Estados Unidos tiene un problema muy gordo. O más bien, millones de ellos. Me refiero a los obesos extremos. Una cosa es estar gordito, y otra muy distinta lo que por desgracia se ve tan a menudo por las calles de, me atrevo a decir, cualquier ciudad estadounidense.
Ya en los primeros días de este viaje a Bethesda me dí cuenta de la cantidad de obesos extremos, gente que se les ve con grandes problemas incluso para andar. En Australia ya me acostumbré a ver algunos en ciertas partes de Sidney, pero en Bethesda se ven mucho más frecuentemente.
Y Bethesda es un suburbio de gente rica y sana que tiene ¨pocos¨ obesos. Cuando fuimos a Washington DC, Mineko y yo vimos una proporción de turistas obesos extremos más grande. Pero cuando realmente nos dimos cuenta de, válgame la palabra, las dimensione del problema, fue cuando hicimos un viaje por tierras de Virginia, justo al suroeste de Washington DC. A mí me pareció visitar un país de gigantes, con gente mucho más alta de lo que estoy acostumbrado, y muchísimo más gorda. La situación no era nada agradable, la verdad, y en cierto modo intimidante. Éramos como Gulliveres en el país de los gigantes. Pero estos gigantes andaban lenta y pesadamente.
La imagen del turista americano típico es alguien gordo y con camisa de colores chillones. Bien, la camisa tal vez se la pongan solamente cuando vayan a la playa, pero la verdad es que el turista típico dentro de Estados Unidos sea tal vez más gordo que los que viajan al extranjero.
En otros países como Australia, y me temo que España también, se ve gente obesa, pero Estados Unidos siempre ha tenido gente extraordinariamente alta. Durante una visita al museo de cera de Washington nos encontramos con la figura del primer presidente, Washington, a tamaño natural. Era una persona imponente por su altura, tal vez más de dos metros. Cuando gente alta y corpulenta se tornan en obesos, o peor, obesos extremos, da miedo.
Hace unos meses ví la pelicula ¨E Wall¨, que narra la historia de un robot de una Tierra postapocalíptica que viaja a una nave espacial donde viven los últimos humanos. Estos humanos, acostumbrados a moverse siempre en coche y en ausencia de gravedad, se tornaron en obesos extremos incapaces de caminar. Algo que vi como lejano en el tiempo se me torna muy cercano, y sin poner la excusa de la falta de gravedad.
Y las causas del problema se ven a simple vista. En Estados Unidos no se puede vivir sin coche. Las distancias entre trabajo, vivienda y tiendas son tan grandes que solamentese puede ir en coche. Y se han acostumbrado tanto al coche que lo usan también para distancias cortas. La gente, simplemente, no camina. Me asombra ver por las calles formas de caminar tan extrañas que me hacen pensar que se les ha olvidado caminar, o tal vez nunca lo han aprendido. Formas de caminar de gente que nunca habrá caminado más de un kilómetro seguido en toda su vida.
Y las comidas son exageradas en todos los sentidos. Demasiada sal, demasiadas grasas, demasiada carne, demasiado de todo pues las raciones son estremecedoramente grandes. He tenido tantas malas experiencias cuando he intentado comer fuera, que ahora siempre que salgo a pasar el día me llevo mi sandwich o me arriesgo a quedarme sin comer, pues tanto exceso de todo me quita el apetito. Y si me atrevo a comer, luego el estómago se queja.
Mucho comer y mal, poco caminar, y pasa lo que pasa.
