelo seis horas más tarde, es lo único que pueden encontrar. Total, que pensábamos pasar la tarde relajados por las calles de Cairns, y acabamos pasándola en el aeropuerto de Sidney, matando el rato como podemos (Mineko visitando tiendas, yo enganchado al ordenador y conectado al internet).

Por fin llegan las 7 de la tarde y el avión está listo para partir. ¡Cairns nos espera!

domingo, julio 06, 2008

A la caza de los tiburones



Hoy he hecho mi tercer buceo desde que tengo el carnet de buzo. El lugar, el mismo, Shelly Beach, en Manly, justo al norte de Sidney. El motivo, probar la caja estanca que me acabo de comprar en eBay, con la que puedo hacer fotos con la cámara digital de bolsillo. Esta vez no voy con Ferdinand, que me parece que no va a volver a las aguas de Sidney hasta que llegue el verano. Voy con la escuela-tienda de buceo principal de Manly, Manly Dive Centre. Es la tienda que me recomendó Ferdinand, y ciertamente, resulta que esta mañana, mientras esperaba a que me dieran el equipo de alquiler, me encuentro con Ferdinand, que pasaba por la tienda, recién llegado de un viaje a las Filipinas. Y me cuenta que no, no va a bucear por estas aguas frías...

Y frío sí que hace, sí. El termómetro del coche marcaba 5 grados a las 8 y cuarto de la mañana, mientras conducía hacia Manly. Pero el día es soleado, y el agua se supone que sigue con sus 18 graditos, es decir, está más calentita que el aire.

Nuestro grupo está formado por 7 personas más el instructor. ¡Y yo que estaba acostumbrado a grupos de dos o tres más instructor! La mayoría son turistas de Europa. ¿Qué hacen dejando el verano europeo y viniendo al invierno australiano? Bueno, son ingleses, me parece que su verano es más frío que nuestro invierno...

Tras esperar y esperar, al final estamos con el equipo puesto y listos para entrar en el agua. Son ya más de las 11, y el sol calienta un poquito. Y al agua que vamos. La escena que se me presenta es como de caricatura. Varios de los compañeros de buzo parece ser que en su vida han buceado. ¿Y dónde habrán aprendido a bucear? A uno de ellos la botella de aire se le escapa del chaleco, y el instructor tiene que ponérsela otra vez, ya dentro del agua. Dos o tres, más que bucear, parecen dedicarse a barrer la arena y turbar toda el agua para que nadie pueda ver nada. Se supone que yo tengo que bucear detrás de esta gente, pero decido que si me quedo en esta posición veré de todo menos peces. Y parece que mi compañero, Luke, piensa lo mismo, y adelantamos a los inexpertos (¡yo que apenas he hecho dos buceos me considero un experto comparado con éstos!). Y así empiezo a dislumbrar peces por todas partes, tal vez curiosos de ver tanta arena flotando entre las aguas.

El agua, más bien fría. pero llena de vida. Pronto descubrimos algo especial, ¡tiburones! Hay un tiburón posado en la arena, y yo que pensaba que suelen estar por la superficie... Pero este tiburón es distinto. Tendrá apenas un metro, y es inofensivo. Es un Port Jackson. El instructor nos había hablado de estos tiburones. Son tan mansos que puedes acercarte y tocarlos... lástima que esto es una reserva marina y, aunque los tiburones nos dejen, lo tenemos prohibido. Excepto el instructor, que me parece que dijo que está haciendo un recuento de tiburones, marcándolos para estudiar su comportamiento. Y así vemos al instructor (que no me acuerdo de su nombre) intentando coger al tiburón, pero éste no se deja, y al final se va.

Seguimos buceando, esta vez buscando los dragones del arrecife exterior, pero como la otra vez, nada, no hay suerte. Tendré que probar otro día. De vuelta vemos el esqueleto de otro tiburón, y peces comiéndoselo. El cazador, cazado.

Siento el agua cada vez más fría, y cuando no puedo aguantar más del frío llegamos al final del buceo. ¡Menos mal! Pero ya fuera llega mi segunda sorpresa... ¡no es un buceo sino dos! Ya es hora de comer, pensaba comer en Manly pero no puedo, tengo que quedarme allí, en la playa, rodeado de turistas con su barbacoa asando salchichas... y parece que nadie las vende... claro que podría haberme marchado pero eso quiere decir tener que volver a la tienda a pie, y además tal vez perderme algo especial que pueda pasar bajo el agua.

Con lo que aguanto el hambre y el frío, y espero mojado a la siguiente immersión, ya dadas las dos de la tarde.

Y qué bien el que haya esperado. El agua se siente más fría que antes, pero hay más peces. Esta vez no se ven tiburones pero hay peces por todas partes, y me encuentro con varios conocidos, como la sepia gigante (aunque esta era pequeñita, de unos 30 cm), el groper azul de casi un metro, y los mados pequeñitos y estriados de amarillo y negro. La cámara de fotos ya no tiene pilas de tantas fotos que hice en el primer buceo, y como no se pueden cambiar las pilas bajo el agua, simplemente paseo bajo el agua, disfrutando de la vida marina, ignorando las peripecias de los otros compañeros de buceo.

Al final del recorrido salgo del agua tiritando de frío, y más que caminar corro a la ducha, que aunque no haya agua caliente el agua parece ser menos fría que la marina... ¿y dicen que eran 18 grados? Serán Farenheit. Ahora comprendo a Ferdinand. De esta decido que, o bien me compro uno de esos trajes especiales para invierno, como el del instructor, donde no entra el agua y puedes ponerte ropa porque no se moja, o viajo a otros lugares más calientes durante el invierno.

Y por lo pronto voy a hacer lo segundo. Ya tengo los billetes de avión para Cairns y he hecho reserva en un barco que nos va a llevar a uno de mis sueños... ver la Gran Barrera de Coral. Estoy contando los días, que apenas quedan dos semanas para este viaje.

La paranoia de la pornografía infantil


¡En qué país que estamos! ¡Y qué tiempos que corremos! El país que me refiero es Australia, y los tiempos, bueno, pues ahora.

Hace un par de semanas estaba al cuidado de una competición de lingüística computacional para chavales del instituto (High School como se dice aquí). A otro de los organizadores se le ocurrió hacer fotos a los participantes, pero pronto descubrimos que no se pueden hacer fotos a menores de edad sin el consentimiento de los padres. Al final hicimos las fotos pero no las podemos publicar hasta que los padres de todos y cada uno de los fotografiados nos dejen.

Hace unas semanas el gobierno censuró unas fotografías en una famosa galería de arte porque exhibía desnudos infantiles, aun a pesar de que incluso los padres de los modelos protestaron de tal censura.

Este fin de semana mismo, la revista de arte Art Monthly, desafiante a tal censura, pone una foto de una niña mostrando el pecho, y ya estoy leyendo protestas en la prensa. La foto la he puesto en este blog. ¿Crees que se puede tomar como pornografía infantil? Pues yo tampoco.

