jueves, diciembre 21, 2006

Siguiendo la costa



Dada la dificultad que tuvimos ayer para encontrar alojamiento, hoy hemos decidido preparar la estancia de este día y los siguientes. Ahora que estamos en la costa este, nuestro destino, podemos reservar varias noches. El tiempo se supone que será bueno hoy, con lo que tal vez podremos hacer algo de buceo.

Nos pasamos toda la mañana mirando aquí y allá, sin decidirnos dónde quedarnos. El tiempo no mejora, apenas llega a los 20 grados, y está todo nublado. Así no apetece ir a la playa, con lo que al final decidimos posponer la playa. En vez de quedarnos en St. Helens, iremos a Bicheno, un pueblo más al sur y con más atracciones. Antes de salir de St. Helens aseguramos alojamiento en un apartamento de alquiler. Por 65 dólares diarios tenemos un apartamento minúsculo, pero completo con cocina y lavadora. Reservamos el 25 y el 26. O sea, que las navidades las pasaremos aquí.

Tomamos la carretera hacia el sur, bordeando la costa. Pronto vemos las primeras trazas del incendio que está asolando la parte este de Tasmania. Tasmania no tiene muchos incendios, pero ha habido una serie de temporadas secas, y este año ha sido especialmente seco. Une a esto una oportunidad, una chispa, un relámpago, no sé, y el incendio está servido. La vegetación del este de Tasmania es tan pirófita como la del resto de Australia, y el resultado es un incendio que se sigue sin controlar.

Mientras pasamos la zona arrasada por el fuego una llovizna fina saca un poco de humo de los restos de la ceniza. Al fondo vemos un grupo de surfistas en la playa, mientras en primer término se ven los restos chamuscados del incendio. Y hay varias casas, intactas por el esfuerzo de los dueños y los agentes de bomberos, pero rodeadas de árboles quemados. Otras casas están completamente chamuscadas. No quisiera haber estado en la piel de los dueños.

Una vez en Bicheno vamos al mismo lugar donde fuimos en nuestro primer viaje a Tasmania, en busca de alojamiento. El dueño ha cambiado, pero el lugar sigue igual. Es una serie de cabinas en la ladera de una colina con vistas al mar, muy tranquilo y sin tráfico cerca. Tienen una habitación con literas (las habitaciones con cama de matrimonio ya están tomadas), y hay una cocina común. Reservamos dos noches, pensamos visitar varios lugares cercanos a Bicheno, y quién sabe, igual podemos bucear aquí también. Pero el día sigue tan poco apetecible como antes, esperemos que mejore para mañana.

Pero el momento clave, por el que realmente queríamos venir a Bicheno, es al anochecer. Hay una colonia de pingüinos, y todos los días, después de ponerse el sol, vuelven del mar y atraviesan las rocas cercanas para llegar a sus nidos. Hay incluso señales de tráfico que avisan de pingüinos en la zona. Y allí que fuimos, a ver a los pingüinos. Llegamos al anochecer, pero hay todavía demasiada luz, tenemos que esperar. Algo así como una hora más tarde los primeros pingüinos salen del agua. No es aún noche cerrada, y los pingüinos se pueden distinguir entre las rocas. Llegan más pingüinos, y más, y más. Pronto la zona está toda llena de pingüinos, unos pingüinos pequeños, que llegan a sus nidos escondidos más allá de las rocas, donde son recibidos con mucho alboroto por sus compañeros/as que esperan expectantes su llegada. La noche se hace más cerrada, los pingüinos se adivinan por sus sombras, y pronto se oye multitud de alboroto por el recibimiento al llegar a sus nidos.

Ha sido una noche especial, pero su magia ha estado interrumpida por otros turistas que usaban antorchas para ver a los pingüinos. Tal vez no sepan que la luz molesta a los pingüinos sobremanera, o tel vez no les importe. Nos daban ganas de correr y quitarles las linternas, pero claro, el hacer eso molestaría a los pingüinos más aún.

Cuando ya pasaron todos los pingüinos volvimos en coche siguiendo la carretera de la costa. Durante el camino fuimos lentamente, pues los pingüinos habían invadido la carretera y teníamos que parar cada dos por tres para darles paso. Entonces nos dimos cuenta que las señales de tráfico no estaban de adorno.

2 comentarios:

Esther Hhhh dijo...

Ains pingüinos, que chulosss... Y que curioso su invasión de carretera. Si hay pingüinos, digo yo que el agua debe estar más bien fría...
Oye, por cierto, unas entradas atrás hablabas del restaurante ese de época. Debía estar bien, ¿que cenasteis allí?
Besos

Diego dijo...

Hola Esther, No cenamos, sino comimos. Éramos los únicos del restaurante a esas horas, y teníamos toda la atención. Pero la verdad es que no me acuerdo de lo que comimos, solamente del traje de la camarera.