Incluso en mi puesto de trabajo, los Institutos Nacionales de la Salud, o como se diga en Español (the National Institutes of Health). El campus tiene un servicio de autobuses para que la gente no tenga que caminar. Y me cuenta un colega que en su lugar, donde tratan gente con problemas de obesidad, los empleados dejan dulces y caramelos para los pacientes. En mi trabajo estoy estudiando textos médicos, y estoy encontrando muchos estudios acerda de la obesidad, cómo prevenirla, y sus efectos en la salud. Es un problema que preocupa a todo el mundo, y a Estados Unidos con más motivos. Pues para empezar, que hagan algo para que la gente coma algo más sano y camine más. Y por favor, que dejen algo sano en vez de dulces en una clínica de tratamiento a obesos, digo yo.
martes, noviembre 03, 2009
viernes, octubre 16, 2009
Las gárgolas de la catedral de Washington
A mediados de Septiembre visitamos la catedral de Washington. Sí, Washington tiene su catedral gótica, o más bien neo-gótica, que la acabaron el siglo pasado. Pero el estilo lo hicieron tal y como si fuera en la edad media. Incluso los materiales de construcción fueron los mismos que entonces. No hay vigas de acero, ni cemento ni hormigón. Es todo pura piedra. Y el resultado es espléndido. La piedra es de una cantera local. Es una piedra blanquísima, y la catedral parece brillar con luz propia.
Estoy acostumbrado a ver catedrales grises de piedra gastada. La catedral de Washington es tal y como verían los plebeyos de la edad media las catedrales europeas: un monumento blanco y limpio.
Llegamos a la catedral con el propósito de visitar las vidrieras, pero antes de entrar nos paramos delante de la fachada, admirando las líneas limpias y nada recargadas. Qué contraste con las catedrales españolas, que en cierto modo tienen demasiados detalles. La catedral de Washington es todo elegancia.
Hay un grupo de turistas curioso. Varios tienen prismáticos, uno incluso tiene un telescopio, y todos parecen estudiar los detalles de las altas torres. Se me antoja pensar que son aficionados a la arquitectura. Estamos junto a ellos, pues es el lugar desde donde se ve la mejor la fachada, cuando el del telescopio, que resulta ser un guía, empieza a llamar la atención al grupo, nosotros incluídos. "Listos para empezar el tour de las gárgolas?" Pregunto qué tour es ése, y el guía nos contesta que es un tour de hora y media que se centra en las gárgolas del exterior del edificio, y que lo hacen una vez por semana. Nos llama la atención este tipo de tour, y el entusiasmo del guía nos anima a apuntarnos. Tenemos tiempo, e incluso tenemos prismáticos que siempre llevamos cuando vamos de viaje.
El guía nos cuenta que las gárgolas tienen su función para proteger el edificio de la lluvia, pero los masones tienen licencia para esculpirlas como quieran, dentro de ciertos temas. Nos dice que, al contrario de los motivos del interior, que son religiosos, las gárgolas y otros adornos del exterior son ateos, reflejo del modo de vivir de la época. Y así, si en la edad media representaban temas de interés de aquella época, esta catedral, que se acabó hace menos de cincuenta años, tiene temas más modernos que reflejan la cultura moderna.
Y así descubrimos imágenes de todo tipo. La parte más antigua tiene imágenes parecidas a las gárgolas europeas: monstruos mitológicos de todo tipo, sentados y con la boca abierta. Pero a medida que avanzamos a zonas más nuevas, los masones empezaron a dar rienda suelta a su imaginación, y encontramos un pulpo, una langosta, un burro, y gente de varias profesiones. Está el astrónomo observando el cielo, el ejecutivo corriendo con su maleta, el turista haciendo fotos.
También hay personajes de historias y cuentos del lugar pero que no conozco. Hay incluso personajes de película. Así, si observas una de las torres verás, allá a lo alto, la figura de Darth Vader de La guerra de las galaxias. Y se me antoja pensar, ¿qué dirán los turistas que visiten la catedral dentro de quinientos años? ¿tal vez crean que es un alien y piensen que teníamos visitantes de otras galaxias? Ya hay gárgolas en la catedral de las que no se sabe quién las esculpió, o incluso qué son. Con el paso del tiempo, la mayoría de las gárgolas perderán su significado y serán figuras extrañas como las de las catedrales europeas.