Uno de los fotógrafos más famosos de Australia, Max Dupain, se especializó en fotografiar escenas normales en las playas de Sidney. Estas escenas se han convertido en símbolos de la vida y valores australianos. Hace unos meses leí que a su hijo, fotógrafo que intenta seguir los pasos de su padre, en varias ocasiones padres enfadados y salvavidas le han echado de la playa donde su padre creó sus obras de arte unas décadas atrás.

Se acabó la época de la inocencia. Demos una bienvenida a la época de la paranoia. Y todo por culpa de unos pocos pedófilos radicales. Y me pregunto, ¿prohibir fotos como la de este blog va a ayudar a acabar con los violadores de niños?

sábado, junio 21, 2008

Temporada de ballenas


La temporada de ballenas ha llegado. En estas fechas, las ballenas se alejan de las aguas heladas del antártico y emigran a aguas más cálidas en el trópico, donde paren sus crías y las cuidan un par de meses antes de volver al antártico.

Por suerte para los habitantes de la costa este de Australia, el viaje hacia el norte lo hacen siguiendo la costa, para evitar la gran corriente marina del este de Australia, una corriente de norte a sur, y que se hizo famosa por la película animada "Finding Nemo" ("buscando a Nemo" en español?).

Y así, nuestra tradición familiar es ir a ver la procesión de ballenas, al cabo de Solander, un acantilado con vistas amplias del mar.

Como de costumbre, salimos muy temprano, para poder aparcar en un lugar donde podamos ver el mar desde el coche. En estas fechas el lugar está muy concurrido, y preferimos salir temprano para no tener sorpresas de falta de aparcamiento en la zona. Pero esta vez el lugar está casi vacío. Hay poca gente, y no está el puesto de salchichas, huevos y bacon a la plancha al que tanto me he acostumbrado. "¿Será que nos hemos equivocado de fecha?", nos preguntamos. Pero no, se supone que los días más transitados son durante el solsticio de invierno, que será mañana o pasado.

Bueno, esperamos en el coche, tomando nuestro segundo desayuno. Es una mañana de invierno, fría y soleada, con sólo un poco de brisa. El mar, azul, con pocas olas. Al fondo se ven barcos cargueros enormes. Y el lugar, silencioso, sin las barcas de recreación que suelen haber siempre que venimos, sin el helicóptero ruidoso. Será que es sábado, no domingo, y la gente está ocupada con su pasatiempo favorito que es el ir de compras.

Al cabo de unos diez minutos vemos el soplo característico de dos ballenas, en la distancia. Cada vez que se ve el soplo lejano se oyen murmuros y señales de alegría entre los que observamos el espectáculo. ¡Las ballenas han llegado!

Media hora más tarde decidimos dar un paseo por los acantilados, y de paso buscar un tesoro de geocache, que estos tesoros están en todas partes... encontramos el tesoro sin problemas, justo a pocos metros del borde del acantilado, que debe de tener una caída de unos 40 metros hasta el agua que se ve y se oye abajo.

Decidimos quedarnos por la zona hasta las once y media, que no queremos estar todo el día aquí. Pero he aquí que las ballenas tienen otro plan, y ya cerca de las once y media vemos una ballena saltando por el agua una, dos, tres veces, cerca de uno de esos barcos cargueros gigantes. Bueno cerca es un decir, que la distancia entre el barco y la ballena debe de ser de más de un kilómetro.

Y es tan impresionante el ver algo tan enorme (del tamaño de un autobús, nos dice el agente forestal al cuidado de contar las ballenas) saltando por las aguas. En cada salto, la mole debe de desplazar toneladas de agua al caer a la superficie otra vez.

Conseguí hacer unas fotos, he puesto una en este blog. La ballena se ve pequeñita al lado del barco, pero la verdad es que el tal barco debe de medir más de cien metros, que no es poca cosa, no.

sábado, mayo 31, 2008

La sepia gigante

La semana pasada hice otra escapada submarina, con Ferdinand y otra persona. Después de la primera submersión en Manly quería repetir, antes de que las aguas se tornaran demasiado frías. Los días se han vuelto cada vez más fríos, sobre todo por las noches. Ferdinand me avisa que piensa hacer otro buceo, tal vez el último de la temporada. Y yo me paso contando los días, esperando que el agua no esté demasiado fría.

Llega el día del buceo. Hemos quedado a las 8 y media de la mañana, una mañana atípicamente fría incluso en este otoño tan frío. El lugar, la playa de Shelley otra vez, esta vez apenas tiene otros buzos. Tenemos la playa prácticamente para nosotros. La otra vez visitamos la parte de la izquierda, donde encontramos los tiburones. Esta vez decidimos visitar la de la derecha. Ferdinand dice que esa parte, a veces tiene gran cantidad de vida, y otras veces es como un desierto. ¿Cómo será esta vez?

Entramos en el agua. La temperatura del aire es de poco más de diez grados, y en comparación el agua está calentita, unos 18-19 grados. Menos mal, no tenemos que soportar aguas frías... me parece que el agua está menos fría que la otra vez.

Entramos en el mundo submarino, y pronto veo que de desierto, nada. Peces por todas partes, más grandes que la otra vez, y en mayores cantidades. Algunos peces, curiosos, nos siguen, pero no de forma tan insistente como la otra vez. ¿Será que no hay tiburones cerca?

Unos de los peces que me gustan más es el groper (o como se diga en español), grande, azul, y curioso. El tamaño es de medio metro, y la cara tiene estrías iridiscentes azules. Toda una maravilla. De vez en cuando sale el sol por entre las nubes, y entonces el espectáculo se torna fantástico cuando miras a la superficie desde unos ocho metros de profundidad. Se ven peces y más peces en silueta hasta que la vista se queda en el brillo de la superficie.

Ferdinand se para de repente, mirando atento a una roca. Me fijo en la roca, y ésta se empieza a mover. No es una roca, sino una sepia gigante. El animal parece tranquilo y curioso. Ferdinand se queda quieto, mirando fijamente a la sepia, y ésta se acerca a él poco a poco. Yo los veo desde el lado, y comparo el tamaño de la sepia con el de Ferdinand. La sepia debe de medir medio metro, de color marrón y con estrías que parecen tener vida propia, moviéndose a un ritmo más rápido que la sepia misma.

Se acerca más y más a Ferdinand hasta llegar a menos de medio metro de su cara, y se queda quieta. Sus ojos se mueven de un lado a otro, y poco a poco empieza a extender sus numerosos tentáculos, como si quisiera tocar a ese pez negro tan grande que debe de parecerle Ferdinand.

Es una imagen hipnótica, un poco estremecedora, pues no sé si la sepia le está amenazando o qué.

Al final la sepia se retira poco a poco, y Ferdinand nos hace la señal de que sigamos.

Recorremos el fondo de arrecife a arrecife en busca del dragón de las algas, un pececito tipo caballito de mar, muy vistoso según las fotos, pero esta vez no tenemos suerte. Otra vez será.