Llegamos al final del tour y el guía nos muestra la última gárgola. Es una especie de monstruo como las gárgolas tradicionales, pero ésta es especial. Nos dice que miremos su boca... y entonces vemos que hay una persona dentro con cámara de fotos. ¡Es un turista que está siendo devorado por la gárgola! El guía, mostrando una sonrisa misteriosa, nos deja en el lugar. Y yo me pregunto, ¿tal vez la próxima semana habrá una gárgola más y un turista menos?
Estoy acostumbrado a ver catedrales grises de piedra gastada. La catedral de Washington es tal y como verían los plebeyos de la edad media las catedrales europeas: un monumento blanco y limpio.
Llegamos a la catedral con el propósito de visitar las vidrieras, pero antes de entrar nos paramos delante de la fachada, admirando las líneas limpias y nada recargadas. Qué contraste con las catedrales españolas, que en cierto modo tienen demasiados detalles. La catedral de Washington es todo elegancia.
Hay un grupo de turistas curioso. Varios tienen prismáticos, uno incluso tiene un telescopio, y todos parecen estudiar los detalles de las altas torres. Se me antoja pensar que son aficionados a la arquitectura. Estamos junto a ellos, pues es el lugar desde donde se ve la mejor la fachada, cuando el del telescopio, que resulta ser un guía, empieza a llamar la atención al grupo, nosotros incluídos. "Listos para empezar el tour de las gárgolas?" Pregunto qué tour es ése, y el guía nos contesta que es un tour de hora y media que se centra en las gárgolas del exterior del edificio, y que lo hacen una vez por semana. Nos llama la atención este tipo de tour, y el entusiasmo del guía nos anima a apuntarnos. Tenemos tiempo, e incluso tenemos prismáticos que siempre llevamos cuando vamos de viaje.
El guía nos cuenta que las gárgolas tienen su función para proteger el edificio de la lluvia, pero los masones tienen licencia para esculpirlas como quieran, dentro de ciertos temas. Nos dice que, al contrario de los motivos del interior, que son religiosos, las gárgolas y otros adornos del exterior son ateos, reflejo del modo de vivir de la época. Y así, si en la edad media representaban temas de interés de aquella época, esta catedral, que se acabó hace menos de cincuenta años, tiene temas más modernos que reflejan la cultura moderna.
Y así descubrimos imágenes de todo tipo. La parte más antigua tiene imágenes parecidas a las gárgolas europeas: monstruos mitológicos de todo tipo, sentados y con la boca abierta. Pero a medida que avanzamos a zonas más nuevas, los masones empezaron a dar rienda suelta a su imaginación, y encontramos un pulpo, una langosta, un burro, y gente de varias profesiones. Está el astrónomo observando el cielo, el ejecutivo corriendo con su maleta, el turista haciendo fotos.
También hay personajes de historias y cuentos del lugar pero que no conozco. Hay incluso personajes de película. Así, si observas una de las torres verás, allá a lo alto, la figura de Darth Vader de La guerra de las galaxias. Y se me antoja pensar, ¿qué dirán los turistas que visiten la catedral dentro de quinientos años? ¿tal vez crean que es un alien y piensen que teníamos visitantes de otras galaxias? Ya hay gárgolas en la catedral de las que no se sabe quién las esculpió, o incluso qué son. Con el paso del tiempo, la mayoría de las gárgolas perderán su significado y serán figuras extrañas como las de las catedrales europeas.
Llegamos al final del tour y el guía nos muestra la última gárgola. Es una especie de monstruo como las gárgolas tradicionales, pero ésta es especial. Nos dice que miremos su boca... y entonces vemos que hay una persona dentro con cámara de fotos. ¡Es un turista que está siendo devorado por la gárgola! El guía, mostrando una sonrisa misteriosa, nos deja en el lugar. Y yo me pregunto, ¿tal vez la próxima semana habrá una gárgola más y un turista menos?
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viernes, octubre 02, 2009
Washington en autobús

Si bien recomiendo visitar Washington en bici, la mayoría de la gente lo más seguro es que lo visiten desde un autobús turístico. La verdad es que no hay como subirse al segundo piso de uno de esos autobuses sin techo para recorrer la ciudad como turista. Siempre que viajamos Mineko y yo a otra ciudad, lo primero que hacemos es tomar uno de esos autobuses. Así que decidí esperar hasta que Mineko me visitara para hacer nuestro papel de turistas auténticos.
Mineko llegó dos semanas después que yo. Lo primero que hicimos para que se recuperara del jetlag fue visitar Washington, no en bici, sino en tándem. Es mi receta contra el jetlag: hacer un poco de ejercicio a la luz del día. Fue un día precioso. Llegamos hasta Georgetown, a las afueras de Washington, y de vuelta a Bethesda.
El fin de semana siguiente hicimos la visita turística real. El plan era eso, tomar uno de esos autobuses. Pero con eso de que éramos dos, ninguno de los dos nos paramos a comprobar dónde paran esos autobuses antes de salir de casa. Y ya en Washington (yendo en metro, no en bici), no sabíamos dónde buscar el autobús.
Washington ciudad no es muy grande, pero tampoco se puede recorrer a pie de parte a parte. Salimos del metro en el barrio chino, una zona que parecía céntrica. Y vimos los autobuses en la distancia. Recorrimos las calles a ver si encontramos la parada, pero nada. Decidimos caminar hacia el lugar de la casa blanca, que allí seguro que para. Pero tal casita estaba bastante lejos, y nos costó más de una hora llegar. Por el camino veíamos el autobús, pero, como si éste fuera un espectro, siempre estaba lejos y nunca encontramos ninguna de las benditas paradas. Llegamos a la verja de la casa blanca, y nada, no hay nada que se parezca a una parada de autobús.
Cerca había una oficina de turismo, pero estaba cerrada los sábados por la tarde... ¡cuando hay más turistas! Desde luego, esto no es Europa.
El libro de turismo de Mineko, un libro japonés que siempre me asombra por los detalles tan prácticos que da, esta vez no dice dónde tomar este autobús, pero por lo menos da un número de teléfono que puedo llamar. Llamo al número pero lo único que consigo es escuchar una grabación con una voz muy baja y con un acento americano al que aún no estaba acostumbrado. Con el ruido del tráfico apenas llego a oír algo de que los autobuses salen de la estación U, o algo así... cual será esa estación U? Será que las estaciones de Washinton se llaman como las calles? Todas las calles que van de este a oeste se llaman acorde con las letras del alfabeto, y las calles que van de norte a sur se llaman con números. Con lo que tal vez la estación U está en la calle U?
Al final nos resignamos. Después de tal caminata, volvimos a Bethesda sin haber recorrido Washington en bus. Lo intentaremos el domingo.
Salimos el domingo, esta vez con el nombre completo de la estación: es la estación principal, que se llama Union Station. Parece ser que los americanos se comen las letras más que los andaluces. Y así, llegamos a la estación, y allí estaba el autobús, rojo y con la bandera americana pintada, esperando. ¡Por fin!
El sistema es hop-on hop-off, es decir que te puedes bajar en una parada, visitar algo, y subirte al siguiente autobús. Pero decidimos simplemente quedarnos en el autobús, y menos mal que lo hicimos, que el recorrido duró más de dos horas... imposible de hacer a pie. Vimos el Capitolio desde todos los ángulos, pues el diseño de la ciudad es tal que todas las calles principales llevan al Capitolio. Vimos otra vez la casa blanca, y descubrimos que la parada estaba unos metros más allá de donde miramos, a la vuelta de una esquina... faltaría más.
El día era perfecto, ni frío ni calor, y la grabación (que no había guía) era clara e interesante y aprendimos un montón, de las columnas del monumento de Lincoln (una por cada uno de los 48 estados de la época), del monumento de Jefferson, el que creó la constitución americana, de la catedral de Washington, la sexta más grande del mundo, del cementerio de Arlington, un cementerio con vistas ¡Por fin, ya somos turistas!