De vuelta a la playa encontramos otra sepia gigante, ésta más pequeña, unos 30-40 centímetros, y yo descubro un groper enorme, más grande que el resto. Éste debe de medir como un metro. Está escondido entre las rocas y no sale a recibirnos.

Salimos del agua y hablamos de la sepia. Ferdinand nos cuenta que esta sepia era muy vieja y tenía heridas de un ataque que tal vez le ocurrió hace tiempo, pues le faltaba un tentáculo. La verdad es que yo vi tentáculos por todas partes y no me paré a contar. De todos modos, dice, la sepia estaba muy tranquila. Dice que cuando amenazan doblan los tentáculos hacia atrás, pero ésta los estaba extendiendo hacia él. A ver si me acuerdo de ésto la próxima vez, que la verdad es que la intuición me dice que debería de ser al revés.

La sepia fue sin duda la experiencia más fuerte de esta vez. Me parece que hasta he tenido pesadillas de monstruos marinos como los de las novelas de aventuras. Pero la verdad es que la sepia en sí era muy mona, nadaba con una calma y una gracia, que ahora ya no puedo entrar en una pescadería. Me dan lástima los peces muertos, cuando son tan preciosos en su elemento.

No sé, me parece que no podré comer pescado durante una temporada.
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miércoles, mayo 28, 2008

Entre tiburones

Mi primer paseo bajo el agua después de conseguir la certificación de buzo fue todo un acontecimiento. Fuimos a la playa de Shelley, justo al lado de Manly. Este es un lugar que conozco muy bien, pues he nadado por encima de los arrecifes durante las carreras de natación de Manly. Siempre que nadaba por esa zona veía buzos, y siempre me daban ganas de estar allí abajo, entre las rocas y arrecifes. Bien, por fín me llegó el turno.

El día era más bien frío, pues el invierno se nos está echando encima y este otoño está siendo especialmente frío. Vamos con trajes de neopreno, más bien gordos, con lo que el agua no se siente tan fría. Y al agua que entramos. Ferdinand, el instructor, nos dice que es posible que encontremos tiburones. Si eso ocurre tenemos que quedarnos en el fondo, que los tiburones suelen atacar a los animales que están cerca de la superficie y no a los del fondo.

Nos sumergimos en las frías aguas, y entramos en el mundo submarino. Peces y rocas de colores por todas partes. Hay un pez que decide seguir a Ferdinand, justo debajo de él, como hacen algunos peces que nadan justo debajo de los tiburones. ¿Será que nosotros somos como tiburones para los otros peces?

Al cabo de unos minutos, Ferdinand se para en el fondo y pone la mano vertical encima de su cabeza, simulando una aleta. Es la señal de que hay tiburones. El otro acompañante y yo nos arrodillamos en el fondo, como hace Ferdinand, y miramos a los lados. El agua no está muy clara, y no veo nada especial. Ni señal de los tiburones. Pero Ferdinand y el otro acompañante siguen quietos, mirando hacia arriba. Yo miro arriba, y nada, solamente veo el azul del agua.

Un par de minutos más tarde Ferdinand nos hace señal de que sigamos. Pero un poco más tarde hace la señal del tiburón otra vez. Y abajo que vamos, a esperar. Miro alrededor, y esta vez veo algo. Hay un pez, gris pálido, más grande que los otros, nadando de una manera más bien furtiva, como buscando algo. Está más bien lejos, en el límite de visibilidad, y no sé si realmente es el tiburón. Pero no me acerco a comprobarlo.

El paseo bajo el agua continúa, con más interrupciones, y yo sin poder asegurar si he visto tiburones o no. Todo esto me pone nervioso, sabiendo que hay peligro por algún lado, los otros buzos lo ven, pero yo no. Así se me nota la falta de experiencia.

Al final salimos del agua, yo todo excitado con la experiencia de haber buceado entre tiburones... pero no sé, ¿realmente cuenta esta experiencia? Al fin y al cabo no he visto más que un tiburón, si era realmente uno. Pero me aseguran que habían varios, nadando cerca de la superficie.

Me acuerdo de las tantas veces que he nadado por encima de las mismas rocas. Ferdinand dice que el peligro más grande es entre los bañistas y los surferos. Y la verdad es que aquí en Australia se oyen muchas noticias de ataques a surferos y bañistas, pero no me acuerdo de ningún caso en que hayan atacado a un buzo, aparte del que ocurrió hace poco en Suráfrica a uno que fue a un lugar donde atraían a los tiburones con comida.

Me acuerdo del pez que seguía a Ferdinand durante el paseo. Estuvo con él prácticamente todo el rato. Y ahora pienso, ¿tal vez el pez estaba buscando protección? ¿tal vez el pez pensaba que si atacara el tiburón, Ferdinand le defendería?

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miércoles, mayo 21, 2008

Clases de buceo


Después de la experiencia de bucear con botellas de respirar en la piscina de Macquarie University me apunté al primer curso disponible. Es un curso certificado que te permite alquilar equipo de buceo en cualquier tienda cualificada y apuntarte a cualquier grupo de buceo en lugares turísticos.

Este curso tiene su teoría, donde aprendes que el mayor peligro no es realmente la falta de aire sino la presión que se soporta bajo el agua. O más bien, la reducción de presión al subir a la superficie. Al principio de las clases vi un vídeo que mostraba un globo hinchado bajo el agua. Al soltar el globo y subir a la superficie, el aire de dentro, al recibir menos presión, se expande. Y así, a medida que sube el globo éste se expande más y más, y finalmente revienta. Pues bien, nuestros pulmones son como el globo, y si no se sube con cuidado también pueden reventar...

La suerte hace que mi grupo sea muy reducido, solamente dos personas, Sascha y yo. Ferdinando, el instructor, nos cuenta su primera historia, de peligros, de situaciones que casi le cuestan la vida, y de amigos perdidos para siempre bajo el agua. Nos cuenta que siempre hay que tener en cuenta nuestros límites, y no entrar en situaciones que no se puedan controlar. Que un pequeño error bajo el agua puede costar la vida.

Después de tantas historias y precauciones, y después de un exámen de teoría empieza la práctica, entrar en el agua. Y esta vez en el mar, en la playa de Manly, una de mis favoritas. Pero la mala fortuna hace que el tiempo no sea bueno y no podemos practicar en la parte del océano sino en la parte del puerto, mucho más guarecida de las olas. El día es frío, con amenaza de lluvia. Estamos bien metidos en el otoño, y eso se nota.

Aun así, el frío del aire aun no ha llegado al agua, y bajo el agua da igual que llueva o granice. Bajo el agua, entre prácticas, empiezo a vislumbrar el mundo submarino. Y el mundo submarino, curioso, se acerca a nosotros. En una de las lecciones, mientras Ferdinand nos mostraba cómo quitarse el chaleco de las botellas bajo el agua, un grupo de peces se interpone entre él y yo, y mi mirada se desvía de la demostración, siguiendo a los peces. Total que cuando llega mi turno para quitarme las botellas no me salió precisamente bien... y luego, cuando le toca el turno a Sascha otro grupo de peces se pone por delante y empieza a jugar con el movimiento de mis manos... tal vez pensaran que mis manos son unas algas nuevas, tal vez sabrosas?