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lunes, septiembre 28, 2009
Washington en bici


Bethesda es una zona residencial al borde de Washington DC. El metro de Washington llega a Bethesda, y mejor aun, se puede ir en bici hasta la capital misma. Hay una línea de ferrocarril abandonada que se ha rehabilitado como pista para bicis, y en Bethesda mismo hay una tienda que tiene bicis de alquiler. El precio es bastante caro, 35 dólares por un día. Para dar un poco de perspectiva, se puede alquilar un coche por menos. Pero me hacía ilusión ir en bici a Washington, y así, en mi primer domingo de este viaje alquilé una.
La pista está asfaltada, y es muy popular. Abundan no sólo ciclistas sino que también peatones caminando y corriendo, patinadores, e incluso vi a uno que parecía estar esquiando con patines y palos de esquí. Lo que no hay es vehículos de motor ni de tracción animal (aparte de la humana, se entiende).
El lugar transcurre por entre bosques. Es sorprendente que se pueda llegar hasta casi el centro de Washington sin apenas ver una casa, y sin soportar ruido de coches. La pista, cuesta abajo, llega hasta un río, el Potomac, un río ancho y tranquilo, sin lanchas de motor (qué diferencia con Sidney!) y con gran cantidad de gente haciendo piragüismo. Vamos, más que la capital del país más poderoso del mundo donde se toman decisiones a escala global esto parece un lugar de reposo y vacación.
Y así, sin darme apenas cuenta, llego al final de la pista, en Georgetown, un pueblo adyacente a Washington. I desde allí, tras perderme por las calles con tráfico, decido circular por los parques bordeando el río. Y en una de éstas me encuentro con un edificio que parece un templo romano. Es el mausoleo de Lincoln, en el corazón mismo de Washington DC. De repente aparecen turistas por todas partes, y al llegar al mausoleo veo, enfrente de mi, la avenida principal. La escena me recuerda a una escena de la película "Forest Gump", pues delante de mí veo el estanque, más allá un obelisco gigante que es el monumento de Washington (el primer presidente de EEUU), y al fondo el capitolio donde se toman todas las decisiones. Lo que falta es la gente, pues en la película la avenida estaba a rebosar, pero ahora está casi vacía. No es que no haya gente, al contrario, hay mucha gente pero es muy diminuta, empequeñecida por la escala de la avenida y el obelisco. Y es que la avenida es tan ancha que se necesitarán cientos de miles de personas para llenarla.
Bueno, yo sigo con la bici, sin pararme a visitar los monumentos (que la bici no tiene candado!), recorriendo la inmensa avenida, y viendo autobuses, turistas a pie, en bici y en segway, pero la avenida es tan grande que me doy la vuelta antes de llegar al capitolio, que el calor aprieta y no hay árboles que me protejan del sol. De vuelta veo la casa blanca (estará el presidente?), y un grupo de turistas en segway. Oye, eso del segway parece muy interesante. Los segwayeros, que seguro que acaban de aprender a usarlo, se mueven sin hacer ningún esfuerzo aparente, sin dar trompicones por la falta de experiencia... igual me apunto a uno de esos tours.
El calor sigue aprietando con lo que vuelvo a la pista de vuelta a Bethesda. Ya en la sombra disfruto del viaje de vuelta, ahora cuesta arriba pero apenas sin notarse. Otra vez las piraguas en el río, caminantes, gente corriendo y en bici y patines, todos disfrutando de un día soleado a finales de agosto.
De la experiencia decido que tengo que conseguir una bici como sea. Pero descubro que las tiendas no venden bicis baratas, y el mercado de segunda mano es bastante flojo. Mirando aquí y allá, buscando en páginas web, yendo a tiendas, al final encuentro bicis más bien baratas, y me acabo de comprar una por unos 150 dólares incluyendo el envío a domicilio. No sé si la podré vender, pero de seguro que el gasto lo voy a amortizar, no tengo más que hacer unas cinco escapaditas en bici... y ya tengo el candado.
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viernes, septiembre 18, 2009
Primera impresión de Bethesda
Otra vez estoy de viaje, esta vez en EEUU. Este año tengo sabático, es decir que mi trabajo me permite pasar hasta seis meses visitando otros centros de investigación, sin distracciones administrativas y sin dar clases. Puedo dedicar todo el tiempo para la investigación y para fortalecer contactos. Hace cuatro años visité Edimburgo y España, este año hago una visita al centro NIH en Bethesda durante tres meses. El resto lo pasaré en Australia.
Ya hablaré de NIH en otra ocasión, en este relato hablaré de mis primeras impresiones de Bethesda.
Bethesda es un barrio-ciudad cerca de Washington, la capital de EEUU. La primera vez que oí este nombre fue hace unos años, jugando a un juego de rol llamado Morrowind. Los creadores de este juego tan adictivo son Bethesda Softworks. Poco me imaginaba que había un Bethesda verdadero, y menos aún que un día lo visitaría.
Dejé el invierno de Australia, fresco y soleado, para llegar a un Bethesda de noche bochornosa, calurosa y húmeda... y la patrona de la casa dice que menos mal que ya es de noche y ya no hace calor. ¿Cómo será de día?
Al día siguiente me levanto muy temprano pues mi reloj interno se queja. No tengo desayuno, y como la mañana es fresca decido dar un paseo hasta el centro de Bethesda. Media hora de paseo, viendo el día despertarse y la carretera llenarse de coches de gente que va al trabajo. El calor empieza a notarse pero al final llego al centro, donde encuentro una casa de pancakes, tortas dulces de harina, mantequilla y huevo que aún no sé cómo se llaman en español.
Ya repuesto, sigo explorando el lugar hasta encontrar mi objetivo, un supermercado para aprovisionarme de comida para la semana. Me asombro de lo barata que está la comida comparada con Australia, y la fruta y verdura tienen una pinta admirable. Y lo mejor de todo, las bayas... ¡tan baratas y con esa pinta!
Comprar la comida es una cosa, y otra es llevarla a casa... ya es media mañana, el calor arrecia, y tengo no sé cuántos kilos que llevar de vuelta... y cuesta arriba, o eso me parece por el calor. Tengo que descubrir la ruta del autobús, pienso mientras camino con las bolsas en una calle con tráfico y pocos árboles, vamos nada idílico.
Y así me paso el día, caminando de aquí para allá, bajo un calor de justicia, con jet-lag, pensando que me tenía que haber traído más camisas de manga corta...
¡Y quedan tres meses por delante!
Ya hablaré de NIH en otra ocasión, en este relato hablaré de mis primeras impresiones de Bethesda.
Bethesda es un barrio-ciudad cerca de Washington, la capital de EEUU. La primera vez que oí este nombre fue hace unos años, jugando a un juego de rol llamado Morrowind. Los creadores de este juego tan adictivo son Bethesda Softworks. Poco me imaginaba que había un Bethesda verdadero, y menos aún que un día lo visitaría.
Dejé el invierno de Australia, fresco y soleado, para llegar a un Bethesda de noche bochornosa, calurosa y húmeda... y la patrona de la casa dice que menos mal que ya es de noche y ya no hace calor. ¿Cómo será de día?
Al día siguiente me levanto muy temprano pues mi reloj interno se queja. No tengo desayuno, y como la mañana es fresca decido dar un paseo hasta el centro de Bethesda. Media hora de paseo, viendo el día despertarse y la carretera llenarse de coches de gente que va al trabajo. El calor empieza a notarse pero al final llego al centro, donde encuentro una casa de pancakes, tortas dulces de harina, mantequilla y huevo que aún no sé cómo se llaman en español.
Ya repuesto, sigo explorando el lugar hasta encontrar mi objetivo, un supermercado para aprovisionarme de comida para la semana. Me asombro de lo barata que está la comida comparada con Australia, y la fruta y verdura tienen una pinta admirable. Y lo mejor de todo, las bayas... ¡tan baratas y con esa pinta!