Cuatro buceos hicimos en el curso, a cada cuál más fascinante. La visibilidad era muy mala, pero como nos dijo Ferdinand, ahora que hemos aprendido a bucear en condiciones poco favorables, no tendremos problemas para bucear prácticamente en cualquier situación...

En el último buceo del curso Ferdinand nos guió por un recorrido turístico bajo el agua. En este recorrido fue donde realmente pude disfrutar, sin tener que practicar el quitarse las gafas bajo el agua, o el que te corten el suministro de aire para que sepamos qué se siente al acabarse el aire de la botella. Vimos peces aquí y allá, y esa sensación de ingravidez se apoderó de mí. Aquí estoy, bajo el agua, o tal vez en otro planeta, volando por entre su densa atmósfera, donde el simple hecho de respirar te hace subir o bajar. Donde el sonido más característico es el de tu propia respiración. Donde no se puede hablar, y todos los movimientos son a cámara lenta.

Una impresión que me dio Ferdinand cuando le conocí es su tranquilidad, su forma reposada de hablar, como si estuviera meditando. Ahora entiendo por qué. El simple hecho de estar bajo el agua, y controlar la respiración para mantener la flotación a la profundidad adecuada, los movimientos lentos, son lo más relajante que he podido experimentar.

¡Empieza mi temporada de buceo! Lástima que estemos en otoño y queden muy pocas oportunidades antes de la llegada de las aguas frías del invierno. Hay que aprovechar, no sea que se me olvide cómo se respira bajo el agua.

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domingo, mayo 18, 2008

Bajo el agua

Hace ya mucho tiempo que no escribo en este diario. No ha sido por la falta de cosas de que hablar. Más bien al contrario, han pasado tantas cosas que no tenía tiempo para contarlas. Pero bueno, aquí va algo que  quería contar... mi nueva actividad.

Como tanta gente, los programas de Cousteau que veía cuando era pequeñito me dieron ganas de ver esos paisajes submarinos tan preciosos y coloridos. Y da la casualidad que unos de los paisajes submarinos más fabulosos se encuentran a unas pocas horas de vuelo desde aquí, en la gran barrera de coral de Australia. Este siempre ha sido uno de los lugares que he querido visitar. Y no pienso hacer que se me escape la oportunidad, sobre todo con las amenazas que hay de que desaparezca por causa de la subida de la temperatura de los mares.

Pero la mejor manera de visitar este arrecife es como buzo. Hacen cursos de buzo en la zona del arrecife, pero la verdad es que prefiero disfrutar del paisaje y no pasar todo el tiempo distraído aprendiendo a respirar bajo el agua. Total, que un día que fui a la piscina, hace como unos dos meses, vi una señal que indicaba que el mismo día ofrecían la experiencia de bucear con botellas de aire en la piscina. Me apunté enseguida.

El instructor, Ferdinand, nos enseñó cómo respirar bajo el agua, y nos llevó, a pares, bajo el agua de la piscina. La mayoría de los que participaron tuvieron problemas para suprimir la tendencia natural de mantener el aire bajo el agua, y uno de ellos no pudo hacer el recorrido, ida y vuelta a lo largo de la piscina de 50 metros. Yo estaba ansioso, esperando que llegara mi turno, viendo que no era tan fácil eso de bucear.

Al final llega mi turno. Me pongo las gafas, y me enchufo el respirador a la boca. Pruebo a respirar, y bien, normal. Como si el respirador fuera simplemente un tubo abierto al aire. Pongo la cabeza bajo el agua, y tomo aire. Nada, sin problemas. ¿por qué la mayoría no podía hacerlo? Para mí respirar bajo el agua me parecía muy natural. ¿Será que yo en otra vida fuí un pez? Hice el paseo bajo el agua, y ví cómo mi compañero se esforzaba en mantener el pánico. Yo, en cambio, disfrutaba del paisaje bajo el agua. Nunca había tenido la oportunidad de ver a los nadadores desde este ángulo. Parecía como si yo estuviera volando, bajo el agua, y los nadadores eran otros seres voladores que estaban más arriba.

Me dio un poco de miedo. Miedo a que esta sensación vaya a hacer cambiar mi vida. Me di cuenta que me había enganchado. Tenía que aprender a bucear. Da igual si voy a la gran barrera de coral o no. Da igual si se ven peces o no. Esta sensación de volar, sin gravedad, con el sonido de la respiración propia como fondo, es algo que tenía que repetir.

Al salir del agua me faltó tiempo para preguntar a Ferdinand sobre los cursos de buzo y apuntarme a uno de ellos.
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jueves, febrero 28, 2008

Lo mejor y lo peor de la natación a mar abierto

Los dos domingos pasados tuve experiencias muy distintas de las carreras de natación a mar abierto.

La primera carrera fue en Dee why, una de mis playas favoritas para jugar con las olas en bodyboarding. Y olas habían en cantidad durante la carrera. Grandes, hacían difícil la carrera, pues esta vez el recorrido seguía la línea de la playa y las olas venían de lado. Otra particularidad de esta carrera fue que los grupos de salida los hicieron según el tiempo estimado de los nadadores. Nos preguntaron a cada uno cual era nuestro tiempo, y al final me pusieron en el grupo de los lentos, el último. Y claro, como todos éramos lentos no nos adelantábamos unos a otros y así fuimos, en pelotón durante casi toda la carrera. Y a mí que me gusta nadar sin que haya demasiada gente alrededor, tuve que soportar los manotazos del nadador de al lado y las patadas del de enfrente. Al final decidí salir del pelotón, y me encaré mar adentro, donde no había gente. Al final pude disfrutar de la natación, y aquí las olas eran más manejables. Aun a sabiendas de que estaba perdiendo tiempo, me encantó esta parte del trayecto. Hasta que el salvavidas me indicó que empezara a nadar hacia la playa, que ya estaba cerca de la meta. Entonces llegó lo peor.

Ya me dí cuenta de que había problemas con las medusas, pues en una ocasión, en mitad de la carrera, casi atropello a una lancha fueraborda que estaba ayudando a un nadador. Entonces fue cuando oí la palabra "bluebottle", la medusa azul, pequeña pero matona, el terror de estas aguas. Y así fui, nadando con cierto temor, esperando que no me toque ninguno de esos tentáculos azules. Ya cerca de la meta empezé a respirar tranquilo, no me había encontrado con ninguna medusa. Pero fue nada más entrar en la rompiente, cuando estaba intentando tomar una de las olas que me llevara hasta la orilla, cuando sentí esa sensación de calambrazo terrible, primero en un brazo, y luego en las piernas. Seguí nadando, esperando que la medusa, que estaba en mi pierna, se fuera, pero las olas rompiendo alrededor complicaban la cosa, y la medusa se estaba enredando más y más en una pierna. El dolor es imposible de describir. Con una mano intenté apartarla, pero con cada movimiento me parecía que la medusa se enredaba más y más. Y es que las bluebottle, las botellas azules, tienen unos tentáculos larguísimos.

Al final desistí de la batalla, y saqué los brazos al aire, dando la señal al salvavidas más cercano. El salvavidas parecía ocupado en otras cosas, pero al final me vio, y se me acercó con su tabla de surf, tomando las olas de una forma maestra. Nada más llegar, en un segundo, con un movimiento maestro de su mano, me quitó la medusa y me animó a que siguiera nadando, que la meta estaba a menos de cien metros.

Y así fui, dolorido, y mal colocado en la playa, pues las olas me habían llevado a la zona de resaca. Yo que esperaba tomar una ola que me llevara a la playa, ahora me encontraba nadando a brazo partido en contra de la corriente, con dolores terribles en un brazo y las piernas.

Al final llego a la orilla, casi no siento las piernas del dolor. Uno de los salvavidas me ve y me dice que me tome una ducha caliente. Me tomé una, dos duchas, pero el agua estaba más bien templada, y el dolor seguía.

Después de las duchas, ya cambiado de ropa y fuera de los vestuarios, no pude resistir más. Me tumbé en el césped y empezé a sentirme cada vez más débil. Alguien me ofrece hielo para reducir el dolor, otro me ofrece una toalla. Ya no siento las piernas ni los brazos, los labios empiezan a agarrotarse también. Alguien me pregunta mi nombre. "'i'e'o", digo apenas articulando, los labios no me obedecen. "David?", me pregunta, "'o", niego, "'i'e'o". "Ah, Diego?" Me sorprende que me entendiera, pues mi nombre no es inglés. Llegan otros, me ofrecen oxígeno. Todo empieza a parecer más turbio alrededor. Los brazos, piernas, labios, parecen de piedra. El dolor de la picadura ha cambiado al dolor del agarrotamiento mismo de mis extremidades, labios y cuello...

Una hora más tarde empiezo a relajarme. El salvavidas me dijo al principio que mi reacción no era alergia a la medusa (si fuera ya estaría en el hospital), sino una reacción de mi cuerpo al dolor mismo. Me recomendaba que me relajara, sí, fácil de decir. Pero al final empiezo a respirar más profundamente, y poco a poco los agarrotamientos se van. Vuelve el dolor de la picadura de la medusa, pero por lo menos puedo moverme.

Parece ser que yo fui una de las atracciones, pues cuando fui a comer a un restaurante cercano, el camarero se me acerca y me pregunta si era yo al que le habían picado las medusas. Dije que sí, con la vana esperanza que me invitara a un postre o algo, pero nada.

Días más tarde me enteré que en la carrera casi todos los nadadores sufrieron picaduras, y a más de uno lo llevaron al hospital. Con lo que yo no me puedo quejar, y parece ser que me grabaron las cámaras de televisión, pero no dijeron qué programa era.

Aun así, este domingo pasado hacían la carrera que esperaba más, la carrera en Manly. No me la podía perder, hayan o no hayan medusas. Y así me apunté a la carrera, con un poco de aprensión, sí, pero me apunté.

Y qué bien que hice. El cielo azul, el mar transparente, las olas muy educadas, perfectas, ayudaban más que entorpecían la natación. El recorrido fue por una de las zonas más atractivas de Sidney, con gran cantidad de vida marina (la mayoría aprendices de buzos, y algún que otro banco de peces). Y lo mejor de todo, ni una sola medusa. Conseguí mi objetivo de nadar en menos de 45 minutos, y no había demasiada gente nadando a mi lado. Fue la mejor carrera de esta temporada, tan distinta de la de la otra semana.

domingo, febrero 17, 2008

El valle perdido




La otra semana, cuando fui de acampada a las montañas azules, me quedé con las ganas de bajar al valle, un valle tan cercano pero a la vez tan remoto e inaccesible. Bajar al valle y subir otra vez cuesta varias horas de marcha, una marcha bastante dura por las laderas empinadas. Como Mineko sigue en Japón aproveché para hacer una escapada de un dia a este valle perdido, que al fin y al cabo el acceso a este lugar solamente está a un par de horas en coche.

Así, salí a las diez, y a las doce estaba en el aparcamiento del picnic de Wentworth Falls. Era el domingo pasado, y el aparcamiento estaba lleno de coches y autobuses. Claro, el día era ideal. Un dia con sol y fresquito para ser verano, ideal para caminar. Al final aparqué fuera del picnic, no muy lejos de donde empezaba el sendero.

La bajada al valle fue fácil, que al fin y al cabo era cuesta abajo. Eso sí, el sendero bajaba por la pared rocosa al lado de la catarata de Wentworth Falls, y había que bajar por una escalera con peldaños esculpidos en las rocas. Me hacía imaginarme que estaba en uno de los lugares del Señor de los Anillos, solamente esperaba ver a Gollum llevándome a la guarida de Ella-Laraña. Pero no, lo que ví fue a un par de turistas que subían la escalera, poco a poco, cansadas del esfuerzo.

Un poco más de media hora más tarde estaba en el pie de la catarata, donde habían unas cinco o seis personas disfrutando del lugar. Esta gente lo más seguro es que volverían por el mismo camino, las escaleras talladas en piedra. Pero yo tomé el camino que llevaba al valle.

El sendero era lo que se llama un sendero histórico, es decir, que ya no lo mantienen, con lo que en partes estaba obstruído por árboles caídos, y en algunas partes el sendero desaparecía. Al principio del sendero una señal avisaba que solamente vayan los que estén acompañados de alguien con experiencia en orientación. Yo tengo bastante experiencia en esto, con lo que decidí ir acompañado conmigo mismo. La decisión la tomé porque hay un geocache escondido en el corazón del valle, y no me pude resistir a la tentación de ir a buscarlo. Que si alguien ha hecho el esfuerzo de esconderlo, debe de ser un lugar que vale la pena visitar.

Empezé la marcha, y al cabo de unos veinte minutos el sendero desaparece. La intuición me dice que debo seguir hacia abajo, siguiendo el riachuelo, pero el lugar está bastante empinado y cubierto de vegetación, un bosque húmedo muy frondoso, con lianas y helechos gigantes que hacen difícil avanzar. Estaba ya a punto de tirar la toalla y volver, cuando me dí cuenta que el tesoro estaba a unos doscientos metros según el GPS. Esto me dió ánimos, retrocedí unos pasos y encontré la señal del camino, una señal que estaba hecha para los que subían en la otra dirección.

Así llegué al salto del Hipocreno, mi traducción libre de "Hippocrene Falls", el lugar del tesoro. Las instrucciones dicen que hay que cruzar el riachuelo, pero no hay puente ni paso, y el riachuelo estaba bastante crecido, no se puede saltar. Tras unos cuarenta minutos de probar por aquí y por allá, al final encuentro una parte con rocas y troncos, y poco a poco al final llegué a la otra parte, donde estaba el tesoro, en un lugar fácil de encontrar. ¡Por fin! Descansé en el lugar, justo al pie del salto del Hipocreno, pensando quién o qué es el Hipocreno ese, y por qué esta catarata tiene ese nombre.