Comprar la comida es una cosa, y otra es llevarla a casa... ya es media mañana, el calor arrecia, y tengo no sé cuántos kilos que llevar de vuelta... y cuesta arriba, o eso me parece por el calor. Tengo que descubrir la ruta del autobús, pienso mientras camino con las bolsas en una calle con tráfico y pocos árboles, vamos nada idílico.
Y así me paso el día, caminando de aquí para allá, bajo un calor de justicia, con jet-lag, pensando que me tenía que haber traído más camisas de manga corta...
¡Y quedan tres meses por delante!
sábado, julio 18, 2009
Ajedrez por correspondencia
Me acuerdo de la primera vez que jugué al ajedrez por correspondencia. Fue hace unos diez años; entonces ya vivía fuera de España, y acordamos Sergio y yo el mandarnos postales, y en cada postal escribir una jugada de ajedrez. Era una manera como otra de asegurar que nos mantendríamos en contacto, y de parte jugábamos una partida de ajedrez.
Pero el asunto no era tan sencillo como parecía. Primero, como pasaban tantos días entre jugadas, cuando la postal llegaba no me acordaba de la estrategia, y me pasaba más tiempo retomando el hilo de la partida, que pensando en las jugadas. Pero lo peor fue cuando una de los movimientos de Sergio me comía una pieza, eso dijo en la postal, ¡pero según mi tablero la casilla estaba vacía! Nuestros tableros estaban desincronizados. Total, que no pudimos acabar la partida. Empezamos otra, pero al final lo dejamos. También intenté jugar con Salva por correspondencia, pero nada. Pasaba tanto tiempo entre jugadas que al final lo dejábamos.
Pero no desistí. Encontré un lugar en internet donde organizaban torneos de ajedrez, y me apunté. Pero mi nivel estaba tan lejos de ser algo aceptable, que la verdad es que no hacía ilusión perder tan de seguido, y lo peor es que a menudo no tenía ni idea de por dónde andaban los tiros. Total, que lo dejé.
Hace unos días me entró el gusanillo otra vez. Tras una búsqueda rápida, he encontrado chess.com. Es una maravilla de portal de ajedrez. Tienen torneos, juegos por correspondencia, y hasta biblioteca de aperturas, puzzles y módulos de entrenamiento. Total que me he creado una cuenta... pero con quién juego? Prefiero jugar con alguien conocido. Con lo que si te animas, echamos una partida... ¡y hasta tiene un módulo en Facebook!
No creo que haya mejorado mi ajedrez, a no sea que sea algo que madura cuando no se gasta, como el vino. Pero bueno, lo importante es jugar y entretenerse.
Te espero en chess.com! Mi nombre es diego_ma.
Pero el asunto no era tan sencillo como parecía. Primero, como pasaban tantos días entre jugadas, cuando la postal llegaba no me acordaba de la estrategia, y me pasaba más tiempo retomando el hilo de la partida, que pensando en las jugadas. Pero lo peor fue cuando una de los movimientos de Sergio me comía una pieza, eso dijo en la postal, ¡pero según mi tablero la casilla estaba vacía! Nuestros tableros estaban desincronizados. Total, que no pudimos acabar la partida. Empezamos otra, pero al final lo dejamos. También intenté jugar con Salva por correspondencia, pero nada. Pasaba tanto tiempo entre jugadas que al final lo dejábamos.
Pero no desistí. Encontré un lugar en internet donde organizaban torneos de ajedrez, y me apunté. Pero mi nivel estaba tan lejos de ser algo aceptable, que la verdad es que no hacía ilusión perder tan de seguido, y lo peor es que a menudo no tenía ni idea de por dónde andaban los tiros. Total, que lo dejé.
Hace unos días me entró el gusanillo otra vez. Tras una búsqueda rápida, he encontrado chess.com. Es una maravilla de portal de ajedrez. Tienen torneos, juegos por correspondencia, y hasta biblioteca de aperturas, puzzles y módulos de entrenamiento. Total que me he creado una cuenta... pero con quién juego? Prefiero jugar con alguien conocido. Con lo que si te animas, echamos una partida... ¡y hasta tiene un módulo en Facebook!