Seguí el camino, siguiendo el curso del agua, a través de un bosque silencioso, sin animales, sin personas. Estaba solo en medio de la nada. Solamente se oía el murmullo lejano del agua. Siguiendo el sendero con cuidado, usando el sentido de la orientación y el sentido común (que el GPS realmente no sirve para orientarse en un bosque), seguí avanzando hacia el destino.

De repente, el murmullo del agua se convierte en estruendo, y delante de mí aparece, imponente, una catarata de unos cincuenta metros de altura. Fue algo sorprendente, y por unos momentos perdí el sentido de la orientación. ¿Qué hace esta catarata tan alta aquí? Fue como si me hubieran transportado a una selva africana o al Amazonas. Ahora sí que estoy en un lugar completamente remoto y fantástico, en el corazón del valle perdido, lejos de cualquier signo de civilización.

Este debe de ser el salto de Vera, según el mapa. El río de esta catarata me llevará al destino, solamente tengo que llegar a lo alto de la catarata y seguir río arriba. Encuentro otro sendero, y poco a poco subo hasta llegar a lo alto de la catarata. El paisaje desde lo alto era algo excepcionalmente fabuloso. El valle, al fondo, y paredes rocosas por todos los lados. A lo lejos se ve otra cascada de un riachuelo que seguramente está seco gran parte del año, pero que con las lluvias recientes daban al paisaje una belleza primordial, algo que no se puede describir. Sólo faltaba ver a los dinosaurios.

En un valle como éste, a apenas dos o tres horas en coche, hace unos diez años se encontró una nueva especie de árbol. Es un árbol que solamente crecía en ese valle, un árbol de la éra jurásica. Es un pino, el pino de Wollemi, que parece mezcla de pino y de helecho. Tan preocupados estaban los que lo descubrieron que no dijeron a nadie el lugar exacto del valle, y la gente sigue sin saberlo. Trajeron muestras del árbol, y con ellas consiguieron hacer crecer nuevos árboles en invernaderos. Hace unos dos años pusieron los árboles de invernadero a la venta, con la esperanza de que, si por algún accidente (como por ejemplo un incendio) mueren los árboles del valle, por lo menos el árbol seguirá vivo en los jardines de Australia. El árbol lo ví en un invernadero cercano, y es algo precioso, fantástico. De todo lo que hay en Australia, lo que más me impresiona es su flora y vegetación. Hasta los eucaliptos parecen distintos. Los eucaliptos, árboles exóticos en España, están ciertamente en su lugar en Australia.

Dejé este rincón mágico, y seguí camino arriba, a través de un valle frondoso y empinado, entre helechos gigantes y plantas de formas pintorescas. Seguro que ví más de una especie de planta desconocida, que en Australia se siguen descubriendo especies de plantas y animales (sobre todo insectos) cada dos por tres. Pero si ví algo especial, mis ojos de inexperto no lo detectaron, o más bien, todo lo que veían era especial, nuevo, un regalo para la vista.

Casi en lo alto del valle empezé a ver turistas. ¡De vuelta a la civilización! En total la caminata fue unas seis horas, una caminata que quedará en mi mente para toda la vida.

Y todo gracias al geocache.

miércoles, febrero 13, 2008

El día en que un país se disculpó

El día de hoy no ha sido un día cualquiera en Australia. Ha sido un día histórico, un capítulo nuevo en la historia tan corta de este país. Un día que conecta la Australia histórica con la indígena. Ha sido el día en que el gobierno se ha disculpado en público del apartado más bochornoso de su historia.

Todo comenzó en los años veinte o treinta del siglo pasado. Entonces, mientras la gente rica de las ciudades se entretenía con el charlestón, los críos indígenas de las zonas rurales eran separados de sus padres y llevados a misiones cristianas para “educarlos”. De esta manera se suponía que se les estaba ayudando, enseñándoles el lenguaje y cultura “australianas”.

Ya ves, enseñando a los descendientes de los primeros pobladores australianos cómo hablar y vivir en Australia.

Tal vez los que idearon esto fueron gente de ideales que, convencidos que las culturas indígenas eran algo destinado a desaparecer, querían ayudar a los críos para poder adaptarse. Sí, tal vez. Pero estos idealistas se olvidaron del efecto más importante de esta separación. Destruyeron familias y crearon huérfanos, gente sin padre ni madre, sin otra razón que el “educarlos”. Esta pobre gente, la “generación robada”, acabaron en medio de la nada, sin saber de su cultura indígena y sin recibir el calor y el amor de sus padres. Inadaptados en su propio país.

Hoy, por fin, el gobierno australiano ha aceptado y asumido el error que cometieron hace ochenta años. Muy pocos quedan de esta generación robada. La disculpa ha llegado tarde para muchos, pero ha llegado.

Ahora esperemos que la disculpa no sean simples palabras y vengan acompañada de acciones. Los indígenas siguen confundidos, inadaptados en su país. Aun queda mucho por hacer. Pero esperemos que, esta vez, sin separaciones innecesarias.

miércoles, febrero 06, 2008

Montañas azules




Cansado de tanto ajetreo diario, el otro fin de semana decidí irme de acampada. Era un fin de semana largo, el lunes era fiesta, una fiesta especial en la que los australianos celebran el ser australianos a su manera más australiana, que es irse a la playa, o al parque, a encender su barbacoa, y pasar el día comiendo y bebiendo. El sábado me acerqué al centro de Sidney, a ver a la gente celebrar, pero el domingo y lunes, harto de tanto ruido y gente, decidí irme adonde no haya nadie.

Tras un vistazo a mi libro de campings encuentro algo que parece ideal. No hay duchas ni cocina, por no haber no hay ni agua. Con lo que los que vayan no serán familias ruidosas con críos y su radio a toda pastilla. Y decidí probar ese lugar.

Llego el sábado a mediodía. El lugar es ciertamente solitario, no hay ni un alma. Bien, no tengo que buscar sitio donde poner la tienda, lo puedo hacer después, que hay otro camping que tiene río donde nadar, a lo mejor no hay demasiada gente.

Llego al otro camping, y como me temía, estaba lleno de familias con sus críos, sus enormes tiendas familiares, y ruido por todas partes, con lo que huyo despavorido del lugar, y decido hacer un paseo por la montaña para recuperarme del susto.

Este lugar se llama las montañas azules, y se supone que son azules por el vapor de los eucaliptos que forman los bosques de la zona. Digo que se supone porque para mí todo era verde y más verde, pero el lugar era precioso. La flora australiana es tan especial, tan cautivadora. Los árboles no pierden las hojas en invierno, pero mudan la corteza en verano para desprenderse de parásitos.

De vuelta a mi primer camping descubro que hay gente, está casi lleno, pero en un rincón apartado hay espacio. Menuda sorpresa, yo que esperaba estar solo... Bueno, parece que son gente tranquila.