No creo que haya mejorado mi ajedrez, a no sea que sea algo que madura cuando no se gasta, como el vino. Pero bueno, lo importante es jugar y entretenerse.
Te espero en chess.com! Mi nombre es diego_ma.
domingo, mayo 10, 2009
La histeria de los tiburones
Los tiburones son unos monstruos marinos que atacan a cualquier persona que pillan, con malicia, sin avisar. O eso es lo que nos enseñan en las películas y todos esos programas de aventuras. Siempre que un tiburón ataca a un bañista salen las noticias en todas partes, y empieza la histeria colectiva.
Hace unos meses un tiburón atacó a un submarinista de la marina australiana en el puerto de Sidney, y la semana siguiente otro atacó a un bañista en una de las playas de la ciudad. La coincidencia de estos dos ataques desencadenó toda una histeria colectiva, cerrando playas por aquí y por allá, y sacando fotos de tiburones amenazando a bañistas.
Esta ronda de "ataques" me sorprendió cuando estaba a punto de participar en una de esas carreras de natación que tanto me gustan. Era un día gris y tormentoso, y el mar estaba tan revoltoso que lo último que me preocupaban eran los tiburones. Los medios de comunicación de repente se interesaron por estas carreras, y había cámaras y entrevistadores con la consabida pregunta, "¿y tú no tienes miedo de los tiburones?". Ellos no sabían que el fin de semana anterior estuve buceando en un lugar llamado "shark point", donde fuimos a una cueva a observar a un grupo de tiburones. Y ese "shark point" estaba a apenas unos cinco kilómetros de la salida de la carrera... Al final tuvieron que cambiar el recorrido de la carrera, no por los tiburones sino por el estado del mar. Fue una carrera muy emocionante por las criaturas marinas que habían traído la tormenta, unos bichos extraños en cantidades enormes, miles y miles, cadáveres que llenaban la bahía, seres que a algunos se les antojaba aliens, y a otros, siguiendo la moda de la histeria, embriones de tiburones, y como decían... "si hay tantos embriones de tiburones muertos, cuántos tiburones vivos nos esperan en el mar...?".
La presencia de los medios de "desinformación" se hizo crónica, siempre había alguien con cámara lista a ver si aparece alguna amenaza de tiburones, e incluso había helicópteros sobrevolando... tal vez para proteger a los bañistas, o más bien para ser los primeros en dar la noticia si pasa algo... algo que nunca pasó. Pero me alegró ver las noticias en los periódicos y en la tele con el tema de "esta gente aguerrida (loca?) sigue desafiando a los tiburones". Siempre es bueno ver propaganda de esta actividad, por extraña que sea.
Mientras, yo he seguido yendo en búsqueda de tiburones, que haberlos haylos, y en cantidad. La semana pasada, en una inmersión que hice con los Macquanautas, el grupo de submarinistas de Macquarie University, nos encontramos con un grupo de más de diez tiburones, algunos de más de dos metros, que nos rodearon mientras nosotros disfrutábamos del espectátulo. Precisamente en esos momentos había una carrera de natación, y apenas unos minutos antes estábamos viendo a los nadadores atravesando la superficie a toda velocidad, sin saber lo que pasaba debajo de ellos.
Hoy mismo he hecho otra visita a los tiburones, otra vez con los Macquanautas. Esta vez los tiburones se han acercado más, y Jay, de nuestro grupo, se ha emocionado tanto haciendo fotos que hasta se olvidaba de controlar su profundidad mientras tomaba las fotos. Incluyo una de sus fotos.
Es curioso, el tiburón de la foto da más miedo en la foto que en realidad. Los tiburones son peces como otros cualquiera. Hay que tratarlos con respeto, pero bueno al fin y al cabo hay que respetar todas las formas de vida, ¿no?
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