Llega la noche, y se presenta un espectáculo al que los que vivimos en la ciudad apenas nos llega. El cielo, que aparece negro en las ciudades, aquí aparece cubierto por un número incontable de estrellas. Es un cielo sin luna y sin nubes, mostrando su espectáculo de estrellas y planetas, y no puedo resistirme a salir del camping a un lugar más oscuro, a disfrutar de las estrellas. Un par de años atrás estuve a punto de comprarme un telescopio. Al final me compré unos prismáticos, pero vaya descuido, esta vez me he olvidado de ellos. Pero da igual, se verán menos estrellas a ojo descubierto, pero el espectáculo también vale la pena. Y lo mejor de todo es el silencio. Un silencio casi perfecto, solamente perforado a veces por el ruido de aviones lejanos que vuelan al aeropuerto de Sidney, a unas dos horas en coche. En este mundo donde hay tantos estímulos sensoriales, estar una hora bajo el cielo estrellado, sin otra luz que el de las estrellas, y apenas sin ruidos, es todo un goce.

El goce no fue perfecto pues llegaban sonidos de la civilización, y desde el lugar donde estaba se podía percibir el fulgor de las luces de los barrios de Sidney,lejos, casi en el horizonte, pero visibles. De esta experiencia decido que, en mi primera oportunidad, me acerco al club de astronomía de al lado de la universidad, que organizan acampadas para ver las estrellas lejos de las luces de la ciudad, lo que llaman observación a cielo oscuro, donde se pueden ver nebulosas y estrellas lejanas, y donde la vía láctea parece un rayo de luz atravesando el cielo.

De vuelta al camping descubro que uno de los grupos de gente son jóvenes ruidosos que se pasan la noche paseando y haciendo ruido. Vaya, por lo menos están en la otra punta del camping con lo que puedo dormir.

La razón principal por la que quería acampar era para poder escuchar el canto de los pájaros al amanecer. Las aves australianas son también especiales, y algunas de ellas tienen un canto melódico con tonos muy puros, como flautas y campanitas formando una melodía de otro mundo. Y lo que a Mineko y a mí nos gusta más es el despertarnos con esta melodía tan especial. Con lo que me duermo, anticipando el canto de los pájaros al amanecer....

... y me despierta el canto de los pájaros, pero no el que me esperaba, ¡sino el de los loros! Loros ruidosos, haciendo un coro de ruidos desgarradores, a los que se unen las urracas, que también hacen su ruido, a ver quién puede más.

Pero tras este principio de cacofonías tanto loros como urracas se calman, gritan menos a menudo, y entre arranques de cacofonías llega un canto más delicado, el de los pájaros de sonido de flautas y campanitas, a izquierda y derecha, por todas partes. Incluso me parece oír el revoloteo de algún pájaro pequeño que parece estar curioseando cerca de la tienda de campaña. Ah, por fin, ahora siento que estoy de acampada.

Concierto matutino

Me levanto y me lavo la cara con dos dedos de agua de la botella, y tras un desayuno reponedor desmonto la tienda y voy a las cascadas de Wentworth, un lugar especial. Es el primer lugar que visitamos Mineko y yo, aun uno de mis favoritos. Los senderos recorren un acantilado de varios cientos de metros de altura donde varias cascadas arrojan su agua hacia el valle, un valle que parece ser imposible de alcanzar, allá abajo, cubierto de árboles hasta el horizonte. Un valle donde uno se podría imaginar que todavían viven animales desconocidos (y es verdad, que aun quedan muchas especies por descubrir en Australia).

Es un lugar muy popular, y en el sendero me encuentro con gente de todas nacionalidades. Incluso hay un grupo haciendo barranquismo bajando una de las cascadas. Y es que el lugar es cautivador. Me paso el día entero recorriendo senderos arriba y abajo, descubriendo un par de geocaches, y disfrutando del paisaje desde los innumerables miradores. El mirador de los príncipes, el de la emperadora, el de la reina Victoria... vaya lugar con tanta realeza.

Dejo el lugar, cansado en el cuerpo pero recuperado en el alma, dispuesto a enfrentarme a los ruidos y ajetreos de la ciudad.

Pero volveré. Volveré a ver las estrellas, a escuchar el silencio, a despertarme con las flautas y campanitas celestiales de las aves del lugar.

sábado, enero 19, 2008

Cartografía

Siempre me han entusiasmado los mapas. Desde pequeño, siempre que veía un mapa me quedaba absorto, mirando los ríos, montañas, ciudades, campos, e intentando imaginarme cómo sería el lugar en realidad. Me acuerdo cuando, de pequeño, siempre que viajábamos (y viajábamos mucho, viajes largos entre Castilla y Valencia), siempre tenía el mapa de España conmigo y me pasaba todo el viaje  en el coche comparando el mapa con la realidad. Los hermanos y hermanas, aburridos, al final se dormían, pero yo no podía. Tenía que ver el paisaje, y  compararlo on el mapa.

De adolescente leí el libro "El señor de los anillos". Lo que más me gustó fue el mapa que estaba al principio, un mapa al estilo antiguo, con nombres exóticos, y bastante fiel a la narrativa del libro. Cada topónimo que leía en la narración lo intentaba buscar en el mapa. Y entre el mapa y la narración tan cautivadora de Tolkien me imaginaba los parajes maravillosos por los que atravesaban los muchos protagonistas de la historia.

De boy-scout aprendí a leer mapas del ejército, y otra vez, cuando caminaba por los campos de España, en ruta de un lugar a otro durante el campamento de verano, siempre estaba atento al mapa, viendo cómo se correspondían las montañas cercanas con las líneas de nivel del mapa.

Con el tiempo mi pasión por los mapas se ha mantenido, es como algo hipnótico. No tienes más que darme un mapa y me quedo mirándolo, absorto, viendo todos los detalles e intentanto imaginarme cómo es la realidad representada en ellos.

Hace un par de meses descubrí algo sorprendente. Descubrí OpenStreetMap. Es un proyecto mundial con el propósito de crear un mapa libre para cualquier uso. El motivo de OpenStreetMap es evitar el problema de los mapas actuales que, aunque algunos de ellos son gratis (como Google Maps), aun así los creadores se reservan los derechos de copia ("copyright", como se diga en español), y pueden negar el uso del mapa para ciertas aplicaciones. Y estos mapas no se pueden corregir. Si hay un error en el mapa, no puedes hacer nada aparte de notificar a Google y esperar a que lo corrijan.

Con OpenStreetMap no hay problemas de copyright. Se está creando a partir de cero, sin usar otros mapas como referencia, para no entrar en litigios de copyright. Y ahí está lo bueno. Necesitan gente en todas partes del mundo que añadan datos al mapa, hasta que al final todo el mundo esté cartografiado.

Para añadir los detalles tienes que ir al lugar que quieres cartografiar, tomar nota de nombres de calles etc, y usar un receptor GPS para trazar el recorrido de las calles. Y esto se está convirtiendo en mi obsesión, junto con geocaching. Todos los fines de semana, si no tengo nada urgente que hacer, miro en el mapa a ver qué zonas están incompletas, y me acerco a la zona en cuestión, recorriendo las calles con mi receptor GPS hasta completar un barrio. Luego, por la noche, pongo todos los detalles en el mapa. Poco a poco, el mundo que estoy recorriendo va apareciendo en el mapa.

Si quieres ver el mapa, echa un vistazo a Asahikawa, la ciudad natal de Mineko, que visité durante estas Navidades y Año Nuevo. Hokkaido, la isla del norte y donde está ubicada Asahikawa, estaba completamente en blanco antes de mi último viaje. Ahora puedes ver el aeropuerto de Sapporo, y la línea de tren que conecta el aeropuerto con Sapporo y luego con Asahikawa. Y en Asahikawa puedes ver calles, ríos, semáforos, parques, todos los lugares que he visitado en este viaje. Y los alrededores de la casa de los familiares, claro, tienen más detalle que el resto.

Esther una vez me llamó el Fragel explorador. Bueno, ahora soy un explorador de verdad, recorriendo lugares nunca cartografiados (en OpenStreetMap) y creando mapas. Todo un entretenimiento, y una satisfacción el ver cómo, poco a poco, tu mundo va apareciendo en el mapa.

Aun queda mucho que añadir al mapa. Con lo que tengo que seguir viajando...

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martes, enero 15, 2008

Breve visita a Tokio


El último día en este viaje a Japón lo he pasado en Tokio. El avión de Asahikawa llega a Tokio-Haneda, el aeropuerto para vuelos domésticos, y el vuelo a Sidney parte de Narita, el aeropuerto internacional. Entre un vuelo y otro hay unas cinco horas, con lo que decido dar un paseo por las calles de Tokio.

En un principio quería ir a Omiya, el barrio de los bonsais, pero el avión tiene previsto llegar a Tokio cerca de las tres, y cuando al fin llegue a Omiya puede que esten cerrando los parques, con lo que decido ir a Ueno y ver su parque, de paso buscar un par de tesoros, y acabar en Akihabara, el centro de compras de productos electrónicos.

Y así, el avión deja Asahikawa con su planicia nevada hasta el horizonte. Detrás quedan Mineko y sus parientes cercanos, las comidas fabulosas (creo que he ganado unos tres kilos, y es que las Navidades son iguales en todas partes), y la nieve.

Llego a Tokio, la gran ciudad, entre bruma y lluvia. Tras un poco de preguntar aquí y allá encuentro la manera de tomar el monoraíl primero y el tren después hasta Ueno, en pleno centro. Dejo las maletas en la estación (y es que aun se pueden dejar las maletas en consigna en Japón, pese a la amenaza terrorista global), y salgo a Ueno y su parque. Sigue lloviendo, y me decido buscar caches. El día empieza a oscurecer a pesar de ser apenas las cuatro de la tarde, y entre lluvias, cantidad de muggles y la oscuridad que me empieza a hacer difícil la búsqueda, decido abandonar y caminar a Akihabara.

Aun en el parque y de camino a Akihabara mi receptor GPS me dice que hay otro cache, y decido probar suerte. Esta vez encuentro el cache enseguida, pero no hay minuto que pasa sin muggles, y me cuesta esperar, para deprisa y corriendo quitar las piedras que ocultan el tesoro, un tesoro escondido en un muro justo al lado de un templo.

Sigue lloviendo, y el segundo problema es dónde encontrar un lugar apartado donde abrir mi tesoro. El lugar tiene pocos bancos, me es imposible sentarme en el suelo por la lluvia, y todos los lugares apartados del parque resultan tener habitantes. Mineko me dijo en una ocasión que Tokio tiene gran cantidad de gente sin hogar. Muchos de ellos son el resultado de desgracias personales o financieras, pero algunos de ellos, cuenta Mineko, son gente que decide abandonar el ajetreo diario de Tokio, lo dejan todo, incluso mujer e hijos, y se aislan de la sociedad, irónicamente para vivir en medio de las calles de una de las ciudades más populosas del mundo. Son gente que no tienen problemas de drogas, no son violentos y ni siquera mendigan. Son hermitaños urbanos. Y parece ser que muchos de ellos pasan la noche en Ueno, un parque que no tiene ni muros ni barreras que lo cierren por la noche.

Al final encuentro un lugar donde abrir mi tesoro, encuentro un monton de geo-monedas y "travel bugs", tomo algunos de ellos y los reemplazo con mis objetos australianos, bajo la mirada un tanto curiosa de un hermitaño urbano, y vuelvo al lugar donde debo de esconder el cache. Si era difícil coger el cache, más difícil era volver a esconderlo, poniendo las piedras en su lugar cual rompecabezas donde ninguna de las piezas encaja. y parando cada minuto por la presencia de muggles. Al final lo consigo, pero demasiado tarde, un muggle pasa por detrás de mi cuando estaba poniendo la última piedra. No me dice nada, y si me dijiera no le entendería, y pasa de largo.

Bueno, he conseguido el objetivo de dejar todos mis geo-productos australianos en Japón, ahora puedo disfrutar de Akihabara. El tiempo apremia, tengo que tomar el tren dentro de menos de una hora. Aprieto el paso, y paso por calles que parecen todas iguales, con grandes letreros anunciando karaoke, y tiendas de mangas, las revistas-tebeo japonesas que son tan populares en Japón y el extranjero. Y es que, descubro después, era el centro de mangas de Tokio.

Llego a una zona con más letreros luminosos, si cabe. He llegado a Akihabara. Entro en un par de tiendas con la idea de ver si tienen objetivos para mi cámara, pero descubro que lo que venden son productos más bien inútiles para mí, como teléfonos móbiles que no puedo usar, o iPods que puedo comprar más baratos en Australia y que de todos modos no uso. Con lo que, para acabar mi visita en Tokio, decido buscar otro tesoro, uno que está escondido en el corazón de Akihabara. Es un micro, un recipiente muy pequeño como de carrete de fotos (ya sabes, de esos donde las fotos hay que revelarlas con procesos químicos, nada de ordenadores e impresoras), escondido en un puente. Para disimular un poco tomo un par de fotos, una de ellas es la de esta entrada.

Y el tiempo se acaba, he de tomar el tren. Corro a la estación de tren, tomo el cercanías que me lleva a Ueno donde cojo las maletas, tomo otro cercanías hasta la estación Rippongi (si me acuerdo del nombre bien), y allí tomo el tren que me lleva al aeropuerto.  El tren está lleno de gente que acaban el trabajo y vuelven a casa pero no está tan lleno como en el metro, con lo que encuentro asiento.

Casi en el aeropuerto, en Narita, descubro que durante las dos semanas y media que he estado fuera alguien ha creado dos o tres caches, o eso dice mi receptor GPS. Estupendo, ya tengo algo que hacer la próxima vez que haga escala en Narita.

Y por fin, en el avión, de vuelta a casa. Se acabó mi invierno de dos semanas y media, vuelvo al verano, al calor, a las playas, a las carreras de natación en mar abierto, a los bonsais... ¿habrán sobrevivido al calor? Dejé mis más preciados bonsais al cuidado de mi instructor, pero ¿y los otros?

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